Última Edición

Sophia - Despliega el Alma

  • Seguinos

POR Virginia Gawel - Columnistas

5 octubre, 2017

El cerebro enamorado

Un recorrido científico para comprender la diferencia entre el amor y el enamoramiento, de la mano de una reflexión acerca de la necesidad de construir vínculos más reales, más profundos, una vez que las mariposas se nos vuelan del estómago.

¡Así habló del amor el poeta Lope de Vega, allá por el año… 1500! Díganme si en algo ha cambiado el abigarrado conjunto de sentires que el enamoramiento activa:

“Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe”.

Sus palabras son actualísimas, y se reeditan en cualquier cultura, en cualquier género, en cualquier tipo de inspiración amorosa: “quien lo probó lo sabe”.

Sin embargo, el gran Lope de Vega se equivocó. Eso no es amor, eso es enamoramiento. Y si hacía falta algo más que la Psicología para establecer esta diferencia, son justamente las Neurociencias las que nos dan pruebas empíricas de que esto es así.

→Inundación neuronal

Distintas investigaciones han demostrado que cuando quedamos prendados de alguien, nuestro cerebro segrega masivamente una gran cantidad de sustancias que producen un estado de éxtasis agudo, que llega de repente. Estudios realizados con imágenes de resonancia magnética funcional permiten ver que cuando una persona enamorada ve la foto del ser amado o escucha su nombre y la compara con un sujeto neutral, se le activan determinadas áreas del cerebro hoy claramente observables.

Ya en 2013 investigadores de la Universidad College de Londres captaron imágenes de cerebros enamorados y concluyeron que, ante la visión del ser amado, no solo se activan zonas del cerebro que también responden al estímulo de drogas sintéticas euforizantes, sino que las áreas encargadas de realizar juicios sociales y de evaluar más objetivamente al prójimo se inactivan, volviéndonos, en forma literal, afectivamente ciegos.

Comienza a dispararse un circuito que, por ser instintivo, tiene su propia lógica y una vertiginosa velocidad: allí intervienen más los ojos del hombre, los oídos de la mujer, y el olfato en ambos, en especial las feromonas, sustancias que diferentes animales secretan y que producen modificaciones en el sexo opuesto y tienen que ver con la atracción.

Las principales sustancias que se segregan en el estado de enamoramiento son la oxitocina, la norepinefrina y, sobre todo, la dopamina (neurotransmisores que nuestro cerebro utiliza constantemente en mayor y menor medida para hacer que nuestras neuronas se comuniquen entre sí). Su descarga intensa genera una notable disrupción en el equilibrio químico del sistema nervioso central (¡y, por ende, en nuestro ánimo!).

La oxitocina se segrega en momentos de intimidad en los que se establecen relaciones amistosas o de protección: algo tan simple como mirarse a los ojos durante unos cuantos segundos hace que los niveles de esta sustancia crezcan mucho. Esto ocurre incluso cuando miramos a los ojos a nuestro perro (¡y también suben los niveles de oxitocina del perro, lo cual es altamente saludable para ambos!). Lo mismo sucede en el contacto entre la madre y su bebé: mareas de oxitocina activan el instinto de pertenencia emocional.

Un dato curioso: la oxitocina también se segrega en altas dosis durante el orgasmo. Y cuando ésta se combina con los estrógenos (hormonas femeninas), la mujer se siente cariñosa y conversadora. Pero cuando se mezcla con la testosterona masculina, puede provocarle a él, en cambio, una necesidad incontenible de dormir.

La norepinefrina induce una excitación general: el corazón late más fuerte y la presión sanguínea aumenta. Por ello parece que se nos sale el corazón o nos sudan las manos cuando vemos a alguien por quien nos sentimos atraídos.

La dopamina es la que genera esa sensación de euforia propia del estado de enamoramiento. Su liberación en grandes cantidades nos llena de bienestar y hace que deseemos imperiosamente estar en contacto con quien activa ese sentir. Este efecto casi no tiene diferencia con el que distintas drogas tienen en el cerebro humano (particularmente la heroína). ¡E igual de penosa es la abstinencia cuando nos vemos privados del objeto de nuestra pasión! Hay una palabra que liga ambos estados: DEPENDENCIA. O sea, la sensación cabal de que no se puede ser feliz sin “eso” de lo cual se está careciendo.

Cuando nos enamoramos comenzamos a producir 7000 veces más dopamina que lo habitual y esta sustancia tiene la singularidad de alimentar la fantasía y la imaginación, por lo cual convertimos al otro en una pantalla en blanco donde proyectamos todo lo que queremos ver. Nos sentimos exaltados y en nuestro cerebro se bloquean la lógica y la razón. Creemos que nunca nadie sintió lo que estamos sintiendo y que, sin duda, hemos hallado a nuestra “alma gemela”.

La zona del cerebro donde estos fuegos artificiales acontecen es conocida como el área del sistema de recompensa: en el sistema límbico (la parte del cerebro que tenemos en común con los demás animales y que rige las emociones), se genera una memoria afectiva que hace que volvamos a buscar aquello que nos dio placer, un mecanismo necesario para el proceso de aprendizaje y evolución.

Este despliegue neuroquímico puede sostenerse generalmente entre seis meses y tres años. ¿Y después?

→El Amor después del amor

Por un lado, el contacto con la realidad ante el decrecimiento de la dopamina (y, con ella, de las proyecciones fantasiosas), suele hacer que comiencen a generar irritación características concretas de nuestra pareja. Allí se dará la necesidad de un verdadero trabajo de dos: pasado el enamoramiento, la construcción de un vínculo en el que primen más la oxitocina y la vasopresina que la dopamina. A estas dos hormonas se les considera las “hormonas de la satisfacción”, generando sensación de confianza, seguridad y estabilidad vincular. (Un dato interesante es que las personas que reportan insatisfacción en su relación de pareja, presentan niveles más bajos de oxitocina y vasopresina).

Hay quienes, sin embargo, padecen lo que Pía Melody llamó “adicción al amor”. En verdad, se trata más bien de una adicción al enamoramiento, por lo cual quien la padece no tolera la declinación de la dopamina en su sangre, efecto que se produce al haber “obtenido su objeto de amor” y concretado una pareja con él. Así, su fantasía busca una nueva pantalla en la que proyectar, un nuevo “proveedor de activación de dopamina”: en vez de un dealer externo que le venda heroína, se procura una nueva persona que le mueva “mariposas en el estómago”… Y así una tras otra hasta que, quizás, descubra el delicado aroma del amor en lugar del arrasador perfume del enamoramiento; la suave textura de la confianza en vez de la adrenalina de la incertidumbre; la honda lindura de la pertenencia en vez de las desestabilizantes sirenas del vacuo anhelo.

En el amor, madurar es pasar de los seudo-vínculos proyectivos (¡que todos vivenciamos y seguramente más de una vez!), a la posibilidad de experimentar un vínculo real que se convierta en camino: ambos transitando hacia una conciencia más amplia, más profunda. Un camino no sólo psicológico, sino también espiritual. Ambos aprendiendo cómo se construye, verdaderamente, el Amor. Así, sí, con mayúscula.

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

Comentarios ()