Sophia - Despliega el Alma

POR Miguel Espeche - Columnistas

5 febrero, 2016

Antídoto contra el miedo

A veces, el miedo se convierte en un peligro en sí mismo, porque no nos permite ir con fe y libertad por nuestros propios deseos. ¿Y si mejor dejamos de temer tanto y confiamos más?

Cada tanto es bueno ponerse a pensar acerca del miedo para poder identificarlo y señalarlo, sobre todo, cuando se mete en nuestra vida sin que nos demos cuenta, marcando rumbos, amenazando desde el silencio, tallando las ideas y poniéndole cepos a la posibilidad del amor.

A veces creemos tomar nuestras decisiones desde la conciencia o desde el deseo, pero, en realidad, lo hacemos desde el miedo. “Hago esto para que no pase lo otro”, o “decido ir por acá, porque temo ir por allá”. Así perdemos el eje de nuestro deseo, subordinando las decisiones al temor. No se trata, por supuesto, de negar peligros, pero sí de impedir que estos definan nuestro deseo o rumbo.

Un buen ejemplo de cómo el miedo suplanta el contacto con “lo que pasa”, supliéndolo por el fantasma de “lo que podría pasar”, es el de la pareja. Suele ocurrir, por caso, que el miedo a la separación termina siendo más importante que la sustancia misma del encuentro. Eso genera conductas tensas ante esos riesgos posibles (aparición de terceros, “apagón” amoroso, asfixia, aburrimiento, etc.) y la pareja olvida nutrir la relación como tal. Cuando se apunta a promover la unión en vez de luchar contra la separación posible, se favorecen actitudes más generosas, cuya fuente está más ligada al fluir amoroso que al intento de atrapar la realidad para que esta no se desvanezca o desvirtúe. En ese escenario, el mencionado miedo a lo que “podría pasar” favorece que los integrantes de las parejas se desangren de puro susto nomás, al volverse controladores, fóbicos o angustiados, generando aquello temido a fuerza de desvitalizar la fuente afectiva, sustituyéndola por el susto y, a la vez, cegando la mirada acerca de lo que ocurre de verdad en la relación.

Una vez leí una frase del actor William Hurt, quien decía que en la vida optamos entre el miedo y la fe. Cuando la elección es el miedo, reflexionaba, lo que se busca es la Seguridad. Cuando se opta por la fe, lo que se procura es la Libertad.

Me encantó el pensamiento. Es que el miedo, a diferencia de lo que dicen, es zonzo. O “enzonza”, si me permiten el neologismo, cuando se vuelve el centro de la vida. Si bien el miedo advierte sobre un peligro, no sirve para resolverlo. Nos llena de tensión y nos parapeta, pero no permite que nada florezca porque, para eso, hace falta fe.

El miedo propone Seguridad y certezas blindadas para salir de su laberinto. Pero como “a Seguro se lo llevaron preso” y las certezas blindadas terminan oxidándose, el miedo vuelve y vuelve, con su lógica implacable, robándonos la vida al transformarla en una mera lucha contra la muerte.

Por eso, para antídoto de tanto temor, mejor la fe o, si se prefiere, la confianza. Esta, más que un “algo”, es una apertura a “algo” que surge y nos ilumina cuando nos abrimos a la fuerza de lo vital y le sumamos la lucidez de la conciencia. Funciona, no se trata de una expresión de deseo nomás. Siguiendo la idea de William Hurt, confiar, o tener fe, no es una locura, una tontera infantil o un arrojarse hacia la nada, sino una toma de conciencia de los recursos vitales (tangibles o no) sobre los cuales podemos nadar cuando viene la marejada. Al no tener las manos ocupadas en atajar los males posibles, las tendremos disponibles para tomar las herramientas con las que tallar la vida, para nadar; para abrazar.

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