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POR Maritchu Seitún - Hijos

14 junio, 2014

Criar a “libre demanda”

Es fácil malinterpretar el maravilloso concepto de dar de mamar “a libre demanda”.

La libre demanda implica que la madre le dé el pecho a su bebé cuando tiene hambre y no que lo haga cada vez que se inquieta o llora; requiere que ella observe las señales de su bebé y con el tiempo aprenda a reconocer y discriminar mimos, abrigo, sueño, incomodidad, atención, estímulo, juego, etcétera. Cuando, en cambio, todas las veces le ofrece alimento, el bebé se acostumbra a usar el pecho como chupete, para dormirse o para relajarse, o como fuente de atención y mimos, o para calmar la sensación de soledad o aburrimiento, o ¡para apropiarse de mamá! De esa forma, la mamá le “tapa la boca” al bebe sin confiar en su propia capacidad de descubrir, con diversos ensayos e intentos, lo que le ocurre, que no siempre es hambre. El pecho se convierte entonces en un tapón que no permite el despliegue y enriquecimiento de los recursos tanto del niño como de la madre, ni de la comunicación entre ellos.

Este hábito puede llevar a que el bebé use la mamada como único medio para quedarse dormido, no aprenda poco a poco a dormirse solo, ni extienda las horas seguidas de sueño, y continúe a los ocho o nueve meses (¡o al año y medio!) despertándose cada dos o tres horas para comer (en realidad para volver a la calma o a dormirse chupeteando), algo muy difícil de sostener para la mamá durante tanto tiempo. Para complicar más las cosas, el chiquito aprende muy pronto, de su mamá, que la calma viene en brazos de ella (muy bueno) y que la comida alivia todo tipo de padecimientos, lo que puede llevar a dificultades de alimentación más adelante.

Esta filosofía se traslada, sin que nos demos cuenta, a otros ámbitos de la crianza: cuando dejamos de dar de mamar pero seguimos usando el modelo de “libre demanda” mal entendido al que ya nos acostumbramos, le damos al niño lo que pide y/o apenas lo pide, sin discriminar si realmente lo necesita, le hace bien, o incluso sin pensar si nos parece adecuado. Así le volvemos a tapar la boca (ya que deja de reclamar) y desperdiciamos la oportunidad de fortalecer sus recursos: de enseñarle a esperar, a esforzarse para expresar lo que desea, a tratar de convencernos para obtenerlo, a ingeniárselas para lograrlo por sus propios medios, o simplemente a tolerar los inevitables “no” de la vida.

Los chicos tienen derecho a pedir a sus padres atención plena y satisfacción instantánea a sus demandas, pero los adultos tienen derecho a decir no. Este es un derecho que, especialmente las madres, tenemos que practicar porque es tan largo el período de entrega por el embarazo y los primeros meses de dependencia absoluta que a menudo perdemos el rumbo y quedamos atadas a los reclamos de nuestros ya no tan pequeños tiranos. Podemos entonces tolerar interrupciones en nuestra conversación con otro adulto por parte de un hijo, no de 2 años (etapa en que es natural e inevitable), sino de 8 o de 16. O le preparamos una comida alternativa porque “pobrecito, no le gustan los ravioles”. O le compramos un teléfono celular que está fuera de nuestras reales posibilidades. O…

Queremos que nuestros hijos sean felices; para lograrlo necesitan fortaleza y recursos que los ayuden a enfrentar los contratiempos de la vida. La libre demanda mal comprendida los debilita en lugar de fortalecerlos, los hace creer merecedores de todo y resentirse cuando la vida no les ofrece aquello que desean. 

ETIQUETAS crianza

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