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Sophia - Despliega el Alma

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POR Maritchu Seitún - Columnistas

19 diciembre, 2016

Bienestar en verano

“La belleza es un estado de ánimo”, dijo el escritor Émile Zola. A partir de esa afirmación, Maritchu ahonda en la compleja construcción de nuestro ideal de belleza veraniego, con la intención de que aprendamos a mirar más allá, para conectar con aquello que de verdad importa.

Hace unos años leí el fascinante libro Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés. Más allá de la propuesta invitándonos a reconectarnos con nuestros aspectos femeninos primitivos –la loba en nuestro interior–, que han sido anestesiados por la sociedad y la cultura, uno de los capítulos que más me impactó fue el que dedica al cuerpo. Allí Clarisa cuenta cómo una mujer muy gorda empieza a bailar y lo hace con tal gracia, alegría, habilidad y entusiasmo que en pocos segundos los espectadores dejan de prestar atención a su aspecto físico para concentrarse en lo que está haciendo y quedan cautivados por su arte. ¡Cómo nos cuesta entender esa lección!

Llega el calor, vamos dejando los suéters que nos tapaban y empezamos a preocuparnos por el traje de baño del verano. El problema es que nuestras hijas, chiquitas y grandes, también nos ven mirarnos en el espejo y avergonzarnos, a menudo, ante lo que observamos, además de comer ensalada y lácteos de etiqueta verde, o privarnos de otros alimentos, empezar gimnasia, obsesionarnos con nuestros rollitos, independientemente de que sean producto de un embarazo reciente, de que llegamos a la menopausia o de que pasamos un año estresante y no tuvimos tiempo o energía para comer mejor, o salir a caminar y hacer deporte.

En pocas palabras, nuestros hijos perciben nuestro descontento con el cuerpo y escuchan el cantito de todos los días, con frases como “Estoy hecha una chancha”, “Hago dieta desde ahora hasta enero”, “¡No quiero que llegue el verano!”. La novedad es que, desde hace un tiempo, también los hombres se obsesionan con la panza, el peso y la dieta, y con ese comportamiento o actitud no nos damos cuenta de que favorecemos que no solo las niñas, sino también los varones, puedan crecer con cosmovisiones sesgadas, e incluso se vaya acentuando en ellos algún desorden alimentario.

De tanto vernos y escucharnos, los chicos pueden llegar a la conclusión errónea de que la delgadez es esencial para nuestro bienestar personal. Obviamente es bueno no engordar mucho para no correr riesgos de colesteroles altos o niveles de azúcar disparados, pero esas no suelen ser las motivaciones detrás de nuestros “ataques” veraniegos. Sería tanto mejor que, en lugar de alejamos del bello modelo propuesto por la bailarina del libro de Pinkola Estés, nos animáramos a mostrar cada vez más los aspectos  atractivos de nuestra personalidad o recordáramos eso que tenían tan claro nuestras abuelas: que somos mucho más que un cuerpo esbelto y que la delgadez no garantiza de ningún modo la felicidad ni el éxito en nuestra vida afectiva y social.

No somos “gordos” sino mujeres y hombres maravillosos que llegamos al verano con algunos kilos de más y por eso el esfuerzo estará mejor encauzado si logramos enojarnos y castigarnos menos, para hacer los saludables cambios de alimentación y ejercicio físico que nos convienen, y poder dar ejemplos saludables a nuestros hijos e hijas que nos miran y aprenden de nosotros.

O, como sugirió alguna vez el novelista francés Émile Zola, que lleguemos a ver que “la belleza es un estado de ánimo” y podamos alimentarlo todos los días como un reflejo de nuestro interior, de nuestra esencia profunda, de lo que  verdaderamente somos.

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