Sophia - Despliega el Alma

POR Maritchu Seitún - Columnistas

21 mayo, 2019

El respeto mutuo: ¿cómo educar para evitar el maltrato?

A la hora de enseñarles a los chicos a respetar y a respetarse, es fundamental que hagamos lo mismo con ellos, respetándolos a su vez, brindándoles recursos y estableciendo límites claros para que aprendan a decir "no" cada vez que lo necesiten.

Queremos que nuestros hijos aprendan desde chiquitos a cuidarse y a hacerse respetar, de modo que cuando vayan creciendo no se dejen maltratar. Queremos que sepan decir que no y se animen a hacerlo, e incluso que, por momentos, puedan elegir quedarse solos sin desesperar, porque a veces, como dice el refrán, es “mejor estar solo que mal acompañado”.

Queremos que se animen a hablar con nosotros de las cosas que les incomodan; de sus inseguridades, sus miedos, los malos tratos, los abusos, las peleas, las injusticias… Y que puedan afrontarlas y defenderse cada día mejor con nuestro apoyo y habiendo internalizado nuestros recursos, no sólo cuando algo les ocurre a ellos sino también a algún otro niño cerca.

«A la mayoría de los que hoy somos adultos nos enseñaron a respetar por decreto, nos exigieron respeto. Nuestros padres nos decían: ‘Miráme a los ojos‘, ‘Prestá atención‘, ‘Calláte la boca‘, ‘No seas irrespetuoso‘. Por ese camino aprendimos un respeto que era en realidad sometimiento».

Deseamos también que ellos aprendan a cuidar y a respetar a otros, algo que es posible cuando ellos mismos crecen en un clima de respeto mutuo. Cuando, desde el comienzo, desde que son chiquitos, los niños son respetados por los adultos que los rodean. Pero no siempre es sencillo porque, seguramente, esa no ha sido la experiencia infantil de sus padres y de otros adultos que los rodean.

A la mayoría de los que hoy somos adultos nos enseñaron a respetar por decreto, nos exigieron respeto. Nuestros padres nos decían: “Miráme a los ojos”, “Prestá atención”, “Calláte la boca”, “No seas irrespetuoso”. Por ese camino aprendimos un respeto que era en realidad sometimiento y, lamentablemente, nuestras vías neuronales, activadas desde la infancia, nos pueden llevar tanto a seguir permitiendo que otros nos sometan, como a perpetuar el sistema sometiendo a otros, como por ejemplo haciendo a nuestros hijos lo que nos hicieron cuando éramos como ellos…

Aprender a respetar

Para desandar ese camino es importante que tomemos conciencia y elijamos revisar nuestro “piloto automático” porque queremos hacer algo diferente con nuestros hijos, al entender los enormes beneficios de este cambio.

Por otro lado, nos enseñaron también que los demás merecían respeto, empezando por nuestros propios padres, y hoy vemos en cambio muchos niños príncipes, que creen ser dueños de todos los derechos y de ninguna obligación, con padres que, quizás queriendo hacer algo diferente de lo que hicieron sus propios padres en su infancia, se excedieron haciéndoles creer a sus hijos que ellos podían decidir y mandar, creyendo que eso era respetarlos.

Pero no: esos chicos (o adultos) que hoy no pueden esperar, frustrarse, esforzarse, o ponerse en el lugar del otro porque no aprendieron en la infancia que no son los únicos, que hay otros que merecen tanto respeto como ellos mismos, son el resultado de ese exceso.

«Si desde del nacimiento el niño tiene la experiencia repetida, estable y duradera de ser respetado (escuchado, entendido, validado, tenido en cuenta, atendido, respondido) y esa experiencia es sostenida a lo largo del tiempo, el niño aprende a respetarse a sí mimo y a validar su mundo interno para poder hacer lo mismo con otros más adelante».

Respetar implica prestar atención, escuchar sin juzgar y sin prejucios y responder desde ese lugar, pero no significa que hagamos todo lo que los chicos quieren. Sí, respetamos sus deseos, pensamientos, sentimientos, pedidos y si podemos decimos que sí, aunque a menudo decimos que no con razones valederas para nosotros que los chicos no van a entender hoy, pero seguramente podrán comprender algún día, con el correr del tiempo.

Sí, se van a enojar. Y se van a poner tristes ante nuestros “no”. Pero vamos a respetar su enojo y a acompañar su dolor, mientras los ayudamos a encontrar vías de expresión adecuadas para transitar ese proceso y caminamos junto a ellos aprendiendo a respetarnos mutuamente.

¿Cómo es entonces el camino del respeto en la crianza?

Si desde del nacimiento el niño tiene la experiencia repetida, estable y duradera de ser respetado (escuchado, entendido, validado, tenido en cuenta, atendido, respondido) y esa experiencia es sostenida a lo largo del tiempo, el niño aprende a respetarse a sí mimo y a validar su mundo interno para poder hacer lo mismo con otros más adelante.

Ese camino empieza al ser respetados, continúa en el respetarnos y desde allí proviene la capacidad de respetar a los demás y de hacernos respetar. A su vez, nos da la posibilidad de alejarnos de los que no lo hacen, porque la experiencia personal de una crianza respetuosa nos permite distinguir los vínculos y tratos respetuosos de los que no lo son.

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