Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - Columnistas

18 junio, 2019

De éxitos y fracasos: la ecuanimidad como remedio

Tentados por las mieles de la arrogancia, muchas veces transitamos un vaivén de emociones que nos llevan por caminos equivocados... Hoy Virginia nos invita a dejar atrás la bipolaridad éxito-fracaso, para florecer unos con otros.

Foto: Nicollazzi Xiong.

Cierro los ojos y estoy viéndolo con total claridad: el único rincón de mi cuarto en el que mis padres me permitían colgar posters y pegar fotos; o sea, en el reverso de la puerta…  Se trata de un pequeño afiche que contiene el poema Rudyard Kipling: “Si…”. Yo aún no lo sabía, pero en él estaba codificado todo lo que luego regiría mi vida. Uno de los versos que nunca olvidé decía:

“Si puedes encontrarte con el éxito y el fracaso,

y tratar a esos dos impostores de la misma manera…”

Había un misterio que todavía no alcanzaba a descifrar. Ahora que pasé la mitad de la vida, creo haber hallado la llave para su cerrojo. He visto hombres, mujeres y niños derrumbarse tanto por el éxito como por el fracaso. En más de 30 años como psicoterapeuta los he acompañado a llorar lágrimas de sangre, porque aún en el éxito estaba la amargura de la crítica ajena, así como el miedo a la pérdida de lo logrado; o porque en el fracaso latía lo que más hace sentirse disminuido al ser humano: la mirada de los demás.

Viéndolo en otros, lo he visto en mí. Viéndolo en mí, pude verlo en los otros. Nos hemos enseñado recíprocamente, mis pacientes y yo, a buscar en la hondura más honda para hallar ese punto desde el cual “tratar al éxito y el fracaso de la misma manera”. Y no olvidar que son eso: dos grandes impostores.

En Oriente se ha descrito esa virtud con énfasis (énfasis que muy bien conocía Kipling, nacido en India). En nuestro idioma podríamos llamarle simplemente ecuanimidad, palabra que nos viene del latín: “ánimo igual”. Pero “ánimo igual” no significa permanecer impávidos, yertos, faltos de pasión ante la vida. ¡Todo lo contrario! Pues la ecuanimidad nos da descanso de esos miedos y dolores inútiles, para lanzarnos hacia el vivir autoliberados, con una pasión que nace del espíritu y no del ego.

La ecuanimidad es el remedio para la bipolaridad éxito-fracaso.

Tal vez nos lo aclare mejor la Psicología Budista, que la definiría más o menos así: “La ecuanimidad hace posible encarar la vida con todas sus vicisitudes en calma y tranquilidad sin perturbar la mente.” “Virginia… ¡pero es difícil!”, quizás me digas. Y te respondería con cariño, corrigiéndote como me ha corregido mi ahijada, Melisa, que es Budista y vive en India: “Es mejor pensar que es desafiante, más que difícil”. ¡Sí! Ya lo aprendí.

Volviendo a la raíz de las palabras, “éxito” refiere a “salida”. ¿Salida de qué? ¿Del estado anterior que teníamos? ¿Del promedio acerca del cual nos querríamos destacar? Cuando ponemos demasiado énfasis en el éxito, más terror le tenemos al fracaso. ¿Y la palabra “fracaso”? Cuando pienso en su raíz, me imagino estirando mi largo brazo hacia el techo con un huevo de Pascua en la mano, y desde allí soltándolo para que impacte contra el suelo, saltando en cien pedazos. Ésa es la etimología de la palabra “fracaso”. Como “fragmento”: roto, hecho añicos.

Foto: Viktoria Goda.

¿Cómo aprender a ser ecuánimes?

La Naturaleza demoró millones de años para llegar a diseñar la preciosura que es un cerebro humano. Aún, como especie, estamos en la infancia, muy poco evolucionados. Por eso todavía nos debatimos entre el fracaso y el éxito (“esos dos grandes impostores”)… ¡como si fuera entre la vida y la muerte!

Temblamos ante el descrédito y varios “like” en las redes sociales nos “levantan la moral” (¿qué moral?). Lo bueno es esto: puedo elegir ser parte de la bandada que se mata a picotazos entre los restos del basural… o aprender de esas otras gaviotas que dan la vida para, simplemente, saber Volar (así, con mayúsculas).

A esas personas las conozco muy bien: realizando asombrosas obras en esta vida (por los animales, por los niños, por el arte, por los refugiados, o por cosas tan sencillas como cuidar a un desconocido que se ha extraviado y tiene miedo). Ninguna de ellas funciona empujada por el émbolo del deseo de éxito o del temor al fracaso. Simplemente hicieron. Simplemente hacen. Simplemente harán.

Por favor, por favor: sé uno de ellos. Tal vez ya lo seas y formes parte de mis consuelos cotidianos, cuando veo el mundo manejado por los avariciosos del éxito y temerosos del fracaso. Esta gente en cambio se encoge de hombros ante el juicio de los demás. Su vara no está en el público de sus vidas. Cuando el propósito va bien, celebran sin ensoberbecerse. Cuando el propósito fracasa, ellos mismos juntan sus pedazos, los sueldan con el plasma de sus propias arteria, y vuelven a empezar.

Los ecuánimes saben de la trampa de la arrogancia (que, como la palabra lo dice, significa “arrogarse más de lo que uno es, o lo que uno ni siquiera es en absoluto”). Saben de la trampa del apocarse (que es “volverse poco”: nadita, menos que mínimo).

Ni el arrogante ni el apocado mejoran al mundo.

Para eso hace falta gente espléndidamente ecuánime. Esa gente sencilla que puede estar encumbrada pero nunca deja de ser sencilla. Esa gente magnífica que puede vivir en la calle, pero su espíritu ejerce un señorío impecable. Esa gente está totalmente presente. Y Kipling también lo dijo así:

“Si puedes llenar el minuto inolvidable

con un recorrido de sesenta valiosos segundos”

Quiero darte mis minutos, segundo a segundo, sin que falte ni uno de ellos. Te recibo los tuyos, segundo a segundo, sin que falte uno de ellos. Así podremos ayudarnos a florecer unos a otros, cada uno a su tiempo, para que esta Tierra vuelva a ser el Jardín que nunca debió dejar de ser.

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En el video te comparto un breve “sentipensar” sobre este tema, y te invito a expresarte más abajo, en esta página: ¿En qué se relacionan estas palabras con tu propia vida? Si pudieras agregarle un párrafo al texto, ¿qué te gustaría decir? ¡Estaré aquí, escuchándote!

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