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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Columnistas

22 junio, 2018

Caín, Abel y la boda de Harry

Reflexiones que parten del mito bíblico para hacer pie en el lugar que hoy ocupan los valores femeninos en nuestra cultura. De la mano de la boda de un príncipe cuya madre soñó un mundo nuevo, la promesa de ver crecer estructuras más fuertes edificadas sobre las bases del amor.

Hace unos días fui a ver la obra Terrenal, de Mauricio Kartun, basada en el mito bíblico de Caín y Abel. La pieza es muy buena; el texto es ágil, profundo y por momentos muy ocurrente, lo que explica el éxito de público desde hace varios años en un teatro under. Pero, a la vez, desesperanzada y oscura, literal y simbólicamente. Todo es noche y sombra sobre ese escenario. Los personajes refuerzan los estereotipos del bueno y del malo sin demasiadas sutilezas psicológicas: el siniestro Caín, reencarnado como el laborioso productor, codicioso y finalmente violento, junto a su inocente hermano Abel, un bonachón e inofensivo vendedor de carnada. Los eternos e irreconciliables opuestos en una visión maniqueísta del género humano.

Tatita, el Dios que se demora pero que finalmente llega, no mejora mucho las cosas. Refuerza la grieta con un agravante misógino que ya se vislumbra en el mito original, donde no aparece la mujer. En esta versión la referencia a las mujeres no es muy edificante. Apenas un objeto sexual del varón, reducido a su vagina: “Dejá de mentar c… y venite a buscar una”, le aconseja Tatita al amargo Caín para llevarlo a la fiesta del pueblo. Al final, en un intento de reivindicarlas, Tatita maldice a Caín y lo condena a una vida infeliz y errante. La mujer que tanto desea sexualmente –referida como la “Señorita Maestra”– y a quien describe como un ser fuerte, libre y auténtico en sus valores, lo hará cornudo, una forma eficaz de traer al mundo hijos de la “estirpe de Abel” que enfrentarán a los de la “estirpe de Caín”. Son ellos dos los únicos actores del drama humano; la mujer es solo una espectadora pasiva, un útero portador de las dos estirpes, que, en definitiva, seguirá sometida al varón, incluso por la violencia: “A veces, cada tanto, a los bifes, conseguirás vencerla. Pero convencerla, Caín, ni a sogazos”, sentencia Tatita, ese Dios masculino y patriarcal de Kartun que tampoco logra convencerme a mí…

Me quedé varios días rumiando, molesta con esa visión pasiva de las mujeres, sobre todo porque la obra se inscribe en la actualidad. El libro del Génesis –y, por lo tanto, el mito de Caín y Abel– está datado en el siglo VIII a.C. ¿Tantos milenios y los varones están igual, sin haber aprendido nada? ¿Y las mujeres? ¿Es cierto que seguimos siendo objetos sexuales, ocultas y sometidas? ¿Somos tan pasivas y prescindentes en la cultura y en la formación de nuestros hijos? A los pocos días, la vida misma se encargó de contestarme.

El espíritu de Lady Di

El sábado 19 de mayo se celebró la boda real del príncipe Harry con Meghan Markle, una novia inimaginable hasta hace muy poco para la monarquía británica. Meghan es una actriz de Hollywood, afroamericana, divorciada, militante feminista, tres años mayor que él, hija de una profesora de yoga y de un jubilado. La ceremonia en la solemne capilla de St. George en Windsor también echó por tierra tradiciones milenarias. La novia llegó a la iglesia con su madre afroamericana –no con su padre–, con quien mantiene un vínculo entrañable porque la crió sola desde los 6 años. Doria Ragland, elegantísima y con un piercing de brillante en su nariz, fue la única de la familia que asistió a la boda y su nombre fue coreado por el público cada vez que aparecía en la transmisión. Meghan entró sin padrino, hasta que en el tramo final fue conducida al altar por el príncipe Carlos, y no juró obediencia a su marido. El novio no se quedó atrás: eligió como padrino a su hermano, el príncipe William –no a su padre–, en un claro gesto de reivindicación a su madre, la inolvidable Lady Di; invitó más amigos y celebrities que parientes nobles, y aceptó usar una alianza, como ella, algo de lo que está dispensado. Toda la ceremonia fue luminosa, descontracturada y alegre, con una fuerte impronta afroamericana. El obispo negro Michael Curry de la Iglesia episcopal americana, en su emotivo y acalorado sermón sobre el poder del amor, hizo sonreír a muchos. Luego fue el turno de un coro góspel inglés, que entonó un inolvidable “Stand by me”, y más tarde, siguió la música del inglés Sheku, celebrado violonchelista negro de tan solo 19 años.

Confieso que me emocionó esta conjunción de culturas, tradiciones y razas, en un clima de total armonía. Al igual que mil millones de personas en todo el mundo, presencié por televisión la boda real de los padres de Harry, la inolvidable Lady Di y el príncipe Carlos, en 1981. Durante los años posteriores fuimos testigos mediáticos de la mentira de esa boda –un arreglo para tapar la infidelidad de su marido, a la que seguirían las de ella–, del nacimiento de sus dos hijos, de su divorcio y de su trágico final. Pero sobre todo fuimos testigos de su compromiso social con los más necesitados. Diana era una mujer libre, alegre, cercana, cálida, y fue muy querida por la gente, lo que le valió el nombre de la “princesa del pueblo”. Aprovechó su lugar como alteza real para apoyar causas como la lucha contra el sida y la campaña antiminas en varios países de África, por lo que fue premiada y reconocida en todo el mundo. A muchas de esas misiones humanitarias llevó a sus dos pequeños hijos, para que no se criaran en la caja de cristal de la monarquía. El alma de Lady Di campeaba en esa ceremonia y en el afecto de esos dos hermanos.

Está claro que se adelantó treinta años. La vetusta monarquía no estaba lista para una mujer como ella. Pero sus hijos, y en especial Harry y su boda con Meghan, son la mayor reivindicación de sus valores y de su libertad. Hoy él encarna todo aquello que su madre era, amaba y transmitía a los demás. Harry vive su lugar en la familia real con la libertad que no le fue permitida a ella, porque internalizó sus valores, los integró a su personalidad. Puede cuestionar a su padre –y de paso al patriarcado– y a la monarquía, para abrazar la equidad de género y elegir el poder del amor sin las banales distinciones terrenales.

Un mito alternativo: “William y Harry”

De Eva a Lady Di, Doria y Meghan, las mujeres hemos recorrido un largo camino, y muchos varones nos acompañan, porque fueron criados por otras madres, autónomas, solidarias y emprendedoras, y porque tal vez han vivido la soledad, el dolor o la humillación que ellas sufrieron y no quieren repetir la historia. Prefieren cambiarla.

Se sabe que un mito es un relato que no solo explica, sino que de alguna manera nos explica, por medio de una narración, las acciones de seres que encarnan simbólicamente aspectos de la condición humana. El mito patriarcal de “Caín y Abel” como encarnaciones del bien y del mal ha perdido vigencia porque ya no refleja la realidad y, por eso, no alcanza para explicar el curso de la historia. Propongo otro mito, que esta vez incluya a las mujeres: la historia de “William y Harry”. Un relato, también de dos hermanos que, en lugar de competir por el poder (uno será rey y el otro no), construyeron un sólido vínculo afectivo, se quieren y se eligen, porque comparten el amor de la madre y sus valores humanistas. Otro cuentito, otro paradigma.

En la boda real, el obispo Curry citó a Martin Luther King: “Nosotros debemos descubrir el poder redentor del amor y, cuando lo logremos, podremos hacer de este viejo mundo un mundo nuevo”. Muy cierto, porque solo el amor es capaz de integrar los opuestos y así renovar el mundo. Los valores de lo femenino ya están instalados con fuerza en la cultura, sin distinción de sexos, en especial el de la solidaridad como un nuevo paradigma de la hermandad universal. Ahora que lo pienso mejor, tal vez Abel era mujer.

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