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Sophia - Despliega el Alma

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POR Virginia Gawel - Columnistas

25 abril, 2017

Cuando en tu vida vas perdiendo energía

Todos, en algún momento, tuvimos la sensación de que no nos alcanzan las fuerzas para seguir. ¿Cómo atravesar esa carencia? Una guía de autoobservación para detectar y destrabar los mecanismos que agotan, sin que nos demos cuenta, nuestra reserva energética.

Todos sabemos que cuando un niño está subalimentado no puede tener buen rendimiento escolar. ¿Por qué? Porque pensar requiere energía. También hemos visto, o vivido, que a alguien recientemente operado o en rehabilitación de una enfermedad, al principio hablar le implique un gran esfuerzo y se canse prontamente. ¿Por qué? Porque hablar requiere energía.

“Bueno, Virginia: ¿vas a decirnos algo que no sea obvio?”, estarás preguntándome. Procuraré ir hacia allí: en nuestra cultura, durante los últimos años, se hace mucho hincapié en que consumamos energizantes. Bebidas energizantes, barritas de cereales energizantes, ejercicios energizantes… Y parte de ello (no todo) con frecuencia es saludable. Sin embargo, poco se nos dice acerca de cómo no desperdiciar energía. Me refiero a esto: cada uno de nosotros tiene ciertos hábitos psíquicos muy concretos que nos hacen perder energía innecesariamente, dejándonos muchas veces en situación de carencia.

¿Y qué pasa cuando estamos carentes de energía? No sólo podemos sentirnos agotados, desganados, sin fuerza. Hay personas que lo que experimentan es un tremendo acelere: en vez de estar lentas y cansinas, transitan por la vida crispadas, apuradas, sin poder siquiera respirar adecuadamente, y desde ese estado sienten que pueden hacer y hacer y hacer, siempre un poco más. Caerán en el agotamiento mucho más tarde que el que se siente más prontamente cansado, pero su caída puede ser mucho más peligrosa.

¿Qué nos pasa cuando estamos acelerándonos mientras nos falta combustible? Con frecuencia estamos utilizando “combustible de emergencia”. Ese plus de energía es una reserva natural que nuestro sistema tiene para situaciones extraordinarias: tener que recuperarse de una enfermedad, huir ante algo peligroso… sobrevivir. Por eso cuando la usamos para ese acelere, estamos gastándonos algo muy precioso para fines muy rústicos.

La Psicología Transpersonal tiene un concepto que amo: Maitri (que, entre otras definiciones, se describe como “amistad incondicional consigo mismo”, e invita a un profundo cuidado de sí). Desde la práctica de Maitri, necesitamos prestar atención muy puntualmente a este tema con cuatro preguntas:

→¿Estoy recargando mi sistema de energía a través de medios saludables? Es decir: buen descanso, contacto con la Naturaleza, momentos de no-obligación, alimentación e hidratación saludables, recreación mental cuando estamos abrumados…

→¿Estoy forzando mis mecanismos internos, convirtiendo mi agotamiento en un sobreuso de mi cuerpo, mi mente, mi sentir? De hecho, al colapso que este forzamiento puede producir, antiguamente se le daba un nombre glamoroso y en francés: surmenage. ¡Y sus consecuencias pueden ser muy severas!

→¿Estoy “empastando mis engranajes” con toxinas que los ensucian? Vale para los planos mental, emocional o físico. Desde sobrecarga de información a vínculos que enferman, hasta comida “chatarra”.

→¿Estoy gastando pequeños quantums de energía en hábitos de identidad que la drenan inútilmente?

Me detengo especialmente en este último punto para que todos los que hayamos llegado hasta este punto podamos dedicarnos a auotoobservarlos: el esfuerzo por producir determinada impresión. Éste es un drenaje de energía casi universal. Para adaptarnos a la vida, cada uno de nosotros desarrolla determinados atributos en su manera de ser y, en la medida en que nuestro instinto los siente eficaces (o sea, en la medida en que, efectivamente, vamos sobreviviendo), se cristalizan actitudes fijas que nos restan flexibilidad ante los eventos vitales. Para afirmar nuestra identidad buscamos de distintas formas que los demás se lleven una determinada impresión sobre nosotros, y el cultivo de esa impresión en el otro (¡y en nosotros mismos!), implica una enorme inversión de energía.

Así, cada uno de nosotros tiene su propio repertorio. Recién cuando comenzamos a darnos cuenta, podemos advertir la enorme cantidad de energía (pensamiento, emoción, comportamiento) que estas acciones consumen. Querer siempre complacer a todo el mundo con una sonrisa “amable”, ser “el duro” que intimida a todos, encarnar a “la que se arregla sola” y nunca pide ayuda, “el que siempre sabe escuchar”, la que sin excepción “está impecable”, el que “pone a todo el mundo en su lugar” en una familia, ser “la sacrificada” que nunca espera nada de nadie… Cada uno de estos mecanismos drena vida sobre todo porque, si han sido automatismos de supervivencia, tienen dos cualidades: son exagerados (aunque no lo sintamos así) e inflexibles, invariables (es decir, no podemos no hacerlos: nos salen “solos” y no sabríamos cómo ser si no somos así).

Trabajar sobre esos patrones rígidos es un camino concreto hacia la conservación de un enorme quantum de energía que empieza a quedar libre para que seamos libres. ¿Comenzamos a autoobservanos juntos? Acompañémonos, entonces…

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