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POR Adriana Amado - Columnistas

11 junio, 2018

El feminismo a la luz de los millennials

“No hay igualdad que valga en un mundo deshumanizado”, dice la especialista en estas líneas que hacen dialogar al feminismo con las nuevas generaciones y plantean la necesidad de realizar cambios con vistas al futuro.

La mayoría de nosotras no había nacido cuando se reclamaba igualdad de derechos civiles. Solo uno de cada diez argentinos vivió en la época en que las mujeres no votaban y ninguno en tiempos en que ni siquiera podíamos estudiar. Ya hace un siglo que podemos decidir sobre nuestro patrimonio y hace décadas que podemos disolver el matrimonio, instituciones que estaban soldadas. La mayoría nacimos cuando ya se usaba bikini y solo las abuelas recuerdan que no podían salir a la calle maquilladas, mientras que hoy las chicas van al colegio con las uñas color flúo y el pelo pintado de violeta.

Esas chicas están viendo por televisión a otras mujeres que hablan de opresión, de patriarcado, de machismo. Escuchan a celebridades uniformadas en el luto con que acusan de abuso, acoso, violaciones a personajes junto a los cuales en algún momento se tomaron fotos. Las llevamos a marchas donde escuchan mensajes de solidaridad junto con amargos gritos de “muerte al macho”. Ven mujeres que critican duramente a otras mujeres que eligen mostrar su cuerpo en una revista cuando a nadie parece importarle que ellas aparezcan en Facebook en ropa íntima o tirando besos sensuales en Instagram. Escuchan que sus madres y profesoras les hablan enojadas de los estereotipos, pero para bailar eligen las canciones hipersexualizadas de Maluma, Anitta y Nicky Minaj.

Me pregunto qué saben sobre el feminismo las chicas que son parte de la mitad de población que no cumplió los 30 años. Qué escucha esa generación que no entiende mucho de metáforas cuando lo asociamos a palabrotas como batallas, conquistas, luchas o triunfos. Con quiénes se identifican cuando dividimos el mundo entre machistas despiadados y feministas desvalidas. Me pregunto si están entendiendo la diferencia entre piropo y acoso, violación y deseo cuando, entre tanto ruido, el amor parece la suma de todos los miedos.

El lecho de amor o la lucha de sexos

Entre las diez notas más leídas en 2017 hay tres del The New York Times. Están la de las marchas de las mujeres alrededor del mundo y la que reveló las acusaciones contra el productor de Hollywood Harvey Weinstein, que dieron origen al #metoo. Entre esas dos aparecía el título “Te recomiendo casarte con mi esposo”, una tierna despedida de una escritora enferma de cáncer a su compañero. Como si las audiencias globales dijeran que cuestionar los roles sexuales no implica olvidar que, al final, queremos una bella historia de amor.

Los estereotipos sexuales son más fáciles de cuestionar que los arquetipos ancestrales, aunque los dos pautan culturalmente nuestras relaciones. Según la especialista Coral Herrera Gómez, ponemos distintas expectativas en los vínculos de amor: mientras que a los hombres los educamos para que enfoquen sus deseos en distintas cosas (trabajo, deportes, amigos, aficiones), nosotras seguimos poniendo a la pareja en el centro de nuestras vidas. Somos las primeras en preguntar a las amigas si están con alguien, en procurar emparejarlas si están solas, en recomendarles, cuando tienen problemas con su pareja, paciencia más que independencia. Sentimos que fracasamos en la vida cuando los cumpleaños o las Navidades nos encuentran solas. Como seguimos poniendo en el amor la solución para la soledad, la autoestima, la situación familiar, en su nombre subestimamos los riesgos de vínculos que pueden resultar violentos, vacíos o interesados. Nos cuesta ver que nos puede hacer daño alguien que nos dice que nos quiere.

“Me pregunto si las chicas están entendiendo la 
diferencia entre piropo y acoso, violación y deseo cuando, entre tanto ruido, el amor parece la suma de todos los miedos”.

El documental Liberados: la nueva revolución sexual (Netflix) intenta explicar por qué los jóvenes se entregan al alcohol y al sexo para ratificar su popularidad. Pero no hace falta que lo veamos en la televisión para tomar conciencia del riesgo en el que se encuentra una generación que confunde contactos eventuales con vínculos estables. Cuando creíamos que exponer en los medios nuestros problemas sería el principio de la solución, empezamos a comprender, como decía El Principito, que lo esencial sigue siendo invisible a los ojos.

El feminismo es un humanismo

Han estallado en las plazas los dramas más íntimos para preguntarnos cuánto de las instituciones públicas y las leyes puede cambiar las actitudes en la vida privada, que no parecen tener soluciones unánimes. Desde Francia las medidas que toman en Estados Unidos se ven como un retroceso hacia el puritanismo moral. Estas van desde evitar que haya mujeres solas en reuniones de trabajo hasta filmarlas en el ascensor. Pero si el comportamiento sexual es cultural, la violencia es un problema universal.

En la Argentina se estima que ocurre un femicidio cada 35 horas según las estadísticas de la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de la Nación para 2016. Ese año, una persona fue asesinada cada 3 horas y murió atropellada cada 2 horas. El 80% de los denunciados en el país por violencia doméstica son hombres. Igual que el 90% de los agresores de cualquier tipo, según un informe del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas. Los hombres también son el 80% de las víctimas. Ahora que tenemos una palabra para identificar el asesinato motivado por ser mujer, quizá tengamos que agregar “humanicidio” para abarcar tantas muertes causadas simplemente por ser humano.

No hay igualdad que valga en un mundo deshumanizado. La pregunta es qué aporta más a los cambios sociales que esperamos: ver cómo se sigue hablando del pasado desgraciado o empezar a conversar de la sociedad deseada con esa mitad de la ciudadanía que no vivió los errores que lamentamos. Tenemos que pensar si queremos seguir poniendo la sexualidad en cuestión o empezamos a verla como parte de vínculos que necesitan repensarse desde una nueva ética del amor y del cuidado.

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