Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Columnistas

18 septiembre, 2019

El segundo amor

Cuando nos enfrentamos a un divorcio o a la viudez y se rompe la ilusión de seguir estando en pareja, de pronto un día nos sorprendemos haciéndonos una pregunta antes impensada: ¿y si volvemos a darnos una oportunidad para enamorarnos?

Dolió mucho lo vivido durante esos años en los que aquello que iba a ser un amor para siempre naufragó de manera más o menos inesperada. La vida demostró ser más compleja de lo que parecía y la realidad se manifestó con crudeza, derrumbando algunos sueños de infancia que hablaban de una felicidad eterna, embalsamada, garantizada por el salvavidas matrimonial.

Las historias son miles, pero muchas de ellas terminaron en el final de la pareja por causas diversas, generalmente muy penosas y con secuelas de las buenas, como los hijos, y de las malas, como dolores, rencores, miedos y conflictos interminables con los ex, con los que no siempre las cosas quedan en buenos términos.

Treinta y pico largos, cuarenta y tantos o, inclusive, cincuenta años o más… no importa. Lo que fue ya no es, la pareja se separó o, tal vez, la muerte se llevó a quien era un compañero de la vida. Hijos chicos, medianos o grandes, una cotidianidad que queda atrás, y el emerger de una mirada que, de pronto, atisba el nuevo escenario: el complejo paisaje que, ahora, será parte de la vida que viene.

Y en ese contexto aparece, entre tantas otras cosas, aquello acerca de lo que queremos explayarnos un poco. Es que dentro de “eso” que les pasa a tantos que se ven de pronto frente a un divorcio o una viudez a sus espaldas, emerge, no sin a algo de sorpresa, la posibilidad de un “segundo amor”.

Volver a empezar

Sabemos que lo de “segundo” es estereotipado y lo decimos a modo de metáfora de lo que Jorge Fernández Díaz llamaría “la segunda vida de las flores”. Suponemos una complicidad de la lectora que entenderá a qué nos referimos con lo de “segundo”: se trata de ese amor que aparece (o no, pero se anhela) tras el final de una relación larga, de esas que dejan huella.

No hablamos ni de romances ni de retornos. Hablamos de lo que les pasa a muchos cuando de golpe se ven en un terreno antes impensado, sobre todo en un mundo en el que existe Tinder y un “circo” de gente sola y, en ocasiones, ansiosa, que no siempre facilita la gestación del encuentro en términos más entrañables, confiables e intimistas. Aun así, en medio de un terreno antes desconocido, va apareciendo la posibilidad de un nuevo capítulo y los segundos amores hacen su aparición.

Los golpes en el camino son habituales. La tentación en la que muchos caen es apuntar a encontrar personas que sean muy diferentes al ex, por aquello de la compensación de los sinsabores vividos antaño.

Mi ex era muy seco, amargo y desamorado, y en cambio Luis me traía flores y me decía que soy la más linda”, cuenta ella, la que ahora llora porque Luis la dejó, porque el hombre era medio chanta y sabía qué decir para rapiñar afectivamente a la dama que por tantos años había sido malquerida.

El ejemplo habla de las estaciones intermedias que existen antes del arribo a ese “segundo amor”, a los que podríamos llamar “pseudo segundos amores”; o tal vez sean esos los sapos que hay que besar antes de encontrar a quien se transforme en príncipe.

La experiencia indica que la prudencia es buena consejera si lo que se siente es el deseo de tener una relación significativa. Es que, por lo que se percibe, muchas personas a la hora de terminar con una pareja de “toda la vida” emergen en el paisaje “solteril” con parte de aquella personalidad dejada atrás a la edad del casamiento. Por eso se explican los señores maduritos que se hacen raros peinados nuevos y empiezan a usar chupines, o damas que, ya con cierta edad, emergen “liberadas” al ruedo, vestidas con los ropajes de sus hijas.

“La experiencia indica que la prudencia es buena consejera si lo que se siente es el deseo de tener una relación significativa. Es que, por lo que se percibe, muchas personas a la hora de terminar con una pareja de “toda la vida” emergen en el paisaje “solteril” con parte de aquella personalidad dejada atrás a la edad del casamiento”.

La espuma suele bajar rápido, y en ese mar de nueva soltería las personas se van encontrando (consigo mismas y con los otros), al punto que, como decíamos, aparece aquello del segundo amor.

A veces la cuestión da para forjar una familia ensamblada. En otras ocasiones se forman noviazgos con cama afuera, o se dan formatos mixtos, de acuerdo a las circunstancias y los deseos. De a poco se va armando una nueva intimidad, una vida cotidiana donde construir nuevas rutinas, las que a su vez van adentrándose en la historia personal que antes era tan pero tan distinta…

Los segundos amores van entrelazándose con los hijos de ambos, bancando los ecos de los ex, empezando a ser parte de los rituales de las familias ampliadas (presentar a los padres a los cuarenta y cinco no es lo mismo que hacerlo a los veinticinco, por ejemplo), con la presión que implica el temor a volver a equivocarse, a generar nuevos dolores a los hijos, a dar pasos en falso…

La complejidad que se encuentra en la forja de los segundos amores es mayor, aunque también es más honda la sabiduría de la segunda mitad de la vida que la de los veintipico. Por supuesto, todo puede fallar, como cuando lo que guía es el miedo a la soledad más que el deseo de estar con esa persona en particular. O cuando, tal como decíamos antes, lo vivido anteriormente está aún muy crudo, y todavía hay que terminar de cerrar viejas heridas o rencores.

El no tener apuro suele ayudar a que las cosas vayan bien.

También, repetimos, es bueno vivir bien el hoy por lo que el hoy vale, más que tratar de compensar el ayer. Respetar las intuiciones, no atolondrarse y comprender que las cosas no se viven como se vivían cuando no había mayores responsabilidades, permite la madurez que los segundos amores necesitan para prosperar.

De hecho, el que existan complejidades, tales como un pasado herido, los hijos, los ex, los trabajos y la complementación de rutinas que ya venían de antes, puede ser visto como una buena prueba de la hondura de la relación. Que se tome todo el “combo” que viene con la persona es indicador de que la cuestión va en serio.

“Es bueno vivir bien el hoy por lo que el hoy vale, más que tratar de compensar el ayer. Respetar las intuiciones, no atolondrarse y comprender que las cosas no se viven como se vivían cuando no había mayores responsabilidades, permite la madurez que los segundos amores necesitan para prosperar”.

Los segundos amores darían para libros enteros.

Acá van solamente algunos pensamientos que pretenden valorar esa oportunidad que la vida suele ofrecer. No es obligación tener segundos amores, por eso es tan lindo cuando aparecen. Porque si bien a veces el panorama es arduo, es lindo ver que nunca todo está dicho, y que aun con tropiezos y querellas, la capacidad de querer no se marchita tan fácil, lo que le agrega al asunto la alegre sorpresa de lo impensado.

Sabemos que los segundos amores no vienen a solucionar por sí mismos los temas no resueltos; tampoco lo hicieron los primeros. Son una oportunidad para sentir el acompañamiento anhelado, pero llegan solamente cuando no se los busca, se los encuentra, nomás. Así es que el objetivo no es buscar a “ese” que dará felicidad y calmará las ansias y temores, sino lograr algo de paz y concordia interior para la propia vida, que lo demás, como nos gusta decir, vendrá por añadidura.

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