Otoño 2017

Sophia - Despliega el Alma

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POR Miguel Espeche - Columnistas

5 Mayo, 2017

El tiempo sexual

Después de muchos años en pareja, la sexualidad puede ser vivida intensamente por personas que se conocen y comparten un largo camino. Son necesarias la intención del descubrimiento compartido y la voluntad de pasarlo bien.

Muchas parejas quedan en el camino. Lo dicen las estadísticas, que hablan de un importante porcentaje de divorcios y desencuentros. Sin embargo, otras parejas perduran, mejor o peor, pero perduran.

En esos casos, la complejidad crece como si fuera un ecosistema que gana en riqueza, aunque también puede ocurrir que el paso de los años tienda a parecerse a la paulatina desertificación de un territorio. Con el tiempo, para muchos, la sexualidad pareciera ser un aspecto de la convivencia en riesgo de extinción. Al menos así lo dicen quienes hablan del cambio como única forma de mantener las ganas, en complicidad con la creencia de que a la felicidad la podemos comprar en un negocio.

No haremos acá una cruzada moralista o “matrimonialista”, y menos en lo que a sexualidad se refiere. En la vida, digámoslo, pasa de todo, y una de esas cosas que pasan es que los matrimonios perduran muchas veces y, además, perdura en ellos una buena sexualidad… O no.

También pasa que con el sexo gimnástico, “tecnocrático” y onanísitico hoy vendido a raudales (signo de una sexualidad real pobre), la sexualidad no es vista con facilidad como un bien perdurable, divertido e intensamente vivido por personas que, porque están en pareja muchos años, se conocen y comparten un largo camino.

No es nada novedoso decir lo siguiente: “se hace el amor así como se vive”. La vida no es rutinaria; nosotros podemos rutinizar y desvitalizar nuestra actitud en ella, o “encontrarle la onda” a partir de cómo nos ubiquemos.

Es verdad también que en nombre del amor se ha vapuleado la importancia de la sexualidad, llenándola de eufemismos y espiritualismos aburridísimos. La fuerza de lo sexual perdura cuando perdura en una pareja la intención del descubrimiento compartido, en franca alianza con la voluntad de pasarlo muy, pero muy bien juntos sin convertirse ni en “hermano” ni en “amigo” del cónyuge.

El tiempo sexual es algo así como un tiempo sagrado, pero no solemne. De allí que para marcar ese tiempo y ese espacio, el consejo sea llamar al cerrajero para que ponga por fin esa llave en el dormitorio conyugal de modo que los chicos no joroben (a veces, el cerrajero es el mejor sexólogo), o lo que en mis charlas para padres suelo llamar el “tiempo malbec”, que es el que simboliza ese estado espiritual e íntimo de encuentro, sanamente entonado por la alegría de la copa compartida, que se da en un plano en el que las cuotas del colegio o la reunión con los inversionistas quedan atrás y se abre un clima en el que discurre lo inefable que funda el encuentro de cada pareja que se precie.

“La fuerza de lo sexual perdura cuando perdura en una pareja la intención del descubrimiento compartido, en franca alianza con la voluntad de pasarlo muy, pero muy bien juntos”

En ese clima, los rencores, los defectos, los hartazgos se neutralizan ante la sensación de vitalidad que libera a la mente mecánica que hoy en día agota los afectos, ancla en la mala onda y hace imaginar paraísos perdidos en donde no los hay.

Es obvio que lo antedicho no es siempre posible. “Sacarle el hollín” a una pareja puede ser difícil cuando se han acumulado broncas y abandonos. Pero abrir las puertas a una sexualidad así vista genera una energía antes olvidada que todo lo nutre. Permite darse cuenta de que la fiesta está allí, en ese lugar en el cual se está, y no en otro lado. De esa manera, lo que parecía gastado se torna nuevo, con la ventaja de que, al ser conocido, el territorio del encuentro se puede llenar de sutilezas que el atolondramiento y la ansiedad voraz dejan pasar como agua entre las manos.

Esta columna fue publicada en Sophia en agosto de 2011.

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