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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Punto de Vista

14 abril, 2013

Con el puño cerrado o la mano tendida

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Hace pocos días murió Hugo Chávez y el masivo funeral frente al cuerpo (¿preembalsamado?) me recordó mi visita a la tumba de Lenin, en Moscú. Era el mes de marzo de 1969, en plena Guerra Fría entre Occidente y la Unión Soviética, cuando llegamos con mi madre, invitadas por el entonces embajador argentino, muy amigo de mi familia. A mis 17 años, cruzar la temible Cortina de Hierro me producía tanto temor como curiosidad, sentimientos que luego confirmé. Apenas salimos del aeropuerto, lo primero que hizo el embajador Casal fue advertirnos que en el auto –al igual que en la Embajada– había micrófonos y que todo lo que estábamos hablando estaba siendo escuchado por el Partido Comunista soviético. Quedé petrificada, aterrada y, por supuesto, muda. Nos explicó que no se podía opinar sobre el régimen político, ni criticar a ningún miembro del gobierno, ni siquiera en algo personal, so pena de ser deportadas inmediatamente. Para más datos, explicó que cuando él tenía que hablar de algo confidencial con un funcionario de su embajada o de un país amigo, salía a caminar por el medio del campo, en las afueras de la ciudad. También fue tajante con el tema cambiario: el dólar negro cotizaba a seis veces el valor del oficial, por lo que nos anticipó que por la calle intentarían comprarnos dólares (como los “arbolitos” de acá), pero que la mayoría eran espías del gobierno y que si nos agarraban iríamos ahí mismo presas y ni él podría sacarnos.

Más allá de la fuerte sensación de opresión, el viaje fue inolvidable y revelador. Viajamos de noche a Leningrado (hoy otra vez San Petersburgo) atravesando la estepa rusa nevada en el Tren de los Zares, cuyo lujo imperial, medio siglo después, permanecía intacto: sábanas de hilo, platería, herrajes y terciopelos. Eso sí, para exclusivo uso oficial o diplomático. El esplendor del antiguo régimen monárquico tampoco había desaparecido de los suntuosos palacios de verano, en las afueras de Moscú, solo que ahora estaban ocupados por los jerarcas del gobierno. Para evitar poner carteles de “propiedad privada”, algo imposible en un régimen comunista, a lo largo de la ruta, junto a las lujosas verjas de hierro forjado, había siempre un inocente cartel: “Contramano”.

Pero lo más impresionante fue la visita a la tumba de Vladimir Ilich “Lenin”, que en aquella época se abría al público muy excepcionalmente. Junto a una multitud hosca y silenciosa de gente mayor, caminamos más de tres horas a pesar de los 30º bajo cero. Entramos a una enorme sala en penumbra, avanzando con recogimiento religioso por un pasillo perimetral en altura, desde donde se podía ver bajo una luz teatral el cuerpo embalsamado de Lenin, el líder máximo de la revolución, muerto casi medio siglo antes. Imborrable la imagen de esa cara adusta, dura, con una pequeña barba rojiza en el mentón, el traje oscuro que resaltaba la blancura mortal de sus manos, con un detalle: el puño de la mano derecha cerrado con fuerza, el símbolo del comunismo.

¿Cambio de régimen?

El cuerpo de Chávez también será embalsamado para que pueda ser venerado por su pueblo “para siempre”, un evidente intento de la cúpula de poder de construir el mito del héroe revolucionario, el “redentor” del pueblo. Chávez fue sin duda un líder carismático y personalista, un caudillo con sueños megalómanos. Militar autoritario en cuerpo y alma, instaló el relato de la “liberación” –esta vez del imperio yanqui y del sistema capitalista mundial, el demonio según sus palabras– para imponer el “Socialismo del siglo XXI”. Manejó con total arbitrariedad y descontrol los ingentes dineros públicos, para vender su proyecto y comprar lealtades, y no dudó en reprimir toda disidencia. Su discurso populista prendió como paja seca en una población que, a pesar de sus anteriores gobiernos democráticos y de sus inmensas riquezas originadas por el petróleo, seguía sumido en la pobreza, cuando no en la miseria.

Volví a pensar en Lenin, el gran ideólogo del comunismo e inspirador de tantos movimientos revolucionarios de izquierda: los marxistas-leninistas del siglo XX. En su corto gobierno, mandó ejecutar al zar Nicolás II, a toda su familia, sus empleados y a la nobleza; nacionalizó todos los medios de producción, del comercio y del artesanado. El objetivo era desarmar todas las estructuras de poder heredadas del anterior Estado burgués y capitalista, para la “liberación” de los campesinos y el proletariado. Murió en 1924, a los 53 años, luego de varios infartos que lo dejaron discapacitado. Ya antes de su muerte la revolución bolchevique se había transformado en una férrea dictadura de Estado, tan absoluta y sanguinaria como la monarquía anterior. Sus sucesores se encargaron de embalsamar su cuerpo para prolongar el mito del padre de la Patria.

Casi medio siglo después, en 1969, mientras en Latinoamérica surgían los utópicos (y trágicos) movimientos revolucionarios “liberadores” inspirados en Lenin –parte de “esa maravillosa juventud de los setenta”–, en la Unión Soviética que yo conocí, el mito Lenin, el revolucionario emblemático redentor del pueblo, había degenerado en una siniestra dictadura opresora de una nueva clase social de corruptos burócratas estatales, quienes gobernaban el inmenso imperio soviético con aberrantes privilegios. Sin libertad alguna. Con mano férrea y el puño cerrado.

Un nuevo tiempo

Chávez  también amenazó a sus enemigos políticos con el puño cerrado, inculcando un odio de clases muy ajeno al mensaje de Cristo que en sus discursos proclamaba estar llevando a cabo. Asimismo, Cristina Kirchner durante sus épicas arengas muestra el puño cerrado para reforzar su mensaje populista con el que pretende dividir y enfrentar a la sociedad argentina: “La Eva con la que me identifico es la del puño cerrado delante del micrófono”, dijo en una ocasión.

A esta altura de los tiempos, ostentar el puño cerrado y embalsamar un cuerpo para veneración del pueblo me me resulta viejo. Cuando la historia tan claramente parece repetirse, como dijo Marx, no ya como tragedia sino como farsa, es un buen momento para abrir los ojos. El puño cerrado fue y sigue siendo el símbolo del poder autoritario de una ideología única, que miente y reprime para perpetuarse en el poder. Necesita esconder la verdad y acallar a los disidentes para seguir usufructuando el Estado: antes era el Tren de los Zares y los palacios de verano, ahora son los aviones y las arcas públicas. Después de casi un siglo de mesianismos, ya es obvio que los liberadores del pueblo nunca fueron tales, en ningún país del mundo, sino apenas otros amos para otra forma de esclavitud. Cambia el relato ideológico y cambian los actores, pero permanece una y otra vez la insaciable ambición de poder absoluto y de dinero. Basta con verlos cómo viven y actúan. Ahora es más fácil: hay Internet.

Nunca creí en los mesías iluminados que nos vienen a rescatar. Para eso tengo a Dios. Pero estaba angustiada, por los venezolanos, por nosotros, por esta Latinoamérica populista, irracional y mágica, tan propensa a idolatrar a “redentores” de pacotilla. Y en eso estaba cuando Dios sacó un conejo de la galera: Bergoglio Papa. El primer Papa no solo de América, sino el primer Papa extraeuropeo en casi 1300 años. Y el único jesuita en la historia de la Iglesia. Todo un rotundo mensaje de renovación de los cardenales para la poderosa y nefasta curia romana y hasta para el Vaticano mismo. Francisco, el nuevo obispo de Roma –como con humildad se presentó a sí mismo– inaugura un nuevo tiempo para los cristianos y para el mundo. El nombre del santo de Asís que eligió para su pontificado es el símbolo de la misión que encarna de ahora en más: restaurar a la Iglesia y sus estructuras decadentes. Es ante todo un cura austero, sencillo, comprometido con los pobres y que rechaza todo lujo. Anda en subte, camina las villas y los hospitales, denuncia el tráfico de drogas y de personas, consuela a los afligidos por las injusticias, promueve el diálogo interreligioso. Predica con el ejemplo. Sobre todo, es un hombre espiritual y de fe, que busca vivir a fondo el mensaje evangélico de Jesús que nos mandó “amar a nuestros enemigos” y que nos envía al mundo a “proclamar la liberación de los cautivos… ”. Comienza un nuevo tiempo y surgen otros liderazgos, como el de Francisco: alguien que seguramente impulsará cambios radicales en las estructuras eclesiales y fuera de ellas. Con firmeza, pero con austeridad y la mano tendida a todos. 

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