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POR Cristina Miguens - Columnistas

16 octubre, 2015

Día de la Madre. ¿Qué celebramos?

Un festejo que va más allá de homenajear a la mamá biológica. Porque el concepto de Maternidad abarca a todas las madres, propias y ajenas. Adoptivas y biológicas, tías, abuelas, hermanas mayores, madrinas, madres de amigas y amigas de la madre y tantas otras... Mujeres que asumieron el compromiso de cuidar.

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Debo reconocer que estaba especialmente sensible al tema de los niños desde mi visita al servicio de Neonatología de un prestigioso hospital de la Ciudad de Buenos Aires. Siempre es conmovedor caminar entre las incubadoras y ver a esos bebés luchando por sobrevivir, con sus madres al lado luchando a la par. Una joven mamá sostenía a un bebé mínimo, algo muy parecido a una ranita, lleno de cables y tubos por todos lados, y que cabía dentro de la mano de un adulto. Al nacer había pesado 800 gramos. Otra lo tenía apoyado sobre su pecho desnudo, contacto piel a piel, para mantenerle la temperatura: una “mamá canguro”.

Tal vez por eso la noticia que leí esa mañana en el diario me pegó más: una beba recién nacida, abandonada en la cucha de una perra y acurrucada junto a los seis cachorros. Por la tarde, la policía había encontrado a la madre, una adolescente de 14 años, que aparentemente la había dejado ahí. Para el sistema la “causa” fue caratulada como “abandono de persona”. No sé. Se me mezclaron todos los sentimientos. Bronca, angustia, impotencia, sensación de incoherencia, de absurdo. Tantos cuidados intensivos por un lado y tanto abandono por otro. Y, en los hechos, ¿quién abandonó primero?

Mujer y maternidad

Este mes vamos a celebrar otra vez el Día de la Madre. Confieso que cada año me cuesta más abrir regalos, recibir abrazos y felicitaciones, como si nada. Es que cada año tengo más claras las inconsistencias del sistema, o sea, las contradicciones entre el discurso y la realidad. ¿De qué “Madre” estamos hablando al celebrar y al publicitar los regalos? ¿Incluimos a todas aquellas que son madres-niñas, madres a la fuerza, madres por violadas, madres solas además de solteras, madres que abandonan a sus bebés en una cucha de perro, por falta de contención? ¿Y también a las madres desnutridas cuyos bebes nacen ya con deficiencias o que se mueren por “causas evitables”? ¿Y a las madres de los niños enfermos, que deambulan por los hospitales esperando algún tratamiento, cuando no durmiendo meses en los pasillos? ¿Incluimos a las madres que se cansaron de perseguir a los padres de las criaturas para recibir la cuota de alimentos que les corresponde por ley? ¿Y a las que son discriminadas en sus trabajos porque están en edad de criar hijos? ¿Y a aquellas cuyas hijas-niñas están desaparecidas (en democracia) en las redes de la prostitución y peregrinan por los juzgados y las comisarías sin obtener respuestas?

Celebrar el Día de la Madre para mí va mucho más allá de homenajear a la mamá biológica de cada uno. Es el concepto mismo de Maternidad lo que está implícito, que abarca a todas las madres, así como a las madres adoptivas, tías, abuelas, hermanas mayores, madrinas, madres de amigas y amigas de la madre. También, a empleadas, maestras o monjas, que tantas veces han ocupado ese lugar en nuestra vida sin ser nuestras madres biológicas y a quienes recordamos y homenajeamos ese día por igual.

Para mí celebrar la Maternidad es celebrar esa capacidad casi innata de la mayoría de las mujeres de cuidar, de proteger. Cuidar a sus hijos, a los ajenos, a los niños en general, a los huérfanos, a los enfermos, pero también a los ancianos, a los hambrientos, a las embarazadas y las puérperas, a los heridos de guerra, a los discapacitados… Estoy convencida de que cuidar está en la esencia femenina. Donde hay dolor y necesidad, hay mujeres, pero muy especialmente si hay niños involucrados. Por eso, celebrar mi maternidad personal mientras tantas otras maternidades en la Argentina están siendo descuidadas me parece mezquino y parcial: ser madre de verdad implica también cuidar a esas otras madres.

Un nuevo orden

Pero no me sorprende este maltrato a la Maternidad. Jesús fue claro al anunciar las señales del fin de los tiempos y del advenimiento de un nuevo orden social, muchas de las cuales se pueden leer todos los días en los diarios. E incluyó esta terrible premonición: “Ay de las que estén embarazadas o criando en aquellos días” (Mateo 24, 19).

Lo compruebo todos los días. En nuestro país –y en muchas partes del mundo–, las embarazadas y los niños de hoy siguen siendo los principales marginados, cuando no maltratados, de la sociedad, fruto de una cultura masculina –legislación, medios y publicidad– que desprecia, explícita o implícitamente, el cuidado de los niños y de sus jóvenes madres. ¿Ejemplos? Cinco abusos sexuales de menores por día en Capital y el conurbano. Los violadores reincidentes andan sueltos y las madres adolescentes, sumariadas por abandono de persona, mientras la ley de creación de un banco de ADN (de sangre y semen) para el registro de violadores recién comienza a tratarse -hasta hace poco dormía en los cajones de los legisladores-, y avanza el lobby para legalizar el aborto. El embarazo adolescente crece y la ley de educación sexual sigue sin reglamentarse. La pornografía y la violencia campean alegremente en el horario de protección al menor, ante la complicidad impotente del COMFER.

Jesús anuncia el reino de Dios a los marginados de la sociedad en general y a las mujeres y los niños en particular. Porque en el judaísmo de aquel tiempo, la mujer por su biología era considerada social y religiosamente inferior, por no ser circuncisa, el signo de la alianza. Jesús, con su trato, revalorizó a las mujeres y tuvo una especial predilección por los niños, en tiempos en que la palabra “infancia” aún no había sido acuñada.

Como dice el sacerdote español José Antonio Pagola, el reino de Dios consiste en “una comunidad donde hay mujeres y varones que, al estilo de Jesús, saben abrazar, bendecir y cuidar a los más débiles. En el reino de Dios, la vida se difunde no desde la imposición de los grandes, sino desde la acogida a los pequeños. Donde estos se convierten en el centro de la vida, ahí está llegando el reino de Dios. Ésta fue, probablemente, una de las grandes intuiciones de Jesús. (1)

Me viene a la memoria algo que vi una vez en Finlandia. La escalera de un edificio público tenía dos barandas paralelas: una bien bajita y más finita era para los niños. Todo un símbolo del lugar que ocupa la Infancia para ellos. Definitivamente, la Argentina es un país que no cuida ni a las mujeres ni a los niños. No existe una política oficial de protección materno-infantil. Pero tampoco la sociedad les da un lugar de privilegio en su cabeza a los niños. Creo que nosotras, las que hemos tenido una infancia más protegida, y que vivimos nuestra maternidad en mejores condiciones, deberíamos ser las primeras en hacernos solidarias con todas esas madres vulnerables y abandonadas por la sociedad, para quienes la maternidad dista mucho de ser una situación tan feliz como la nuestra. Un paso decisivo sería la creación del cargo de “Defensor de la Infancia” (o Defensora, claro), tal como ya lo han hecho varios países desarrollados. El reino de Dios, ese nuevo orden de amor y justicia que anuncia Jesús, exige cuidar a los niños primero. No puede haber otra prioridad. Y para ello, inexorablemente, tenemos que cuidar, proteger y sostener a todas las madres, para que ellas puedan cuidar y criar a sus hijos dignamente en vez de abandonarlos en la cucha de una perra. Hagámonos cargo de nuestra parte. Porque si nosotras, como sociedad, las abandonamos a ellas, ¿qué Maternidad celebramos realmente en el día de la Madre?

(1) José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica, Editorial PPC.

Publicada el 6 de octubre de 2008.

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