Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

27 enero, 2017

El germen de la audacia

A través de una historia muy personal, Virginia nos propone retejer el cerebro, con el objetivo puesto en vencer esos miedos que no nos dejan crecer. O mejor dicho: en valernos de ellos para comenzar un ejercicio interno, que nos permita animarnos y así retejernos, cada día, en una vida mejor.

Fotos: Rodolfo Deutsch.

Cuando llegué, Aquiles me saludó afectuoso y serio, como siempre, tan seguro de sí mismo. Ya le conozco el carácter: es mi ahijado. Apenas si tiene unos cuarenta centímetros de altura. Claro, olvidé decir que es un perro. Trabaja en “Espacio Confluencia”, ese amado lugar en Sierra de los Padres donde doy retiros de verano: Aquiles siempre sabe dónde pararse, cuándo quedarse, cuándo irse, con quiénes estar… Nunca permite que se lo suba al regazo: él no puede medir en centímetros, pero tiene muy claro que es grande e imponente. No está allí para trabajar, pero trabaja porque quiere, y nada sería lo mismo en ese bellísimo sitio sin él.

Aquiles, el gran anfitrión de “Espacio Confluencia”. Amoroso y rotundo a la vez.

Bebi, en cambio −toda pelo negro, negros ojitos y un rulo en la cola que se erige como un signo de pregunta− es nueva: aún tiene que aprender cómo es ese complejo oficio de ser perro. Tiene sólo seis meses y hace pocas semanas que habita su nuevo hogar. Cuando llegué, corrió a esconderse debajo de la mesa, temblando como si fuera una mariposa, en estado de total vulnerabilidad. Dejé mi equipaje y me tiré en el suelo, esperando que fuera ella quien se acercara en vez de perseguirla yo. Le ofrecí mi mano para que me oliera, en vez de buscar acariciarla: entonces empezó a acercarse a esa cosa humana tan alta como ella (y no a mi complicada altura de un metro setenta y cuatro cuando estoy de pie). Me olió. Y luego me olió. Y luego me siguió oliendo, temblando cada vez menos.

A partir de allí, su desafío sería mucho mayor: convivir con 50 personas desconocidas durante una semana… o quedarse debajo de la mesa. Imaginan bien si creen que sus humanos (los queridos Irene y Rodolfo) le brindaron la seguridad que necesitaba para ir familiarizándose de a poco. Imaginan bien si visualizan a esa belleza renegrida afablemente interactuando, a medida que pasaron los días. También, incluso, si la presumen sonriendo, como sonríen los perros que no tienen angustia. Menos miedo, más disfrute. Menos miedo, más alegría. Menos miedo, más claridad sobre cómo actuar en cada momento. Menos miedo, más capacidad para elegir con quiénes estar, dónde descansar, de dónde irse… e ir hallando el propio rol en ese juego del intercambiar afectos con los humanos.

Bebi aprendió a dejar atrás sus miedos para recibir un fuerte abrazo humano.

Lo principal que quisiera subrayar es esto: ella destejió su cerebro y en poquitos días lo volvió a tejer. Procuraré explicarme mejor: en esa semana compartimos juegos, ejercicios, conceptos, tanto de Psicologías de Oriente como de Occidente, y también en base a las Neurociencias aplicadas. Y Bebi se volvió una representante viviente de lo que significa la neuroplasticidad: ¡de inmediato se ganó su club de fans! Vimos cómo alguien tan nuevito en la vida tenía, sin embargo, los recursos internos para gestionar una identidad diferente dando pequeños pasos por encima de sus miedos. Porque pequeños pasos por encima de nuestros miedos = grandes pasos hacia nuestra libertad.

El punto es éste: según el decurso que distintas Ciencias han tomado, puede decirse que el cerebro no crea a la conciencia, sino que la Conciencia ha creado un cerebro para expresar sus múltiples facetas. Y ese cerebro, tan largamente elaborado a lo largo de millones de especies hasta llegar al formato que tiene el del animal humano (¡con tanta frecuencia mal aprovechado!), se va modificando día a día con cada acontecimiento vital. Pero sobre todo se va “retejiendo” a partir de nuestra actitud transformadora. Lo que yo llamo “yo” es, en principio, un conjunto de conexiones neuronales que se repite, generando una sensación de continuidad, de homogeneidad. Sin embargo, ese “yo” al que hoy llamo “yo” es muy distinto (MUY distinto) de aquello a quien llamaba “yo” hace cinco o diez años (y a veces cinco o diez meses e incluso cinco o diez días…).

Si me doy cuenta de que mi identidad puede ampliarse al ejercer voluntariamente actitudes distintas de las que mi mecanicidad elegiría (cualquiera haya sido el origen de ese modo automático de reaccionar), mi manera de estar ante el mundo irá teniendo una progresiva transmutación, paralela al “retejido” de mi cerebro. Pues es mi actitud la que modifica a mi cerebro en este caso, en vez de ser mi cerebro el que no dé opción más que a un solo tipo repetido de actitud (como sucede en quien no evoluciona al paso del tiempo).

“Pequeños pasos por encima de nuestros miedos = grandes pasos hacia nuestra libertad”.

Todos somos como Bebi. Todos somos vulnerables, temblorosos, no menos que ella. Pero también todos tenemos, como ella, el germen de la audacia. Que la Vida haya elegido vivir la experiencia humana a través de nosotros, en-carnarse en un cuerpo, habitar este complejo planeta, no habla sino de esa audacia. La audacia del espíritu. Sólo que a veces nos falta creer en ella, conectar sus delicados cables una y otra vez hasta que se vuelvan de flexible acero interno. O de oro.

Saber que cuando digo “yo” me estoy refiriendo a un proceso, y no a una “cosa” ya acabada, es, en mi interior, uno de los conceptos más esperanzadores. Que cuando la vida me parte al medio puedo retejerme de una manera diferente. Que si intervengo conscientemente en ese tejido puedo no sólo cambiar mi vida, sino también mejorar la de mi entorno. Que todos somos cachorros de esta Humanidad aún infante. Eso me da esperanza, hasta cuando algo sucede que me entristece, en lo individual, en lo colectivo.

Tengo miedo. Pero me tengo a mí entera, que soy mucho más que mis miedos. Y los tengo a Ustedes, porque nos tenemos unos a otros, para hacer más bello y más posible el Camino. Y los tenemos a Bebi y a Aquiles, que quizás la tengan mucho más clara que yo…

“Que la Vida haya elegido vivir la experiencia humana a través de nosotros, en-carnarse en un cuerpo, habitar este complejo planeta, no habla sino de esa audacia. La audacia del espíritu”.

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