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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Columnistas

21 septiembre, 2016

Amanecer sombras

Vivimos un momento de cambio de paradigmas que anuncia una nueva era e invita a la reflexión y a la acción. Porque -como dice Thomas Moore- la noche oscura sirve para agudizar la visión, aprovechemos esta oportunidad para un verdadero despertar espiritual.

 

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Ilustración: Maite Ortiz.

Aunque me produzca bastante angustia aceptarlo, reconozco que vivimos un momento muy oscuro de la historia de la humanidad. Según el papa Francisco estamos en la Tercera Guerra Mundial (que se combate “en partes”), a lo que se suman los dramas de los refugiados, atentados terroristas, hambrunas, pestes, terremotos, tráfico de personas, de drogas y de armas, la violencia contra las mujeres y los niños… Está claro que hay un brutal cambio tecnológico, un choque de culturas y de religiones, pero sobre todo un cambio de paradigmas que anuncia una nueva era. Hay una crisis espiritual, una lucha entre lo viejo y lo nuevo, con valores opuestos: el egoísmo o la solidaridad, el fundamentalismo o el diálogo, la violencia o la paz, el dinero o el amor.

Además en el país existen fuerzas –visibles y no tanto– que se resisten a los cambios y que buscan manifiestamente desestabilizar al nuevo gobierno. Este enfrentamiento ya incluye una extensa serie de amenazas y actos de vandalismo, con una violencia que creíamos haber dejado atrás, dirigidos contra el presidente de la Nación, su pequeña hija, la vicepresidenta, la gobernadora Vidal y varios funcionarios; mensajes desde una cárcel, revoltijo en oficinas, cartuchos, emboscadas mafiosas y agresiones con patadas y ladrillazo al auto de Mauricio Macri.

Desarmar las mafias enquistadas desde hace muchas décadas en el Estado no es simple ni gratis. Cuesta ver con claridad, separar la paja del trigo y el decente del corrupto; distinguir las denuncias reales de las “operaciones” políticas, la honestidad intelectual de la especulación partidaria, y en este combate, que no puede ser solo del Ejecutivo, los demás poderes del Estado están en deuda con la sociedad. Aunque algunos (pocos) jueces y fiscales avanzan en sus causas, otros mantienen solidaridades con el gobierno anterior y las frenan, algo que denuncia también la complicidad del Consejo de la Magistratura y la mezquindad de las mayorías parlamentarias que callan y otorgan. A pesar de esta noche oscura institucional que estamos transitando, hay una estrella que lejos de extinguirse alumbra con luz propia, consecuencia del poderoso símbolo que representa: el caso Nisman.

La noche más oscura

Cuando el 18 de enero de 2015 el fiscal Alberto Nisman apareció muerto en su departamento con un disparo en la cabeza luego de su denuncia contra la entonces presidenta CFK por encubrimiento a los presuntos responsables iraníes del atentado contra la AMIA, la sociedad argentina quedó en estado de shock. Fue la noche más oscura desde el retorno de la democracia. Pocos creyeron, entonces y mucho menos ahora, en la hipótesis del suicidio, aunque aún no se haya podido esclarecer el crimen. Un mes después, en la masiva Marcha del Silencio el 18F, bajo una lluvia torrencial, quedó sellada la suerte del kirchnerismo. Nada sería igual en adelante. Luego de años de soportar los ataques a la Justicia independiente, una parte de la ciudadanía había despertado y comprendido la gravedad institucional que significaba la muerte del fiscal Nisman y había dicho basta. Esa noche, en esa marcha, hubo un cambio en la consciencia. Esa noche, al grito multitudinario de “Nunca más”, el kirchnerismo perdió las elecciones presidenciales. Fue el comienzo de un nuevo capítulo de lucha entre la luz y las tinieblas en la búsqueda de verdad y justicia.

Hoy esta lucha es aún más evidente, con los escándalos de corrupción que involucran todos los días a ex funcionarios. Pero no es solo dinero lo que está en juego en la Argentina. Se trata de la plena vigencia del Estado de derecho y por eso es tan importante que se esclarezca este magnicidio. Si las mafias responsables enquistadas por décadas en el Estado continúan impunes, nuestra democracia seguirá siendo de cartón. Tal vez es por eso que la emblemática causa  Nisman avanza contra viento y marea: aunque la denuncia del fiscal fue desestimada por el juez Rafecas por “inexistencia de delito” y cerrada, hace poco se inició una nueva demanda contra la ex presidente y su canciller por “traición a la patria” y “omisión funcional de perseguir delincuentes”, por encubrimiento en la causa AMIA, los mismos hechos que había denunciado Nisman antes de morir. Esta nueva causa se tramita en el juzgado del juez Bonadio y está impulsada por tres fiscales federales. “Después de un año y medio, la investigación y la denuncia de Nisman parecen haber encontrado un sentido y un destino”, escribió Joaquín Morales Solá.

El chivo expiatorio

No solo la investigación y la denuncia. También parece haber encontrado un sentido el sacrificio de Nisman, porque de eso se trató su muerte, anunciada por él mismo. Thomas Moore sostiene que las sociedades, como los individuos, pueden necesitar de una catarsis social y que la noche oscura sirve para agudizar la visión. Esa purificación, dice, es algo que en la Antigüedad se llevaba a cabo con el rito del chivo expiatorio. “La teología cristiana de la redención –Jesús padeciendo por el mal causado por los seres humanos– no es muy distinta de la idea del chivo expiatorio”. 1 Moore sostiene que las marchas y las grandes  manifestaciones (entre otros rituales) muchas veces han conseguido provocar un vuelco en la sociedad y por eso propone recuperar la imagen del chivo expiatorio “no en el sentido de buscar a alguien a quien culpar sino de descubrir el espíritu que todos llevamos dentro y que constituye la fuente del mal en el mundo”.2

En Sophia de otoño de 2015 escribí que la marcha del 18F había sido “un rito de paso, un acontecimiento capaz de generar un cambio de la consciencia nacional”. Un año y medio después esa tendencia ha seguido su curso pero aún hoy nos encontramos en la oscuridad, en medio de una lucha de las viejas mafias que recurren a la violencia como método de resolución de conflictos. No se trata de culpar a un partido o a un gobierno, sino de exorcizar de una vez por todas ese espíritu de la violencia que luego de treinta y dos años de democracia sigue entre nosotros sin que hayamos podido erradicarlo de la sociedad. Está en las calles, las escuelas, los hospitales,el fútbol, los escraches, los femicidios, los dirigentes, los medios, las redes sociales… porque sigue estando en cada uno de nosotros. Hemos naturalizado la violencia y no se puede cambiar lo que no se asume. Si queremos avanzar como sociedad, no hay otro camino que cambiar nuestra consciencia individual.

Jung explica el proceso de ampliación de la consciencia, o iluminación. “En casi todas las formas de misticismo, la experiencia mística central de la iluminación se ve simbolizada acertadamente mediante la luz. Que la aproximación a una región en la que nosotros no acertamos a ver sino la senda hacia la oscuridad más absoluta pueda tener por fruto la luz de la iluminación constituye una extraña paradoja. (…) En un gran número de ceremonias de iniciación tiene lugar una catarsis como un descenso a los infiernos, es decir, una inmersión en las profundidades del agua bautismal o un retorno al seno del renacimiento. El simbolismo del renacer se limita a describir la reunión de los opuestos –es decir, de lo consciente y lo inconsciente– ayudándose de analogías concretas (…) el estado resultante, sede de una superior sabiduría, es por ello simbolizado por una mayor luz, y en comparación con la relativa oscuridad precedente, equiparado a una iluminación”.3

No podemos esperar otro Nisman para cambiar. La noche oscura de su muerte, como la de un chivo expiatorio, debe llevarnos a los argentinos a una toma de consciencia, una sabiduría superior, un despertar espiritual. A esa luz interior que nadie ni nada puede quitarnos y que celebran los místicos y los poetas, como Francisco de Quevedo:

Después que te conocí,

todas las cosas me sobran:

el sol para tener día,

abril para tener rosas.

Por mí, bien pueden tomar

otro oficio las auroras,

que yo conozco una luz

que sabe amanecer sombras. 

1 y 2. Thomas Moore, Las noches oscuras del alma, Barcelona, Urano, 2005.

3. Carl G. Jung, Acerca de la psicología de la religión occidental y de la religión oriental, Madrid, Trotta, 2008.

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