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Sophia - Despliega el Alma

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POR Virginia Gawel - Columnistas

14 junio, 2018

Cuando siempre mordemos el mismo anzuelo

Para ampliar nuestra consciencia necesitamos liberarnos de las falsas carnadas que tantas veces nos encandilan y no sabemos cómo soltar. Desde la Psicología Budista se lo conoce como "Síndrome de Shenpa". ¿Querés saber de qué se trata?

En verdad, no se trata solamente de que mordamos el anzuelo: se trata de que cuanto más luchamos contra ese anzuelo más nos ensartamos en él.

Tengo la imagen de mi infancia bien temprana, cuando con mi hermano mayor íbamos a pescar: el pobre pescado no sólo tratando de respirar lo irrespirable para sus branquias, sino debatiéndose espasmódicamente en el piso, y el anzuelo saliendo por entre sus escamas, totalmente ensartado, más y más con cada movimiento. Luego era morir… o bien contar con la “piedad” del pescador que volviera a arrojarlo al agua otra vez. Pero el pez que ya nunca sería el mismo: llevaría por siempre una cicatriz en su mejilla (si es que lograra sobrevivir). Y la pregunta: ¿mordería otro anzuelo nuevamente e inclusive, al poco rato, el anzuelo del mismo pescador? ¿O habría aprendido de su experiencia?

En la Psicología del Budismo Tibetano (cargado de enseñanzas extraordinarias), desde su idioma originario “shenpa” señala tanto a ese objeto que nosotros llamamos “anzuelo”, como a la situación de apego en la que nos aferramos empecinadamente a algo que no sabemos cómo soltar (y mientras tanto más y más nos ensartamos, nos herimos con ello, nos asfixiamos…).

Leé también “El Síndrome Shenpa: soltar, morir, renacer” haciendo clic acá.

A esta circunstancia Pema Chödrön la llamó, directamente, “sindrome Senpa”. Y es justamente esa dolorosa situación de apego la que podrá −si la tomamos como ocasión maestra− ampliar nuestra conciencia hacia una vida más sabia.

Cada uno de nosotros tiene sus anzuelos preferidos para morder. Cada uno de nosotros, en esta escuela que es la vida, aprenderá (o no) de esa experiencia, que se repetirá tantas veces como sea necesario hasta que nos volvamos astutamente lúcidos.

Mira tu mejilla de pez. Mira la mía. Aquí están nuestras cicatrices. Benditas sean, pues, si todo fue bien, trajeron conocimiento y modestia. Este pez que somos ya no será pescado por ese anzuelo. Hasta que se vuelva tan sabio que ningún otro anzuelo lo encandile con ilusorias carnadas.

Y entonces andará, silenciosamente, por el mar o por el río, un luminoso, alegre y libre pez despierto, que quizás con su libertad advierta a otros peces: “No lo muerdas: es una trampa”.

“Es justamente esa dolorosa situación de apego la que podrá −si la tomamos como ocasión maestra− ampliar nuestra consciencia hacia una vida más sabia”.

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