Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Columnistas

1 octubre, 2018

Caballeros sin armadura

En estos tiempos de paridad y lucha contra el machismo, ¿qué pasa con esos caballeros que, lejos de querer usar sus buenos gestos para dominar a la mujer, eligen honrar con ellos su feminidad y hacer de la pareja un equipo de apoyo recíproco?

Corteses, amables, defensores de las damas en peligro eran los caballeros, los gentiles de corazón, hombres que hoy son más difíciles de ver (pero que existen), sobre todo porque sus virtudes parecen marchitas frente a tanta modernidad. Y no son pocas las mujeres que anhelan encontrar alguno para compartir un gran amor.

Se los extraña o no, según la versión que tomemos en cuenta. No se extraña al sobreactuado y falso, que veía a las damas como niñas indefensas a las que había que socorrer en su (supuesta) fragilidad. Aquellos que ponían almíbar en la relación con lisonjas vanas y cortesías desmedidas, ocultando así un afán de dominación.

Se extraña, en cambio, al gentilhombre que era eso: gentil y hombre. El que con una cortesía honraba –no denigraba– la capacidad de la dama en cuestión, y la expresaba por una razón de fuerza física o de genuina debilidad circunstancial de la persona digna de su heroísmo.

Las formas van cambiando, pero hoy quiero honrar los valores que subyacen en la caballerosidad, asumiendo los riesgos del caso. Es que, se sabe, el terreno está minado hoy por el discurso ideológico que condena cualquier óptica ajena a su dogma y evita pensar y sentir respecto de los vericuetos más sutiles del asunto.

De hecho, es plaga la confusión entre el “igualismo” y la equidad. Respetar o, mejor aún, amar no pasa por igualar o fusionar, sino por valorar y honrar al otro, desde su singularidad. Varones y mujeres, por suerte, no somos ni seremos iguales.

“Hoy quiero honrar los valores que subyacen en la caballerosidad,
asumiendo los riesgos del caso”.

Es verdad que abrir una puerta y dejar pasar primero a la dama no es ya una cuestión absoluta, sobre todo en las generaciones más jóvenes. Pero sigue vigente lo que esas costumbres querían demostrar: que el varón era capaz de darle un lugar singular a la mujer por sobre su impulso y por encima de su egoísmo.

Hoy el señor que aborde a una mujer sin antes haber domesticado su impulsividad poco vale como candidato, y menos aún vale si su ombligo es el eje de su vida y se muestra incapaz de mirar con generosidad a su compañera. De allí que aquello de dejar pasar primero a las damas, cederle el asiento y servir primero su copa no fuera garantía pero ayudara a discernir la madurez del varón que buscaba agasajar y demostrar interés, sin por ello ser servil o crápula.

Cuando las cosas están razonablemente bien, la pareja es un equipo de apoyo recíproco, con una paridad que no es rígida. Cuando uno de los miembros está en condición de fragilidad o indefensión, el otro lo cuida y las simetrías se suspenden hasta nuevo aviso. Es deseable que en la relación se sepa cuidar al otro, cobijarlo cuando está caído o se encuentra en condición frágil. El juego de la caballerosidad quizá tenga que ver con el rol del varón en todo buen vínculo.

Aquel lugar del caballero, aun con nuevas formas y liturgias, merece incorporarse a nuestro paisaje, incluso en un sentido mítico, para poder salir un rato de la imagen del varón “bestia violenta” o, por el contrario, “pasteurizado y livianito”. Me refiero al hombre caballero, gentil, que tiene resto para acompañar y valentía para hacer lo que corresponde. Porque no todo es igual, y por eso los caballeros se distinguen. Aman la diferencia, la disfrutan y en el camino honran su hombría, tanto como la femineidad poderosa de la mujer que está a su lado.

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