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POR Virginia Gawel - Columnistas

3 julio, 2017

Enamorarse: de cómo editamos al otro

Cuando nos enamoramos, muchas veces sufrimos un ataque de ilusión aguda y dejamos de ver a nuestro amado tal como es. Hoy Virginia nos propone un viaje a la emoción más noble del ser humano, de la mano de una pregunta: ¿por qué, mejor, no dejamos que el otro aparezca?

Hay una antigua forma de poesía japonesa llamada haiku: poemas breves de métrica exacta en su lengua original, que dejan en quien los recibe un hálito de comprensión, más allá del intelecto.

Un antiguo haiku dice:

“El pez y el pájaro

pueden enamorarse,

mas, ¿dónde construirán su nido?”

Lo leí hace muchos años, y se quedó en mí.

Tendemos a imaginar que una pareja es la unión de dos similares o complementarios que se eligen para ejercer el ancestral oficio de amar. Sin embargo, lo más frecuente es que una pareja esté constituida en concordancia con ese haiku.

Lo más común es, también, que esa divergencia no sea percibida al principio. El enamoramiento inicial, por definición, implica un recorte de la realidad; y cuando menos prevenidos estén los partícipes, más tenderán a deformar la realidad. Sí: el enamoramiento genera un ataque de ilusión aguda en la que las partes tenderán inevitablemente a proyectar en el otro los propios contenidos internos: expectativas, carencias, arquetipos del amado o de la amada, insondables huellas del inconsciente colectivo familiar, e inclusive rasgos propios no reconocidos, así como rasgos de otras personas antes amadas.

Tal como hoy en día fácilmente uno puede editar una fotografía con programas de imagen, recalcando las luces, atenuando sombras, poniendo color donde había grises y tersura donde había años, el enamorado edita a la persona escogida. Pone en primer plano ciertos rasgos a expensas de empujar hacia el fondo ciertos otros; minimiza por aquí, agranda por allá. Y, sobre todo en la juventud, el enamorado quema el salvaje combustible de sus hormonas en cada acto de editar al otro. Si es recíproco, también el otro lo estará editando. El resultado será lo más parecido a un hechizo: ambos en una nube que sólo ellos conocen; ambos convencidos de que lo que están viviendo es único (como cualquier otro enamorado podría sentirlo, paradójicamente).

Algo los imanta, los aglutina, los lía con un lazo tan fuerte como invisible. Y, como diría el Nano Serrat, “susurran aquel nombre como una oración / y se acurrucan en su habitación / para vestir el dulce anzuelo / con un manto de terciopelo…”.

“Tal como hoy en día fácilmente uno puede editar una fotografía con programas de imagen, recalcando las luces, atenuando sombras, poniendo color donde había grises y tersura donde había años, el enamorado edita a la persona escogida”.

El querido psiquiatra suizo Carl Jung decía que el período de enamoramiento es vivenciado con tal intensidad porque en ese encuentro cobra vida algo colectivo: los enamorados se enamoran igual en cualquier época, en cualquier lugar. Cada enamorado es una réplica en la que se recrea el cortejo universal, portentosamente.

¿Y el Amor? El Amor requerirá de un proceso paulatino de desproyección. Sólo cuando los partícipes vayan desproyectando los contenidos internos que el uno “estampó” en el otro (acotando los efectos del “programa de edición”), empiezan a aparecer los verdaderos individuos y, con ello, el vínculo individual. (Hasta tanto no hay individuos no hay Amor, sino enamoramiento.)

Entonces, en ese proceso, así como hubo ilusión habrá des-ilusión. Lo cual es magnífico (¡aunque suene espantoso!). Ahora comenzarán a ser más reales el uno para el otro y viceversa. Con ello, el vínculo recién entonces empezará a ser más real. El enamoramiento cederá paso a la oportunidad del Amor. El Amor conoce; el enamoramiento presume, supone, imagina… edita. Ese proceso puede ir llevando toda la vida (o al menos toda la vida de esa pareja como tal).

Así, cuando las proyecciones declinan lo que aparece, ya desnudo de “ediciones”, está lejos de ser las famosas dos mitades de una naranja. ¡Ni siquiera son como animales de la misma especie! No, no son un pájaro y una pájara. Son un pez y un pájaro, o algo tan disímil como eso. Y el Amor (si es lo que emerge, en vez de la ruptura), dará la posibilidad de que cada uno vaya aprendiendo, como un alfabeto, el mundo del otro. El pez necesitará figurarse cómo ha de ser volar, el pájaro cómo ha de ser abrir los ojos bajo el agua. Y, atención: cualquiera de ellos que le exija al otro vivir en un mundo que no sea el suyo lo someterá a la asfixia: el pájaro bajo el agua, el pez a orillas del río.

¿Dónde construirán el nido? En el medio, para que cohabiten los mundos de ambos sin que se ahogue ninguno de ellos. En el medio, comprendiendo de qué se trata el Amor… o en ninguna parte.

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