Sophia - Despliega el Alma

POR Virginia Gawel - La vida como camino

21 abril, 2014

Ayudar… o “salvar” al otro?

Hay un hilo que parece delgado, pero que en general, cuando nos damos cuenta, percibimos que no es tal hilo delgado, sino una muralla anchísima: la que separa, por un lado, la ayuda sana hacia los demás y, por otro, el asumir algo así como el arquetipo de “el salvador”, “la salvadora”. (Lo describiré en masculino para aludir a los dos géneros, claro.)

El que ayuda sanamente sabe que cada uno tiene que resolver sus propios asuntos, y que solucionarle a otro sus temas prematuramente o cultivando en él su desidia sólo le privará de la madurez que le hubiera dado hacerse cargo de sí mismo. Ayudar no es lo mismo que rescatar.

El que ayuda sanamente también sabe esperar los tiempos del otro, y le brinda sólo el servicio necesario cuando es necesario, y a quien lo merezca cuando lo merezca, en tanto ese otro tenga una actitud recíproca (salvo que sea un niño o una persona en total estado de vulnerabilidad); el que sin darse cuenta (o dándose cuenta) está en actitud de salvador da antes de que el otro pida, más de lo que necesite (por las dudas) y cree que el “amor incondicional” es seguir dando aunque el otro responda con gestos indiferentes, ingratos o, -peor-, de evidente desprecio, maltratando a quien le da. Ayudar sanamente es apartarse de quien no sabe recibir. Y a veces, justamente, abstenerse de dar puede ser ayudar.

El que ayuda sanamente jamás olvida una premisa: que para servir de manera emocionalmente inteligente necesita cuidarse a sí mismo (salvo situación límite, como una catástrofe o algo similar); quien encarna el arquetipo del salvador, en cambio, se inmola pretendiendo rescatar, y así pierde con frecuencia su salud, su estabilidad económica, o su vida personal en aras de que el otro “sea salvo” de todo dolor. Con frecuencia, ese “salvador” va teniendo cada vez más problemas personales a los que no presta atención por estar cien por ciento atento a los problemas de aquél a quien pretende salvar. Es más: muchas veces, cuando abandona este fatal arquetipo, reconoce que parte de su rol de “salvador” era ejercido para huir de sus propios problemas irresueltos!

El “salvador” suele fabricarse un destino doloroso: no salva a nadie (pues nadie puede ser “salvado” por otro”), y vive en estado de dependencia afectiva, generando mil y una estrategias para que “el otro cambie, para su bien”. Como si uno supiera por qué caminos tendrá que hallar el bien ese otro! Apenas si atisbamos por dónde va nuestro propio bien… Y si va por algún lugar, seguro que no es el por el camino de salvar a nadie. Sí de ayudar. Sobriamente. Lo otro suele ser un tipo de adicción a personas. Y ese fallido ayudador necesitará ayuda para desarrollar una vida vincular sana. Hasta que pueda ejecutar sus actos solidarios teniendo claro el límite entre ayudar y querer “salvar”.

Conociendo por mi propia experiencia de vida los dos lados de ese ancho paredón que diferencia ambas actitudes, y aprendiendo cada día a discernir cuándo estoy en sana actitud de ayuda y cuándo, si darme cuenta, me deslizo lentamente hacia aquel viejo arquetipo de “salvadora” que ya no quiero para mí, recurro a estos versos de la querida poeta estadounidense Mary Oliver que impactaron mi corazón para siempre (como un tatuaje de palabras). Alguna vez me los regalaron en Esalen. Quizás hoy puedan acompañar a quien los necesite. El poema se llama “El viaje” (y va abajo). Pero también quisiera convidarles uno que escribí para esos años, cuyo audio podrán encontrar clickeando este link: https://soundcloud.com/virginia-gawel/canto-de-honra-poma-de-virginia-gawel

 

Un día finalmente supiste lo que tenías que hacer,

y comenzaste.

A pesar de que las voces a tu alrededor

continuaran gritando su mal consejo,

a pesar de que toda la casa

empezó a temblar,

y sentiste el familiar tironeo de los demás

en tus tobillos.

“Arregla mi vida!”, pedían sus voces.

Pero tú no te detuviste.

Sabías lo que tenías que hacer.

A pesar de que el viento fustigaba

con sus dedos de acero

hasta los mismos cimientos;

a pesar de que la melancolía era terrible.

Era tarde y la noche salvaje,

y el camino estaba lleno de piedras y ramas caídas.

Pero poco a poco,

a medida que dejaste las voces atrás,

las estrellas empezaron a brillar

a través de las capas de nubes.

Y apareció una nueva voz,

la que lentamente reconociste como tu propia voz,

la que te acompañó a medida que caminaste

más y más profundamente hacia el mundo,

determinado a hacer la única cosa posible,

decidido a salvar la única vida posible

que realmente puedes salvar.

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