Sophia - Despliega el Alma

POR Florencia Salort - Columnistas

5 abril, 2018

Cuando las etiquetas nos limitan

Estamos influenciados por todo eso que nos dijeron que estaba bien o no hacer y así fuimos construyendo afirmaciones que nos acompañan desde que somos chicos. "Soy malhumorada" o "soy torpe", solemos escuchar por ahí. ¿Cómo hacer para que esas creencias no nos limiten?

Cuántas veces nos decimos y les decimos a los demás: “Soy vergonzosa”; “No puedo”; “No soy buena en los deportes”; “No sé cocinar”; “Nunca me atreví a trabajar en otra cosa”; “Soy conservadora”; “Soy miedosa”; “No soy graciosa”. Se entiende a qué me refiero: a eso de contar siempre el mismo cuento de  “Soy torpe” y bla, blá, blá.

Cuando transitamos el camino de la vida nos etiquetamos y nos etiquetan, de manera que nos rotulamos y nos definimos en quiénes y cómo somos; en qué debemos ser o hacer. Y los “siempre” o los “nunca” pasan a formar parte de nuestra descripción cuando hablamos de nosotros. Los damos por cierto, nos sentenciamos. Pareciera que eso que decimos resulta inamovible. Los no debo, no quiero, no puedo, yo soy son creencias que nos limitan. Sí, así como lo leés: son todas “creencias limitantes”.

¿Qué nos pasa cuando nos contamos ese cuento?

Estas creencias nos imposibilitan el cambio, nos definen, nos obstruyen, nos opacan. Nos pesan…

Les voy a contar de dónde vienen esas creencias.

El 60 % −o más− nacieron antes de que hayamos cumplido los 7 años de vida. Hay estudios que parten mucho antes, y refieren esa construcción al momento en el que estuvimos en el vientre materno, o incluso cuando fuimos un óvulo en los ovarios de mamá o, más lejos aún, a cuando ella estaba en la panza de nuestra abuela,  o sea su propia madre. De acuerdo a esta teoría, nosotros ya estamos ahí desde antes de estar físicamente en este mundo; aprendiendo, recordando información, emociones y modificando nuestros genes, prendiendo y apagándolos “on-off” (cuestiones que estudia la epigenética) y creando la que va a ser nuestra personalidad, nuestro yo. Hasta los 7 años, entonces, somos máquinas de almacenar en nuestro cerebro inconsciente, en el sistema límbico de la memoria que todo lo atrapa y lo sella como una verdad. ¡¡¡Imagínense desde dónde comienzan a crearse nuestras creencias limitantes!!!

Todo está en nosotros

A partir de la aparición del electroencefalograma, a través de aparatos que muestran la actividad eléctrica del cerebro y la dibujan con ondas, con los años y los avances científicos se pudo estudiar la relación entre  los diferentes estados de conciencia y las ondas cerebrales. A partir de estas investigaciones podemos relacionar las diferentes ondas con diferentes estados de consciencia, tales como sueño profundo, estado de concentración, estado de vigilia (despierto), realización de actividades automáticas como manejar y también estado de relajación, hipnótico o cuando dormimos despiertos y nos dicen que estamos en la luna, etc.

Tenemos cuatro niveles de consciencia en el cerebro: los electroencefalogramas muestran las ondas alfa, beta, delta,  theta y ahora también se sumaría una quinta: gama. Generalmente podemos tener varios estados de conciencia juntos y emitir varias ondas, pero sabé que siempre predomina una única onda en cada estado de consciencia (ver recuadro).

El poder de las ondas

La onda alfa representa un estado de relajación y de escasa actividad cerebral. Entramos en ella cuando damos un paseo, nos sentamos a pensar, cuando meditamos, cuando disfrutamos de una emoción o nos invade la sensación de paz y relajación, cuando disfrutamos de un paisaje, etc… Las ondas beta reflejan nuestro estado de alerta y vigila y se producen cuando el cerebro está despierto y marcan una actividad mental intensa. Cuando una persona está hablando, dando clases, explicando un concepto, escribiendo un artículo, estudiando o resolviendo un problema de matemáticas, por ejemplo, nuestro cerebro emite este tipo de ondas. Las ondas delta se generan ante un estado de sueño profundo. Cuando nos vamos a dormir, las ondas cerebrales van pasando sucesivamente de beta a alfa, theta y finalmente, delta. Por último, las ondas theta se alcanzan en un estado de calma profunda, de inspiración, de creación. Eso ocurre cuando soñamos despiertos y estamos “como en la luna”.

Cuando somos chicos vivimos la mayoría del tiempo en estado theta de consciencia, ya que son las ondas que predominan en nuestros primeros años de vida. Es la época de los amigos imaginarios y de la fantasía, donde todo es posible; el estado de consciencia donde lo mágico sucede. Hasta los 7 años, aproximadamente, el subconsciente está abierto de par en par para grabar percepciones y mandatos en nuestro sistema de emociones. Estamos influenciados por todo lo que nos dijeron que está bien o que está mal, por aquello en lo que nos hicieron creer que éramos buenos… o no.

Lo interesante es que, si nos ponemos a recordar, nos criaron múltiples personas que no se limitan al rol de papa o mamá y que a veces ni siquiera recordamos. Por ejemplo, la señora que nos cuidaba de pequeños, la abuela que venía frecuentemente a casa y era bastante miedosa, la tía que le hacía un favor a la familia y era gamba, la otra tía que siempre se quejaba de la vida y era tan negativa, la maestra de la salita de 4 que era muy exigente y decía que eso o aquello estaba mal hecho…

Por lo tanto, queridos amigos, les pregunto: ¿cuántas etiquetas nos pusimos que no son nuestras? ¿Cuántas creencias sobre lo que somos tampoco son elegidas, ni deseadas, ni adoptadas conscientemente por nosotros?

Pero es cuando tomamos consciencia de dónde vienen, que podemos hacer algo al respecto. ¡Y créanme que es posible! Porque el cambio es una decisión. Es un instante donde tenemos que declarar y confiar en que somos seres animados, seres que nos animamos a cambiar. Que podemos hacerlo, que no somos lo que nos hicieron creer o “compramos que somos”, como una verdad.

Somos lo que queramos ser.  Somos lo que tenemos ganas de ser.

Por eso, cuando nos encontramos ante una creencia o un deber ser, diciéndonos “yo soy así”, recomiendo empezar a cambiar por: “En esta situación determinada yo me comportaba de esta manera, pero no soy así”. Y luego preguntar: “¿Me gusta cómo era? ¿Quiero seguir siendo así? ¿Me hace feliz comportarme de ese modo? ¿Siempre, siempre, siempre en esa situación o en otras parecidas me comporté así? ¿Hubo alguna ocasión parecida en la que actué de otra manera? ¿Qué pasaría si a partir de hoy elijo comportarme de ésta u otra manera, que tiene más que ver con lo que hoy quiero ser?”.

Me dan ganas de citar una frase de Albert Einstein, que dice algo así como que es más difícil desarmar un hábito o una creencia que un átomo. ¡¡¡Y es tal cual!!

A partir de hoy, sabiendo que traemos de muy lejos y de muy chiquitos frases, creencias, mandatos, límites que no son nuestros y que nos señalaron o nos inculcaron y acabamos tomando como propios, propongo que estemos atentos y nos detengamos a reflexionar antes de exclamar: “¡Yo soy!”, “¡Yo no puedo!”, “¡Yo no debo!”, “¡Tengo que!”.

Propongo que seamos conscientes de estas creencias y que, ante ellas, nos aflojemos, respiremos, nos detengamos a explorar en nuestro ser, buscando aquello que realmente queremos. También podemos reírnos frente a lo que nunca pudimos hacer, para en cambio ser, sentir, elegir y recalcular, como lo hace un GPS. Porque el único GPS de la vida, el que señala hacia dónde ir o no, está dentro nuestro.

Somos seres libres. Somos lo que queremos ser. Podemos elegir quiénes queremos ser, porque somos a cada instante…

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