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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Columnistas

21 marzo, 2016

Del caos al cosmos

De nuestra edición impresa, compartimos la nueva columna de Cristina Miguens. Una historia muy personal acerca del valor del "abuelazgo" como una forma de cuidar, no solo de los nietos propios, sino de la humanidad entera. Desorden, movimiento y, por fin, la posibilidad de saltar la grieta.

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Este verano quedará en mi memoria como el comienzo de una nueva etapa en mi vida. Fue “el verano de los nietos”. Aunque soy abuela desde hace mucho tiempo, por primera vez pasé dos semanas con mis nietos de 6, 4 y 2 años, lo que me permitió largas horas a solas con ellos compartiendo juegos, juntando frutillas, sacando yuyos… Inolvidable la pregunta del mayor, después de varios días de estar observando una pareja de teros turnándose para empollar los huevos en su nido al borde del lago: “Babu, ¿y dónde están los abuelos de los teritos que van a nacer?”. Mateo con esa sola frase me recordó la “abuelidad universal”. Los abuelos no pueden faltar en su cosmovisión.

Además, hace unos días nació otro nieto y viene uno más en camino. Partos, ecografías, cunas, cochecitos… todo me hizo revivir mis maternidades. Que los hijos lleguen a ser padres es una señal de cambio generacional muy fuerte: la maternidad se puede dar por bien concluida y cerrada con moño. Como además se junta con la edad jubilatoria, formalmente es como otro pase a retiro. Por eso tal vez este verano la idea de la muerte me anduvo rondando a la par de tanta vida que surgía a mi alrededor; tenía claro que un ciclo se estaba cerrando.

Simultáneamente, también en el país hubo un cambio importante, que se parece mucho a un cambio de época. Asumió un nuevo gobierno que se perfila como distinto a los conocidos desde el regreso de la democracia y que no parece fácil de catalogar. Es novedoso en varios aspectos y no solo en el estilo de conducción: hay mucha gente joven, con una mística propia, con poca o nula trayectoria en los partidos políticos tradicionales, muchos provenientes de empresas privadas y de ONG, que ponen énfasis en el uso de las nuevas tecnologías como las herramientas del siglo XXI, que prometen menos épica y más gestión, y que declaran a la pobreza y la corrupción como sus únicos enemigos. Después de tantos años de confrontación y de grieta, el gobierno busca promover el diálogo, evitar los cambios bruscos; apunta a la evolución más que a ninguna utópica “revolución”. Hay algo viejo que se está muriendo en la Argentina y algo nuevo luchando por asomar la cabeza.

Un mito cosmogónico

Con esta extraña sensación de estar frente a algo nuevo e inmersa en el clima mitológico de esta edición de Sophia, recurrí a los mitos en busca de orientación, en este caso los creacionales o cosmogónicos. Muchas de estas antiguas leyendas explican la Creación del mundo como una intervención sobrenatural a partir de un caos inicial que por sucesivas separaciones da origen al cosmos, el universo ordenado que conocemos. En mi búsqueda sobre caos y cosmos, encontré un texto que Jorge Luis Borges publicó en Clarín a fines de 1983, “El último domingo de octubre”. Con Raúl Alfonsín el país estrenaba una nueva democracia. Borges tenía entonces 84 años pero tuvo la lucidez de percibir el cambio sideral que habíamos logrado como sociedad y asemejarlo con un mito de creación, el paso del caos al cosmos. Borges no puede ser editado, va completo:

Escribí alguna vez que la democracia es un abuso de la estadística; yo he recordado muchas veces aquel
dictamen de Carlyle, que la definió como el caos provisto de urnas electorales. El 30 de octubre de 1983, la democracia argentina me ha refutado espléndidamente.

Espléndida y asombrosamente. Mi Utopía sigue siendo el país o todo el planeta, sin Estado o con un mínimo de Estado, pero entiendo no sin tristeza que esa utopía es prematura y que todavía nos faltan algunos siglos. Cuando cada hombre sea justo, podremos prescindir de la Justicia, de los Códigos y de los gobiernos. Pero ahora son males necesarios. Es casi una blasfemia pensar que lo que nos dio aquella fecha es la victoria de un partido y la derrota de otro. Nos enfrentaba un caos que, aquel día, tomó la decisión de ser un cosmos. Lo que fue una agonía puede ser una resurrección. La clara luz de la vigilia nos encandila un poco. Nadie ignora las formas que asumió esa pesadilla obstinada. El horror público de las bombas, el horror clandestino de los secuestros, de las torturas y de las muertes, la ruina ética y económica, la corrupción, el hábito de la deshonra, las bravatas, la más misteriosa, ya que no la más larga, de las guerras que registra la historia. Sé harto bien que este catálogo es incompleto. Tantos años de iniquidad o de complacencia nos han manchado a todos. Tenemos que desandar un largo camino. Nuestra esperanza no debe ser impaciente. Son muchos e intrincados los problemas que un gobierno puede ser incapaz de resolver. Nos enfrentan arduas empresas y duros tiempos. Asistiremos, increíblemente, a un extraño espectáculo. El de un gobierno que condesciende al diálogo, que puede confesar que se ha equivocado, que prefiere la razón a la interjección, los argumentos a la mera amenaza. Habrá una oposición. Renacerá en esta república esa olvidada disciplina, la lógica. No estaremos a la merced de una bruma de generales.

La esperanza, que era casi imposible hace días, es ahora nuestro venturoso deber. Es un acto de fe que puede justificarnos. Si cada uno de nosotros obra éticamente, contribuiremos a la salvación de la patria.

La última grieta

Otra vez volví tres décadas atrás, justo cuando desplegaba mi maternidad. Mis hijos nacieron entre el 82 y el 86: ecografías, bombas, pañales, Malvinas, lactancias, Conadep, cunitas, alzamientos de carapintadas… También entonces vivimos una profunda grieta en el país, entre los que avalaban la violencia y los que no.

Me dolió leer el texto de Borges. Salvo por las referencias trágicas al horror de las bombas, torturas, secuestros y muertes, el espíritu del caos de aquella “pesadilla obstinada” que describe me hizo pensar en lo que vivimos en estos últimos años, cuando también imperaron “la ruina ética y económica, la corrupción, el hábito de la deshonra, las bravatas”. Sin duda este fue un espíritu diferente, pero también bélico, de confrontación y de lucha, más sutil, más solapado, con otras armas y otras bajas. No podemos pasar por alto que aún falta esclarecer el magnicidio de Nisman, el paradero de Julio López y el de tantas mujeres desaparecidas en las redes de la trata, los muertos por desnutrición infantil y los crímenes de la corrupción, que también mata.

Para los mapuches, los abuelos son una fuente de sabiduría, una referencia obligada en la cosmovisión indígena. Los consultan cuando deben tomar decisiones y no solo se dejan guiar por ellos, sino que se sienten amparados por esa sabiduría. Borges podría haber sido mi abuelo. Su fantasía de que el país estaba pasando del caos al cosmos se cumplió pero solo en parte: pasamos de la dictadura a la democracia –una democracia aún muy vulnerable–; falta llegar a la república y la justicia.

Para algunos expertos la palabra “caos” en el lenguaje mitológico es literalmente la hendidura o resquicio situado entre el cielo y la tierra, una grieta. Eso me hizo pensar que los argentinos estamos otra vez ante una grieta de valores. Pero esa grieta puede ser la última grieta ¨creativa¨ porque no es política, ni ideológica: es ética. Lo que se separa es el error. Lo que se busca es el imperio de la verdad sobre la mentira y de la justicia sobre la corrupción, ambos pilares indispensables para la vigencia de los derechos humanos en una república. La tarea que tenemos pendiente hoy, como hace treinta años, es ante todo espiritual: unir a los argentinos que compartimos estos valores.

Desde mi flamante estado de “abuelidad” quiero recuperar el consejo que otro “abuelo”, Borges, nos dio a todos los argentinos en 1983 y que mi generación no supo escuchar cabalmente. Va de nuevo:

“Si cada uno de nosotros obra éticamente, contribuiremos a la salvación de la patria”.

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