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Sophia - Despliega el Alma

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POR Virginia Gawel - Columnistas

24 agosto, 2017

El cansancio moral

¿Sentís que el mundo se ha vuelto inhabitable y ya nada vale la pena? Entonces, quizás necesites recuperar tu capacidad de alegría cuidándote de ciertos mensajes negativos que llegan a través de los medios, las charlas y las redes sociales.

Una escena de la película El Cartero: Neruda está en el exilio, en su casa de España. El Cartero le ha traído correspondencia: un hombre muy lúcido, aunque sin instrucción. Al dársela, le recita un verso del propio Neruda: “Sucede que a veces me canso de ser hombre”. Y luego le dice, conmovido: “A mí me pasa lo mismo, pero no sabía cómo decirlo”. Y si a ellos les pasaba, ¿por qué no a cualquiera de nosotros?

Hay un tipo de cansancio especial que adviene en la persona sensible al percibir la miseria generada por el humano: la injusticia, el maltrato a los débiles, la depredación del planeta, el hambre digitada por la codicia, la discriminación, la violencia, la corrupción, el terrorismo, las grietas instaladas para que cada pez gordo se coma a los más chicos… Y también mediocridades socialmente instaladas: la falta de solidaridad, la mentira, el aplauso a la vulgaridad, la transgresión impune…

¡Pero cuidado! Porque esto puede obrar como un virus psicológico peor que los que circulan por internet. Su nombre justo es cansancio moral. ¿Su accionar? Corroe la médula de la buena voluntad, nubla las pupilas oscureciendo la visión, genera sabor amargo en la boca y en el pecho la sensación de tener un agujero de lado a lado. Produce en el cerebro una visión selectiva de la realidad: como quien anda con un lápiz en la mano, el que lo padece va subrayando en su entorno todo lo que indique que el mundo se ha vuelto inhabitable, y siente que nada vale la pena. Finalmente, va necrosando la capacidad de alegría, hasta disecar el ánimo. Si la persona queda fatalmente infectada, se convierte en un embalsamado viviente: un trofeo más para los comerciantes de malicia.

Los comerciantes de malicia están por todas partes. No pertenecen a un solo partido político, sino que los hay en todos ellos (y en ninguno). Y los medios aprovechan un mecanismo arcaico que nuestro cerebro tiene: como animales que somos, tenemos el instinto de avisarnos unos a otros lo que puede ser peligroso (como lo hacen otras manadas de animales no-humanos). Ese mecanismo permite la supervivencia.

Sin embargo, en la vida cotidiana lo que sucede es que los medios reproducen hasta el infinito la noticia que amarga, que asusta, que impacta, porque el cerebro del consumidor (o sea, el nuestro) está predispuesto a escucharla compulsivamente, desde un dispositivo tan antiguo que escapa a su control: quiere saber. En la vida salvaje, ese “querer saber” es “quiero saber para salvar mi vida y la de mi manada”. En la vida cotidiana de la mayoría de nosotros, ese “querer saber” hace dupla con los temas que levantan el rating de los medios, de manera que nos las venden junto con la publicidad (que les deja pingües ganancias). Esto también implica que la buena noticia, los buenos gestos, la vida generosa que se expresa todo el tiempo, en todo el mundo, no se difunde, porque no es noticia.

Quien está en situación de cansancio moral debe cuidarse de esto como lo haría alguien con problemas cardíacos respecto de los alimentos altos en grasas. Enferman, intoxican… y matan.

El virus del cansancio moral se multiplica peligrosamente a partir de dos conductas que necesitamos observar:

→Si uno se intoxica con exceso de información: Al recibirla en demasía vamos socavando las reservas anímicas que nuestro Inconsciente tiene disponibles. Así como en una visualización o en una meditación guiada las imágenes bellas nos hacen segregar endorfinas (neurohormonas ligadas a lo placentero), la información también nos hace visualizar algo ante lo cual nuestro organismo no queda ajena. La expresión “hacerse mala sangre” aquí cuadra perfectamente: nos afecta de manera inconsciente y, biológicamente, nos hace segregar sustancias relacionadas al miedo, al enojo, a la impotencia. (Tan es así que hay personas adictas a la información, con crisis de abstinencia si no cuentan con ella, pues en realidad se han vuelto adictas a una composición química de su propia sangre: aquella que las imágenes y los datos perturbadores generan).

→Si uno se aísla de pares afines con valores altos: La información desmoralizante puede generarnos la ilusión de que “nada ni nadie en este mundo vale la pena”. Y eso conlleva una afirmación implícita, disculpen. La afirmación es “nadie tiene valores tan altos como yo”. ¡Ups! El mejor antídoto ante este error conceptual (que tanta soledad y dolor produce), es permanecer conectado a quienes siguen trabajando apasionada, honradamente en dejar el mundo un poco mejor que como lo encontraron −como decía Ralph Emerson−, ésos que persisten empeñosamente no sólo en su actitud de no estar del lado de los destructores, sino también de no permanecer pasivos. A veces son seres silenciosos, cuya tarea radica en anónimos gestos cotidianos de hermosura y honestidad. Otros emprenden acciones sociales promoviendo la dignidad, la justicia, la belleza. Eso es lo que nos salva de aquel “cansancio de ser hombre”… o mujer.

Así les cantó Silvio Rodríguez. Seamos parte de estas letras:

Menos mal que existen
los que no tienen nada que perder,
ni siquiera la muerte.

Menos mal que existen
los que no miden qué palabra echar,
ni siquiera la última.

Se arriman
a la noche y al día
y sudan
si hay calor, y si hay frío se mudan…
No esperan
echar sombra o raíces
pues viven
disparando contra cicatrices…
Escuchan,
se proyectan y lloran
debajo
de sus huellas, con tanto trabajo.
Se mueren
sin decir de qué muerte, sabiendo
que en la gloria también se está muerto.

Menos mal que existen,
menos mal que existen.
Menos mal que existen…
para hacernos.

Menos mal que existen
los que no tienen nada que perder,
ni siquiera la historia.

Menos mal que existen
los que no dejan de buscarse a sí,
ni siquiera en la muerte…
de buscarse
a sí.

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