Sophia - Despliega el Alma

POR Bernardo Nante - Columnistas

14 junio, 2016

El filo de la navaja

Esta expresión puede invitarnos a vincular situaciones “paradójicas” de la vida cotidiana con una profundidad “mística” inesperada. Y es que toda la vida es un “filo de la navaja”, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Por eso Bernardo nos lleva a mirar más allá de lo inmediato, para ver profundo y a lo lejos.

Las palabras y las expresiones vinculadas a la dimensión espiritual o sagrada transitan a menudo un largo camino hasta banalizarse y perder sus riquezas significativas originales. El estudio de las etimologías sirve, con frecuencia, para desandar ese tortuoso sendero del lenguaje que conduce a su resplandor primigenio. ¿Quién tiene presente cuando pronuncia “ojalá” que el vocablo proviene, a través del árabe andalusí, de la expresión “si Dios quisiera”? ¿Quién utiliza hoy el término “entusiasmo” –que en griego alude a una presencia divina interior– cuando se trata de una “exaltación de ánimo”? Los ejemplos podrían multiplicarse, pero basta apuntar que el lenguaje no solo se desgasta literariamente o pierde agudeza intelectual, sino que se vacía de profundidad.

Más aún, los lenguajes técnicos propios de la ciencia, incluso de las humanidades, pueden ganar en rigor académico pero no en profundidad. Y la profundidad, el misterio, la conciencia de que nuestra vida está suspendida y rodeada por grandes incógnitas (¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es el sentido de la vida?) nos instalan en plena mística.

El anhelo místico parece ser una tendencia humana universal, aunque “nuestra mística”, la del ser humano común, parezca mediocre respecto de las altas cimas de la espiritualidad. Pero así como todo ser humano es musical aunque no ejerza su musicalidad o sea tan talentoso como Martha Argerich, del mismo modo todo ser humano es potencialmente “místico”.

Y esto mismo se refleja en las capas inadvertidas del lenguaje cotidiano. Necesitamos del lenguaje pero todos sabemos que “nos quedamos sin palabras” en las situaciones cruciales de la vida, por ejemplo, en situaciones propias del amor y de la muerte. En esas situaciones, sentimos que estamos en el “filo de la navaja” y que todo lo que se diga se verá excedido por la experiencia. Referido al místico propiamente dicho, caben las palabras del filósofo Raimon Panikkar: “El místico no dice lo que quisiera decir puesto que insiste constantemente en que quiere hablar de lo inefable. Por eso su hablar se refiere siempre a la experiencia, que no es lingüísticamente comunicable más que por traducción, que solo entenderá quien la sabe retraducir a su propia experiencia”.

“El filo de la navaja” es una expresión que utilizamos cuando vivimos una situación de peligro o  debemos enfrentar alternativas acuciantes. También solemos decir que alguien vive “al filo de la navaja”, ya sea para destacar la elección de un estilo de vida audaz, o bien una conducta inconsciente o temeraria. Sin embargo, por lo general se desconoce el origen de tal expresión y toda la riqueza significativa que atesora.

“En realidad toda la vida es un ‘filo de la navaja’ aunque no siempre seamos conscientes de ello. Por lo pronto –y para recordar una de esas obviedades que no obstante olvidamos–, cada instante de la vida puede depararnos algo inimaginable y ser el último”.

El filo de la navaja (The Razor’s Edge, 1944) es una novela del escritor inglés William Somerset Maughan,  popularizada a través de dos versiones cinematográficas; la primera de 1946, con Tyrone Power, y la segunda de 1984, con Bill Murray. La historia relata la vida de Larry Darrell, un piloto norteamericano traumatizado por sus experiencias durante la Primera Guerra Mundial que se separa de la forma de vida convencional y decide abocarse a una búsqueda espiritual. Numerosas son las vicisitudes por las que atraviesa, pero mientras que sus conocidos, identificados con una vida materialista, padecen reveses de la fortuna, él busca un sentido “trascendente” de la vida. Primero a través de la mística cristiana y, finalmente, como le ocurrió al propio Somerset Maughan, Larry vive una experiencia mística transformadora en la India. De allí, acaso, que la expresión “el filo de la navaja” la haya tomado el autor de un antiguo texto hindú, el Katha Upanishad, que reza así: “El camino de la salvación es tan difícil de recorrer como el filo de la navaja”. (¿Quién no recuerda la expresión de Jesús –Mateo 7, 13-14– según la cual “estrecha es la puerta que lleva la vida”?) Obsérvese, una vez más, que nuestra expresión (“Estoy en el filo…”) se remonta, a través de la lengua inglesa a una antigua expresión de la sabiduría de la India.

Ahora bien, y más allá de la novela mencionada, la expresión “el filo de la navaja” puede invitarnos a vincular esas situaciones “paradójicas” y a menudo desconcertantes de la vida cotidiana con una profundidad “mística”. En realidad toda la vida es un “filo de la navaja” aunque no siempre seamos conscientes de ello. Por lo pronto –y para recordar una de esas obviedades que no obstante olvidamos–, cada instante de la vida puede depararnos algo inimaginable y ser el último. Nuestro apego hacia logros inmediatos nos hace olvidar para qué vivimos o al menos nos impide levantar la mirada y ver más lejos. Vivimos al filo de la navaja porque la vida presenta asperezas y paradojas inquietantes. Pero todas las tradiciones espirituales enseñan de un modo u otro a ubicarse en un punto en donde ese filo no solo ya no lastima hasta llevarnos a un sinsentido, sino que nos brinda una agudeza interior que nos permite “sostener la paradoja” sin caernos hacia un lado o el otro. Así, puedo atender las cuestiones cotidianas con la conciencia tanto del carácter pasajero de las cosas como de que detrás de los afanes de la vida cotidiana quizás hay algo más.

Jesús enseñaba (Mateo 6, 34)  que cada día tiene sus afanes y que no es menester preocuparse por el día de mañana. Aunque el contexto y la enseñanza parecen diferentes, Arjuna, el héroe del célebre
Bhagavad Gita recibe de Krishna la enseñanza del “yoga de la acción”. Se trata de entrar en acción y cumplir con lo que corresponde sin apegarse a los frutos. De ese modo “el filo de la navaja” de la vida se transforma en el filo de la navaja de quien sostiene la paradoja y se hace responsable sin apegarse a los frutos. En esa actitud despierta acaso un corazón capaz de atravesar con júbilo el “difícil camino de salvación” o, si se prefiere, el “camino de la vida”.

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