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Sophia - Despliega el Alma

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POR Miguel Espeche - Columnistas

11 agosto, 2017

El diagnóstico y el alma

A veces, esperar el resultado de un estudio médico puede convertirse en un momento dominado por la ansiedad y la angustia. ¿Cómo acompañar a quienes atraviesan ese camino a través de una medicina más empática?

Ahí está el médico, con su guardapolvo blanco y el sobre que le acabamos de dar en la mano. El consultorio limpito, los sonidos de afuera, el olor del lugar… Todo forma parte de un contexto lejano, porque lo que importa está ahí, en ese sobre y en el rostro del profesional que lo está abriendo.

Es un tiempo eterno, en el que se hurgan los signos del rostro de ese hombre o esa mujer que nos dirá las palabras que marcarán los días por venir. Puede que diga que hay “algo” o que hay “nada”, que salgamos tranquilos o que lo que nos diga nos haga tocar el miedo con las manos, llenando la mente de incertidumbres y fantasmas.

Es muy probable que a todos nos pase algo así al menos una vez en la vida. Ese momento en el que un profesional nos dirá de qué se trata “eso” que nos pasa, aquello que nos hizo ir a la consulta con la mente llena de sospechas y angustias anticipatorias.

El momento de la información puede llegar a ser tan angustioso que muchos prefieren evitarlo. Les huyen a los médicos como a la luz mala con tal de no experimentar esa incertidumbre que se abre ante la posibilidad de que alguna palabra le ponga nombre de enfermedad grave a aquello que está en el propio cuerpo.

El momento de ofrecer el diagnóstico es clave si bien no siempre se tiene en cuenta como corresponde porque se prioriza el cuerpo como elemento aislado, más que el paciente y su humanidad. Todos recuerdan el rostro, el gesto, el tono de voz del profesional que dio alguna noticia dura, a veces con humanidad, otras con extrema torpeza o crueldad. Las palabras que dicen de la condición corporal del paciente involucran resortes emocionales y hasta existenciales muy profundos, que van más allá del mero cuerpo y no siempre los médicos y demás profesionales de la salud están preparados para asumir la cabal dimensión de lo que ocurre.

De hecho, parte del temor al diagnóstico es producto de que el cuerpo pasa a ser un total extraño hablado por otros que lo ven como un “caso”, mientras que uno lo ve (lo siente, lo vive) como “yo”. El dolor y el temor de la enfermedad se unen al exilio que significa el verse tratado como un objeto casi ajeno, que se ha desbocado y es mirado como “algo” en detrimento del “alguien” que lo vive como identidad pura.

En mi experiencia, y de manera independiente a la magnitud de la cuestión médica, es esencial el rostro de quien ofrece el diagnóstico, sobre todo si se trata de uno “difícil”. Es a través del rostro que nos reconocemos humanos, y cuando quien abre el sobre o mira las imágenes se escuda en la mera información, el dolor se duplica por aquello del exilio antes mencionado. Se pasa a ser “paciente” y a veces se pierde el nombre, lo que genera una congoja que cuesta remontar.

Por esa razón es importante humanizar la “Salud”, “almificar” el intercambio médico-paciente, generando profesionales que no solo actúen como militares que luchan contra la patología y la muerte, sino que sean hombres y mujeres gentiles, que acompañen la vida, aun cuando esta esté en jaque, dándoles humanidad a quienes están heridos.

Todos los profesionales de la salud debemos vernos reflejados en los pacientes. Ellos son nosotros, pero en otro momento de la vida. Es entonces cuando la práctica en salud pasa a ser una práctica de amor, y no solo una batalla contra un enemigo al que hay que derrotar.

Leé también “Lo que la medicina no me enseñó”

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