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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Punto de Vista

14 julio, 2013

El Alma del mundo

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Confieso que me costaba escribir, y no porque no tuviera tema sino porque me era difícil encontrar el tono para que la columna llegara a cada una de ustedes armónicamente, pero también sintonizara con mi alma, con lo que siento, con lo que creo que debo decir.

Hace unos días recibí dos cartas con quejas sobre mi último Punto de vista. Una lectora se enojaba por haberse encontrado con una columna política: “Si quiero política, leo revistas especializadas, diarios etc. Sophia es una revista con notas desde el alma, que van desde vidas de personas interesantísimas hasta decoración, moda, etc., pero NO de política”. La otra lectora fue más drástica: no compraría más la revista porque “queriendo ser metafórico, el editorial en realidad era un palo al Gobierno”.

Escuché el mensaje. Pensé en escribir una respuesta personal a cada una explicando por qué yo consideraba que, además del alma, también era necesario incluir en Sophia una mirada política y cívica sobre la cosa pública, o sea, sobre el mundo exterior.

Mientras pensaba cómo transmitir esta necesidad de que nos involucremos con lo que pasa en el país, la vida misma me interrumpió con una bofetada en la cara y en el alma: ese mismo día apareció en una bolsa de residuos el cuerpo de Ángeles Rawson; ese día liberaron a los dos únicos detenidos por el caso Candela –la nena de 11 años violada y asesinada en 2011– y al día siguiente chocaron dos trenes del Sarmiento en Castelar, lo que dejó tres muertos y 315 heridos.

¿Necesitaba un mensaje más claro y contundente? Reconozco que sentí angustia, desamparo e impotencia, que con el correr de las horas se fueron transformando en algo muy cercano a la ira. ¿Podía yo escribir mi columna ignorando esta dura realidad? Como dice el libro del Eclesiastés: “Hay un tiempo para todo”, un tiempo para nacer y un tiempo para morir… para reír y para llorar… para callar y para hablar… Comprendí que mi tiempo había cambiado y no podía permanecer en el anterior. Como dijo el Mahatma Gandhi: “Mi compromiso es con la verdad y no con la coherencia”.

La década perversa

La muerte de Ángeles me recordó tantas otras muertes, casi como una macabra letanía del diablo. La inagotable lista de víctimas, mujeres y niñas violadas y/o asesinadas brutalmente: Lucila Yaconis, Rocío Barletta, Soledad Bragna, Candela Rodríguez… Sofía Herrera, la nenita desaparecida en Ushuaia… Wanda Tadei y todas las mujeres muertas o golpeadas o quemadas por sus parejas o familiares. A estas se les suman los miles de mujeres desaparecidas en las redes de la trata, como Marita Verón, hace ya diez años. Los datos de las ONG de la trata causan terror: para abastecer a los prostíbulos –un negocio que mueve sumas multimillonarias–, solo en los últimos dieciocho meses “se chuparon” (como trágicamente se decía en la última dictadura) ¡a setecientas mujeres!

No podemos seguir negando: es imposible hacer desaparecer a tantas personas sin la complicidad del Estado. Aquí hay todo un sistema perverso de empresarios de “whiskerías”, del juego clandestino y traficantes de droga que sobornan, pagan campañas electorales y compran impunidad. No necesitan ocultarse demasiado: cuentan con la protección de las mafias de narcos y de funcionarios estatales, policías, fiscales, jueces, intendentes, inspectores, legisladores y políticos en general, que además son clientes de los prostíbulos. Hoy es muy peligroso ser mujer en la Argentina, porque además de ser un país corrupto y con instituciones frágiles, es un país autoritario y machista, en lo privado y en lo público. Las mujeres somos objetos sexuales con valor comercial, esclavas de lujo propiedad de los varones; un bien que se compra y se vende, se somete, se explota y se consume, y llegado el momento, se elimina con violencia y se descarta en una bolsa de residuos. Como la carcasa de un pollo… como “un maniquí”…

Al cumplirse diez años de kirchnerismo, se insiste con el eslogan de la “década ganada”. Para Susana Trimarco, Carolina Píparo, Diana Cohen Agrest, para la mamá de María Cash, de Lucas Menghini Rey o de Matías Berardi y para tantas otras madres del dolor, del paco, de la trata, de las víctimas de la inseguridad y de las tragedias del Sarmiento, esta es una década trágica, además de perdida, porque en esta década perdieron lo mejor que tenían, a sus hijas y sus hijos, y todavía esperan justicia.

Según el diccionario de la Real Academia Española, “perverso” significa ‘sumamente malo, que causa daño intencionalmente; que corrompe las costumbres o el orden y el estado habitual de las cosas’. Para mí esta década ha sido perversa, en especial para las mujeres. Muchas perdieron a sus hijos y a sus maridos. Miles perdieron su dignidad, su libertad o su vida. La corrupción, además de matar, hace desaparecer personas. La Justicia no puede hacer nada: “si no hay cuerpo, no hay delito”. El perverso truco de los genocidas.

La cólera de las mujeres

Confieso que sentí ira. Pensé en cuántas jóvenes violadas, golpeadas, muertas o desaparecidas faltan para que despertemos y comprendamos el horror que están viviendo otras mujeres. Aunque no lleven pañuelos blancos en la cabeza, hay miles de madres argentinas pidiendo justicia. ¿Qué hace falta para que salgamos de ese lugar protegido de lo privado, lo pasivo, donde disfrutamos hablando del alma, del amor, la espiritualidad y hasta de Dios, para irrumpir con fuerza en el mundo exterior, ese que nos resulta tan hostil y violento, y que nos da tanto miedo que preferimos negarlo? Pensé que frente a la degradación y la injusticia que padecen los demás, más que compasión hace falta sentir cólera, desde el alma, porque enciende la energía que mueve a la resistencia y a la acción por la justicia.

Me acordé del mito griego de Démeter, la poderosa Madre divina, diosa de las estaciones y las cosechas, que frente al rapto de su hija Perséfone por parte de Hades, el dios de los muertos, descarga su ira cósmica y paraliza los frutos de la Tierra, condenando a toda la humanidad a morir de hambre: es el invierno. Solo así logra la intervención del propio dios Zeus y llega a un acuerdo para recuperar a su hija.

Las antiguas tradiciones religiosas (egipcias, persas) hablaban de dios con símbolos tanto femeninos como masculinos. También en el Antiguo Testamento, el espíritu de Dios se manifiesta en símbolos femeninos, en especial en la figura de la Sabiduría, hokmah en hebreo y sophia en griego. La hermana Elizabeth Johnson, prestigiosa teóloga feminista norteamericana, es clara al respecto: “La descripción bíblica de la Sabiduría es siempre femenina, con rasgos de hermana, madre, amante, cocinera y anfitriona, predicadora, jueza, liberadora, y un sinfín de roles femeninos mediante los cuales simboliza el poder trascendente que implanta orden y bienestar en el mundo”.1 Pero Johnson resalta también que la literatura sapiencial usa precisamente la imagen de la cólera divina en la figura femenina de Sophia y, luego de citar un pasaje bíblico, concluye:
“Sophia aquí representa simbólicamente a Dios como mujer furiosa que se manifiesta coléricamente en público al estilo de los profetas, con el fin de llamar a la conversión”.2 Para los cristianos, Jesucristo es la Sophia, la Sabiduría de Dios encarnada, que tiene el poder de renovar el mundo y que vino a liberarnos y a instaurar la justicia.

Frente a tantas aberraciones e injusticias, la cólera es un imperativo moral, tanto para las mujeres como para los varones. No hablo de la cólera destructiva que lleva a la violencia. Me refiero a la cólera justa, la que se indigna frente a un bien mancillado y nos hace trascender nuestra alma individual para habitar el Alma del mundo, el Anima mundi, también llamada por las tradiciones antiguas y medievales Alma universal, Alma de la naturaleza o, simplemente, Sophia.  

1 y 2 Elizabeth A. Johnson, La que es. El misterio de Dios en el discurso teológico feminista, Barcelona, Editorial Herder, 2002.

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