Sophia - Despliega el Alma

POR Adriana Amado - La mujer en los medios

30 enero, 2015

Chicas

La guionista y actriz Lena Dunham, autora de la popular serie Girls, tiene algo para decirnos en nombre de su generación. Una llamada que incomoda, pero que vale la pena atender.

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Lena Dunham. Escritora, guionista y actriz protagónica de una nueva generación.

¿Quién es esa chica que sale en las revistas, presentando su libro o vestida de un rojo más furioso que el de la alfombra de los premios que, una vez más, la distinguen? Tanta promoción coincide con el lanzamiento de la tercera temporada de Girls (Chicas, HBO) y del libro de Lena Dunham, escritora, productora y directora de una serie sobre lo que su propio nombre indica: chicas. La primera tentación es suponer que Hannah, su protagonista, una veinteañera conflictuada que desafía cánones estéticos y de los otros, es Lena, su autora, que en genialidad y tics neuróticos podría ser la reencarnación femenina de Woody Allen, si éste alguna vez hubiera aceptado tatuarse un paisaje entero en la espalda.

Pero en Twitter y en Instagram la vemos feliz con su novio y tan glamorosa como sus célebres amigas, lejos de ese personaje que insiste en reírse de sí misma con una crudeza a la que sólo se había animado el reality show. Para quienes reclamaban a la televisión bellezas reales, ahí tienen a estas Girls sin afeites y con rollos abdominales en tresdé, enfundadas en ropa interior con elásticos flojos desgraciándose el flequillo en una noche de angustia. Solo espero que estén preparadas. A mí me llevó una temporada completa empezar a aceptar ese humor impiadoso que me obliga a reírme de mí misma.

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Girls, la serie estrella de la cadena HBO que cuestiona estereotipos y estrena 4º temporada.

Lena es toda una chica del dos mil. Podría ser la nieta de Virginia Johnson, pionera de la libertad femenina en el trabajo y en la vida allá por los años cincuenta, que tan bien dramatiza “Masters of Sex”, la biopic de los investigadores del comportamiento sexual Masters y Johnson. O la hija de Peggy Olsen o Joan Harris, conquistadoras del reino masculino de la agencia de publicidad de “Mad Men”. Las Girls bien podrían ser las niñeras que contratan esas burguesas en que se convirtieron las muchachas de Sex and the City, que en los ochenta disfrutaban de la liberación conquistada por Peggy y Joan pero, a juzgar por las secuelas cinematográficas, con los años se convirtieron en cuatro señoras obsesionadas por conseguir un buen marido y un mejor armario para sus zapatos. Hacen bien estas muchachas en señalar, con la misma impiedad con que se mofan de sí mismas, los retrocesos de las hijas del feminismo que al descubrir que las conquistas no eran un lecho de rosas, se refugiaron en la vida de sus madres, en lugar de hacérselas más fáciles a las generaciones nuevas.

Hacen bien entonces estas Girls en cuestionar esa costumbre adulta de tratar como criaturas a la muchachada de veinte, llamar post adolescentes a los de treinta y considerar jóvenes a los de cuarenta. Nos recuerdan que podrán tener toda la irresponsabilidad de la adolescencia, pero también asumen todos los riesgos de la vida adulta: contratos, alquiler, trabajo, adicciones, embarazos, enfermedades, sexo sin amor y sin cuidado. Desde los ojos de Hannah, es más patente la soledad en que ponemos a esos jóvenes que a veces tratamos como niños de jardín de infantes y otras tantas ignoramos como a ancianos en el asilo. Que hayan elegido el humor para decírnoslo, confirma que están un paso adelante.

De hecho, lleva unos capítulos reírse con Lena de los estereotipos de belleza que cuestiona, luciendo ropas que ajustan donde no convendría y delatan tatuajes más propios de un roquero, que de una niña malcriada. Acusa que siempre estará diez kilos arriba que lo que debiera, pero le preocupa estar anoréxica porque salteó una comida mientras sus pantalones cortos son un recordatorio de que la celulitis no es una enfermedad a curar, sino el relieve natural de las caderas femeninas. No hay un capítulo en que no desnude esas medidas que no responden a ninguna exigencia estética y gracias a eso, al final de la segunda temporada, coincidimos con su novio en que Hannah es bella, aunque ella no se lo crea.

Todo lo que incomoda de estas chicas nos cuestiona. Como comprobar que la Nueva York glamorosa de Sex and the city es una ciudad un tanto descolorida por la crisis global en Girls. Los tiempos cambiaron desde aquellas chicas del siglo pasado que almorzaban en lugares de moda y vestían de diseño, a estas jóvenes que se gradúan para aceptar puestos de meseras, o en oficinas donde hay que soportar el manoseo sexual o moral como condición de permanencia. Las chicas de los noventa mejoraban su pasar con regalos o invitaciones de ricos caballeros. Las de dos mil no pueden prescindir de la cuota que pasan los padres, o de la solidaridad de amigos para pasar la temporada hasta que se encuentre una renta que se pueda pagar. Ahí es donde esas chicas de por allá se parecen a las de acá. Más de lo que nos gustaría reconocer.

Hannah y sus hermanas de la vida siguen la tradición instaurada por la gran Louise May Alcott del cuarteto femenino que encarna los arquetipos de la rebelde, la maternal, la frívola y la sufrida, que en Mujercitas eran Jo, Meg, Amy y Beth. Los modelos de la madre y la coqueta cambiaron mucho en estos siglos y costaría reconocer en ellos a Marnie y Jessa, como cuesta ver como sufrida a la esforzada Shoshana, a la que no le falta ningún trastorno compulsivo. Pero ahí están. Lo que no cambió es que entonces como hoy el personaje revoltoso es la que lee y escribe, sobre todo si pretende vivir de eso. Pero mientras la vocación de Hannah es subestimada por sus padres, abusada por los agentes literarios y vilipendiada por sus compañeros del taller de escritura, a la precoz Lena le fue mejor.

Dunham no parece necesitar sacar carné de feminista y aun así ser la primera mujer galardonada por la Asociación Norteamericana de Directores por su labor creativa a una edad en que nuestra chiquilinada no terminó la facultad. Es una feminista de una generación que obviamente va a contradecir los parámetros de la anterior. Esta chica es un retrato de la mujer contemporánea tanto como la selfie es una fotografía. Como foto raramente sea buena, porque no aspira a méritos estéticos sino al mero registro. Por eso complace principalmente a su protagonista: está pensada para mostrar más que para ser vista. Justamente lo que convierte a “Girls” en una expresión de época: una comedia sin carcajadas grabadas, un dramón donde no queda otra que reírse.

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