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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Punto de Vista

14 agosto, 2013

Del error a la libertad

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Ver crecer a mis hijos y ahora a mis nietos –en especial durante los primeros años– me ha producido siempre no solo mucha ternura sino también una genuina fascinación. Me sigue pareciendo algo mágico que ese paquetito que uno trae en sus brazos al salir de la Maternidad y que solo toma leche y duerme todo el día, a los pocos meses ya muestre tan claramente su personalidad. Todo lo que hacen y dicen los bebés y los niños siempre me pareció insólito, original, porque ellos no saben de reglas, de miedos ni de obediencia, mucho menos de ética o de ideologías: la vida es solo un permanente experimentar con la realidad.

Por eso, en estos momentos, la que concentra mi atención es mi nieta menor, Elisa, de un año y medio, que desde hace ya un tiempo ejercita su incipiente Yo diciendo “no” –más precisamente “na”– mientras sonríe con picardía y gira la cabeza de un lado a otro. Es bien evidente que ella disfruta de esta autoafirmación, de esta capacidad de enfrentar y desafiar a los demás. Algunas veces, después de una negociación, ella cambia de opinión, pero otras el “no” se sostiene con una celosa coherencia. Un buen ejemplo son los dulces. Le ofrecí todas las golosinas del kiosco intentando encontrar una que le gustara y fracasé una y otra vez: ella se tienta, la prueba con curiosidad y la escupe con su consabido “na”. Eso sí, mientras tanto se abalanza sobre cualquier forma de queso, jamón o cosa salada que le pongan a su alcance. Y su juicio es inapelable.

Según la psicología moderna, en los bebés el “no” es un organizador mental primario. Cuando empiezan a gatear, a tocar todo y a llevárselo a la boca, escuchan todo el día la palabra “no” porque es la forma que tienen los adultos de cuidarlos: “no” al enchufe, al cuchillo, al cable de la lámpara, a la estufa. Por eso, una de las primeras palabras que ellos aprenden a decir es “no”. Al principio se trata de algo puramente repetitivo, pero a medida que avanza el desarrollo, ese “no” es discriminativo y responde a una elección precisa. Tan pronto el Yo puede manifestarse, aparece su deseo de diferenciarse –de la madre y del entorno– y exhibe signos de una voluntad propia que se rebela y elige. Desde que pude observar esto en mis hijos, sigo fascinada disfrutando el mismo espectáculo: la rebelión y el rechazo con los que un bebé muestra el deseo más genuino de todo ser humano, que es la libertad de elegir. No encontré nunca rastros de odio en esos rechazos (como sostienen algunos) sino el famoso “libre albedrío” en su forma más rudimentaria. El “paquetito” opina, discierne y elige.

La libertad interior

Estaba sumida en estas meditaciones sobre el misterio de la libertad del ser humano cuando irrumpieron en los medios las figuras de dos líderes cuyo testimonio de vida es contundente a la hora de reflexionar sobre este tema, ya que ambos padecieron muchos años de cárcel antes de ser liberados.

Uno es el sudafricano Nelson Mandela, quien en 1952 lideró una campaña de desobediencia civil contra la política de segregación racial impuesta en su país. En 1962 fue condenado a cadena perpetua, acusado de sabotaje y terrorismo, y recluido en una prisión donde pasó diecisiete años (de los veintisiete totales) casi aislado: solo podía recibir una visita y una carta cada seis meses. Aun así, en 1985 se negó a negociar su liberación a cambio de renunciar a su lucha por los derechos civiles. Luego de fuertes presiones internacionales Mandela fue liberado en 1990 por el entonces presidente De Klerck, con quien negoció hasta conseguir una verdadera democracia multirracial en 1994. Ese año ganó las elecciones presidenciales de Sudáfrica acompañado por De Klerck como vicepresidente y bregando siempre por la reconciliación nacional, lo que les valió el Premio Nobel de la Paz en 1993. Hasta el día de hoy, cuando su salud está muy comprometida, mantiene intacto el respeto de la comunidad mundial y el amor de su pueblo.

La otra figura es la del cardenal Francisco Javier Nguyen Van Thuan, héroe del catolicismo vietnamita, cuyo proceso de beatificación lleva adelante por estos días el papa Francisco. En 1975, cuando era obispo de Saigón, fue arrestado por el gobierno de Vietnam, acusado de complotar con el Vaticano y el imperialismo contra el régimen comunista. Estuvo detenido trece años, nueve de ellos en el más absoluto aislamiento. Durante ese tiempo escribió cartas y libros de espiritualidad, celebró misa consagrando una miga de pan y unas gotas de vino y agua en la palma de su mano, y llegó a convertir a varios de sus carceleros. Jamás perdió la fe ni la paz interior, sino que agradeció a Dios por la prueba que tuvo que atravesar. Desde la cárcel escribió:

“Pienso que debo vivir cada día, cada minuto, como el último de mi vida. Dejar todo lo que es accesorio, concentrarme solo en lo esencial. (…)  tengo miedo de perder un segundo viviendo sin sentido… Pero en este mar de extrema amargura, me siento más libre que nunca”.

En los dos casos (y en tantos otros, como el de Pepe Mujica), al recuperar la libertad, ninguno de ellos mostró signos de odio ni de resentimiento por sus carceleros ni por sus “enemigos” políticos, sino de reconciliación y perdón. Los largos años privados de la libertad exterior no pudieron coartar su libertad interior. Al contrario, vivieron experiencias clave para el desarrollo de su liderazgo político o espiritual. El alma es un espíritu libre que solo puede ser encadenada por el error.

La verdad nos hace libres

Este año en la Argentina hay dos elecciones legislativas: primarias en agosto y generales en octubre. O sea, estamos frente a una nueva oportunidad de elegir. Por eso creo que tiene sentido reflexionar sobre nuestra libertad. No solo acerca de la libertad exterior (los comicios en sí) sino la interior, aquella que no puede ser manipulada desde afuera con propagandas ni ideologías, ni coartada con amenazas ni con miedo, ni sobornada con dinero o con promesas, ni reprimida con poder alguno. Tampoco un espíritu libre puede ser movido por el odio porque el odio es una forma de ceguera y de esclavitud. El odio es, por sobre todas las cosas, un error. El que odia a su hermano vive y anda en la oscuridad, y no sabe a dónde va, porque la oscuridad lo ha vuelto ciego (1 Jn 2, 9-10).

Recordé a mi nieta y su despliegue de autonomía, su libertad de espíritu: ella es insobornable con palabras o con relatos, porque no los entiende. Ella solo mira la realidad, experimenta, prueba, discierne –si es dulce o salado–, y solo entonces decide si acepta o escupe. La respuesta que guía su decisión es la “correcta” porque no surge de ningún razonamiento sino de la realidad misma. Esa es “su” verdad, la de ella. Así son los niños. No hay mentira, ni error, ni especulación, ni odio en ellos, solo la pura y simple libertad. No se equivocan porque ellos no piensan, no “saben” nada, no tienen “ideas” ni prejuicios ni fanatismos: a cambio de toda esa ignorancia, tienen la verdad de la vida que los guía.

Cuando Jesús estaba a punto de partir prometió enviarnos su Espíritu: “Conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8, 32). Raimon Panikkar, el brillante teólogo y filósofo español, al referirse a ese Espíritu de Verdad explicita las palabras griegas que utiliza el evangelista: no se trata de una verdad intelectual, de un postulado, sino de la verdad completa de la vida misma. “El Espíritu no nos hace omniscientes, sino verdaderos. (…) Recordemos que la verdad de la que habla Jesús no es una adecuación de un intelecto abstracto con una idea, sino una equiparación con el orden de la realidad”.1

En estas elecciones podemos elegir de otra manera: votar con nuestros valores apelando más que nunca a nuestra libertad interior. Mirar la realidad sin engañarnos, sin dejarnos manipular –ni para un lado ni para el otro– por miedos y odios, sin interponer razonamientos o explicaciones que justifican aquello que va contra nuestra percepción más profunda. Votar como votaría Elisa, con el alma, que solo entiende la verdad de la vida.

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