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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Columnistas

10 diciembre, 2015

El Amor, al poder

Hoy comienza una nueva etapa institucional en la Argentina y el cambio que ya se observa a nivel político, sucedió antes en el alma de miles de argentinos. Es que el amor nos une y su poder es siempre revolucionario.

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Los últimos meses de 2015 han sido agotadores. Después de 12 años de gobierno, el kirchnerismo estaba llegando a su fin, no sin antes dar los últimos golpes de efecto. Muchos de los que vivimos el retorno a la democracia en 1983 hoy sentimos una sensación de liberación parecida, difícil de captar para los que no vivieron los años traumáticos de la dictadura. Es obvio que el kirchnerismo no puede equipararse con la dictadura militar y su brutal violación a los derechos humanos, pero no se puede negar que durante el régimen autoritario de los K hubo un flagrante atropello a los derechos civiles y a la República, y que los que no comulgaban con el poder fueron perseguidos, agredidos, amenazados y hasta silenciados, con una violencia inusitada que creíamos superada.

Y si bien durante los años setenta se pudo ocultar buena parte de los horrores que sucedían en el país, en la última década –gracias a algunos medios y a las redes sociales– eso ya no fue posible, por lo que la principal baja de este conflicto no fue ya la información sino la verdad. Con el uso de un enorme aparato de propaganda estatal, de infinitas cadenas nacionales de CFK y de “periodistas” militantes, se construyó un relato épico destinado a ocultar la verdad. Desde el poder se procedió a falsear los índices del Indec, encubrir a corruptos y narcotraficantes, embarrar las pruebas del magnicidio de Nisman y de la masacre de Once, horadar los organismos de control, esconder la pobreza, los muertos por desnutrición y por las inundaciones, con el trasfondo de una Justicia vapuleada para evitar transparentar todo el dinero que “desapareció” del Estado. Hoy tenemos a la familia presidencial y a empresarios amigos sospechados de lavar dinero, al vicepresidente procesado por maniobras fraudulentas, a varios ministros acusados de malversación de fondos y enriquecimiento ilícito, y al presidente del Banco Central y su directorio imputados por defraudación a la administración pública, lo que motivó un allanamiento judicial.

La Argentina es una mujer golpeada. Porque hay muchas formas de violencia y no solo la física o la verbal. Hacer desaparecer la verdad es una de ellas y de las más perversas, porque es invisible. Nos confunde porque ataca nuestra percepción. El psicópata, como lo demuestran innumerables testimonios de mujeres víctimas de la violencia de género, la golpea mientras, a la vez, simula amarla y la manipula con mentiras edulcoradas y con promesas, para aprovecharse de ella, que de hecho es su rehén por terror a las represalias si intentara liberarse. Salir de este círculo perverso no es fácil pero tampoco imposible. Todo tiene un límite y se llama “dignidad”. Es necesario vencer el miedo, dejar de negar para ver la realidad con toda la verdad, incluida aquella que nos duele y que nos interpela.

Grieta de valores

Por eso, durante la década K se abrió otra vez una división entre los argentinos, pero esta grieta es diferente a las anteriores porque es mucho más sutil. La sorpresa de estas elecciones ha sido comprobar –en especial en la provincia de Buenos Aires con el resonante triunfo de María Eugenia Vidal– que la remanida grieta no era una confrontación ideológica y política, como en los setenta, ni tampoco económica, como en los noventa. No era una grieta de ideas sino de valores. Lo que se discute es más profundo, son valores espirituales y republicanos a los que la enorme mayoría de los argentinos no estamos dispuestos a renunciar ni mucho menos a vender o negociar por doce cuotas: el respeto por los derechos humanos y cívicos (que incluye, por ejemplo, a los qom), la Justicia independiente, la libertad de expresión, el combate a la corrupción y al narcotráfico, la transparencia de los actos de gobierno, la honestidad.

Hoy la República se está poniendo de pie y se abre un nuevo tiempo porque también hay nuevos actores. Así como la dictadura nos dejó a toda una generación un apego incondicional a los valores democráticos, con la tremenda crisis de 2001 también comprendimos que no queremos vivir más en un país con una escandalosa pobreza como la que hoy padecen tantos millones de compatriotas. Y fue a partir de ese derrumbe social que miles de jóvenes se sumaron a trabajar de voluntarios en cientos de fundaciones como Cruzada Patagónica, Haciendo Camino, Un techo para mi país, Cimientos, Conin y tantas otras.

El testimonio de todos –que tantas veces compartimos en Sophia– es que ese encuentro espiritual con los más necesitados nos cambia la vida para siempre, porque nos cambia el alma. No hay vuelta atrás. Nunca más somos los mismos luego de haber visto y compartido el dolor ajeno, y de habernos conmovido y comprometido con nuestros prójimos. Cambia nuestra mirada, cambia nuestra conciencia. Por eso hoy, después de sucesivas crisis, la sociedad argentina le reclama al próximo gobierno un “combo” de valores cuyas banderas enarbolan los distintos partidos: la institucionalidad democrática del radicalismo, la gestión económica ordenada y sustentable de PRO pero también, y fundamentalmente, la justicia social y la equidad del peronismo y el socialismo. Hoy nuestros jóvenes, todos nacidos en democracia, saltan de la solidaridad a la política y, munidos de sus utopías y de las nuevas tecnologías, “van por todo”.

Son muchos los sociólogos y politólogos, nacionales y extranjeros, que resaltan ese enorme capital social que tenemos los argentinos y que ya constituye un rasgo distintivo de nuestro país. Frente a la confrontación y a la grieta, surge lo contrario, la “cultura del encuentro”, esa de la que tanto habla el papa Francisco.

El camino espiritual

Hacer confluir espacios políticos opuestos (o que parecían serlo) es una señal de madurez tanto de los dirigentes como del electorado que los votó, pero también es un signo de esa renovación generacional y de una mayor conciencia colectiva. El aluvión de nuevos intendentes y de jóvenes que se están acercando a la política es muy notable. Toda una evolución en la sociedad, que hace rato empezó a quitarse la venda de los ojos para dejar de pedir “que se vayan todos” y comprometerse. La Argentina ya cambió, ya estaba “cambiada” antes de las elecciones; por eso gana un frente electoral como Cambiemos.

El camino espiritual –o el proceso de individuación, como lo llama Jung– consiste en abrir nuestra conciencia a los llamados del alma (inconsciente), donde se manifiestan los opuestos a nuestras ideas racionales y que parecen amenazar al yo. Aun así, el alma nos convoca a perder el miedo a vincularnos con ese otro, a derribar las defensas y los prejuicios, porque de ese encuentro siempre surge un crecimiento de la conciencia. Pero Jung advierte que hay una condición para que se produzca la integración de los polos de la psique: debe haber una entrega consciente y voluntaria del yo. No se trata de una obligación moral ni una imposición exterior, sino que solo por amor hay que soltar el ego, “sacrificar” el yo, en el sentido etimológico de la palabra que es hacer sagrado, entregar a Dios. El cambio que hoy se observa a nivel político y electoral ya sucedió antes en el alma de miles de argentinos. El amor une. Porque si algo sabe hacer el alma es buscar el bien común y, con amor y creatividad, encontrar una solución superadora para integrar lo que estaba  rechazado. Jesús mismo lo dijo: “El Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lucas 19, 10).

Los millones de voluntarios que trabajan juntos en todo el mundo son signo de que, más allá de los profetas de la división y el odio, de los actos terroristas en Buenos Aires, París o Beirut, esa integración de la conciencia está sucediendo en la humanidad. La buena noticia y la paradoja es que ese sacrificio que hacemos por amor al prójimo es lo único que nos puede dar una experiencia del sentido de nuestra vida. Es esa vivencia espiritual de Dios la que nos sana y nos renueva, porque el poder del Amor es siempre revolucionario. Y el Amor en el poder, imparable.

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