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Sophia - Despliega el Alma

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POR Maritchu Seitún - Columnistas

14 mayo, 2018

Buen día, tristeza

La mayoría de los padres elegiríamos que nuestros hijos jamás tuvieran que sufrir. Sin embargo, darles espacio para que estén tristes significa ayudarlos a crecer y a conectar con aquello que les pasa, sin represiones.

La tristeza es una de las emociones básicas y, a menudo, funciona como una señal (al igual que el enojo, el miedo y la alegría) que nos informa que hay algo o alguien de lo que tenemos que despedirnos. No debería existir la opción entre ponernos tristes o no, sino entre aceptar el hecho de estar tristes y el motivo que nos llevó a estarlo. Aceptar esa emoción en lugar de resistirnos a conectar con ella, porque la tristeza, de todos modos, seguirá allí, escondida, esperando una oportunidad para aparecer.

¿Qué solemos hacer? Negarla (me convenzo de que no me preocupa que mi hija no quiera volver a  verme), reprimirla (“En esta familia los hombres no lloran”, le dice un hombre a su hijo en el entierro de su propio padre, ante las lágrimas de su nieto que él considera inadecuadas), intelectualizarla (“Está mejor ahora”, le dice una mujer a otra tras la muerte de su marido luego de una larga enfermedad), o bien distraernos de ella (me descubro medio tristona y salgo a correr sin darme tiempo para hacer consciente lo que me pasa).

No se trata de detener el mundo cada vez que nos ponemos tristes, sino de reconocer esa emoción en lugar de eliminarla, porque puede aparecer luego de golpe (como las plantas, por rizoma), lejos del lugar de origen, en forma de depresión. Llegado el momento, lo que habrá que afrontar es una tristeza que viene de la acumulación de tristezas no sentidas ni procesadas, o una enfermedad porque nuestro cuerpo se agotó en sus intentos por no conectar y bajaron nuestras defensas. También puede ocurrir que nos llenemos de una ansiedad que no sabemos de dónde viene o que vivamos más frenéticamente buscando alejar la tristeza ¡para que no nos alcance!

No se trata de detener el mundo cada vez que nos ponemos tristes, sino de reconocer esa emoción en lugar de eliminarla.

Me interesaría detenerme a hablar de la inevitable y necesaria tristeza de nuestros hijos. Los padres desearíamos que nunca se pusieran tristes y a veces tratamos de disuadirlos de que sientan lo que de verdad sienten. “No te podés poner así por esa pavada”, les decimos, en lugar de acompañarlos en su pequeño (para nosotros) gran dolor porque un amigo no pudo venir a jugar, o a una amiga se le cayó el primer diente de leche primero. De ese modo no los abrazamos en su dolor ni los  fortalecemos para cuando lo pasen mal y estén solos (en el recreo, por ejemplo). En cambio, tratamos de decirles que mamá sabe y ellos no (y ellos creen porque ¡es mamá!). Si no creyeran, se quedarían solos con sus tristezas que probablemente ya no compartan con mamá porque no las puede escuchar o las rechaza.

Otras veces, nos escapamos a trabajar sin despedirnos, para que ellos no lloren, o evitamos hablar de la muerte de la bisabuela porque creemos que no les va a hacer bien saberlo, sin darnos cuenta de que los confundimos porque nos ven angustiados o preocupados y no conocen el motivo. ¿Cuántas veces decimos: “Basta de llorar, ya pasó, ahora andá a jugar”?

La infancia tiene una lista de grandes y pequeños temas de los que los niños tienen que despedirse: de mamá y papá al ingresar al jardín de infantes por unas horas, de dejar de ser hijo único cuando llega un hermano, de los dientes de leche cuando se caen y de creer en Papá Noel, entre otros. Preparemos a nuestros niños para la vida permitiéndoles procesar y aceptar las pérdidas y dolores de todos los días. Como bien dice el lema judío que nos enseña Elizabeth Kübler Ross en Lecciones de vida: “Si bailas en muchas bodas, también llorarás en muchos funerales”.

Aprender a estar tristes

• La tristeza significa que hay algo de lo que nuestros hijos se están despidiendo y por eso les duele.

• No hay que negar ni reprimirla, de otro modo se esconde y, un buen día, vuelve de golpe o se acumula a otras tristezas.

• Conviene reconocerla como emoción más de nuestra vida y darle espacio para que aparezca. 

• De nada sirve intelectualizar o fingir que no existe: está ahí y va a llegar de todas maneras. 

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