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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Punto de Vista

14 octubre, 2014

Aires de libertad

Siempre lo supe. Desde que desembarqué fortuitamente en esta redacción supe que para mí Sophia, la Sabiduría, no era una revista sino una causa: la de proponer un modelo diferente de mujer, más profunda y espiritual, más libre de los mandatos patriarcales, para desde ahí cuestionar la cultura machista. El camino era mostrar que hay “otra vida, desde el alma” con testimonios de mujeres que contradicen los estereotipos actuales. Muchas veces me cuestioné, en línea con la idea de McLuhan de que “el medio es el mensaje”, si una revista mensual –para peor, inevitablemente asociada con el rubro de las femeninas tradicionales– era el medio idóneo para difundir Sophia. Pero me llevó dos años tomar la decisión de soltar la revista mensual –y pasar a una trimestral–, para abocarnos a los nuevos formatos que irrumpieron con Internet. Me abrió los ojos lo que me dijo un amigo joven, con mucha experiencia en revistas (de papel) y en medios digitales, cuando le expliqué el concepto Sophia: “¿Y qué están haciendo adentro de una revista femenina? Sophia no cabe en una revista”. Contundente.

Sin embargo no es tan fácil cambiar. Me volvía al alma una sensación de vacío ante la perspectiva de perder ese vínculo mensual con ustedes, las lectoras. Pero más allá de lo emocional, sentí que el desafío no era solo adaptarnos a las nuevas tecnologías sino, más bien, “soltar la criatura”, esa revista que hicimos mes a mes durante quince años, con tanto amor y compromiso. Había que dejar lo conocido, la zona de confort donde nosotras nos sentimos seguras y contenidas, pero que hoy limita a Sophia.

Además, dar el paso era doblemente difícil porque significaba a la vez el desapego de lo material, lo tangible. Desde fines del siglo XX, con el apogeo de la sociedad de consumo, el “tener” se apoderó del “ser”; tanto que lo material ha llegado a ser casi sinónimo de verdadero y real, y por oposición, lo inmaterial solamente una entelequia o una irrealidad. Aún hoy en nuestro país desde el Gobierno se promueve el consumo de “lo que se toca y se ve, porque todo lo demás es mentira, es cuento chino”.

Reducir las ediciones de Sophia en papel a solo cuatro por año era justo eso: dejar atrás esa tierra firme de lo impreso, de “lo que se toca”. Así y todo, entendimos que ya era tiempo de liberar a Sophia de las amarras del pasado y dejarla levantar vuelo al futuro en “la nube”, con la suavidad de un globo aerostático, para ampliar la visión, llegar más lejos y más rápido a más mujeres y varones de otras regiones… sin mirar atrás.

Momento Kodak

Esta dificultad de desapegarse de lo material puede estar muy arraigada en mi generación pero ya no tanto en los menores de 35 años y ni hablar en los nativos digitales. Muchos jóvenes del mundo desarrollado viven lo virtual y lo intangible como su realidad cotidiana. Todo pasa por la pantalla de sus computadoras y/o de sus teléfonos inteligentes: los vínculos, las noticias, el trabajo, el supermercado, la entrada a un espectáculo, el pasaje de avión o el alquiler de un auto por unas horas. No usan reloj ni agendas, no tienen radio ni televisión ni equipo de música ni cámara fotográfica. Cartas, fotos, videos, películas y música no usan más soportes físicos. Ya casi no hay papeles que atestigüen las operaciones comerciales: todo sucede y se almacena en la nube. El nuevo paradigma del cloud computing se abre paso como una industria que desafía incluso a los soportes tecnológicos conocidos.

Inmersa en esta cultura, la juventud del planeta está rechazando el consumismo irresponsable de sus padres. Lo acusan de arrasar con los recursos naturales, polucionar el medio ambiente y, lo que es peor, amenazar la vida de millones de personas y de infinidad de especies de la naturaleza. Para ellos los objetos –en especial los de lujo– ya no tienen el encanto que tenían, ya no son símbolo de poder ni promesas de felicidad, sino signos de despilfarro propios del pasado, cuando no de inmoralidad o de corrupción. Tapados de piel, joyas de oro, marfiles o diamantes, autos o carteras de alta gama, entre otros, tienen connotaciones negativas para muchos jóvenes de hoy. Poseer objetos les roba espacio y libertad. Los ata a cuidar algo que pueden alquilar por Internet, usar un rato y devolver al sistema, sea una bicicleta, un vestido de fiesta o un sofá para pasar la noche. “No se te puede romper algo que no tenés” está en la base de su filosofía. Viven livianos de equipaje porque lo que consumen son experiencias, como salidas con amigos, viajes, aventuras, recitales, deportes, bienes culturales.

Algunas empresas –tal vez antes que los políticos– han comprendido los signos de estos tiempos y lo llaman, con cierta ironía, el “momento Kodak”. Esto alude a la publicidad de las viejas cámaras con los rollos de negativos, pero también a la feroz crisis que tuvo que enfrentar esa empresa con el advenimiento de la fotografía digital. Como los dinosaurios, la opción es adaptarse o desaparecer.

En el fondo Sophia nunca fue una revista. Por eso, la decisión de adaptarnos a los nuevos formatos digitales de estos tiempos fue algo que al final aceptamos como natural: la Sabiduría siempre tuvo que adaptarse, a través de los siglos, para llegar hasta nosotros. Piedra, papiro, pergamino, papel…

El paradigma de la unidad

Los jóvenes con la tecnología en sus manos están cambiando el mundo. En las últimas semanas participé de cuatro eventos (de los que damos cuenta en el dossier) que tuvieron un denominador común: reflejar el espíritu del nuevo tiempo. IDEA y Voces Vitales mostraron el éxito de las políticas de diversidad que incluyen mujeres en las empresas y en la esfera pública, como agentes de desarrollo y de paz. El cardenal Peter Turkson –representante del Vaticano– habló en ACDE y sorprendió con el mensaje de que los empresarios habíamos dejado de ser los malos de la película para ser considerados los “continuadores de la obra creativa de Dios”, por lo que el objeto central de una empresa debía ser siempre el ser humano.

Finalmente, en el evento de Sustainable Brands, las empresas admitieron sentir un fuerte control por parte de los consumidores jóvenes, que con el poder de las redes sociales hoy les exigen mucho más que un producto. Por eso, el nuevo paradigma que guía sus decisiones es el de la triple sustentabilidad: económica, social y ambiental. No se conforman con ganar plata, aspiran a ser agentes de cambios planetarios. Un director de Unilever explicó que todos los días casi un 30% de la población mundial toma contacto con alguno de sus productos. Eso los llevó a entender el impacto social que pueden generar al asociar sus marcas a una causa, llevando adelante campañas de bien público que promueven cambios de conductas.

Todos estos casos me parecieron ejemplos paradigmáticos de integración positiva entre actores muy diversos, algo impensable hace pocos años. Las fronteras se borran, las divisiones se derrumban dejando paso a la cooperación y surge una visión del planeta como un todo interrelacionado a la hora de tomar decisiones. A pesar de las guerras, de los movimientos separatistas aquí y allá, de las persecuciones religiosas, de los anacrónicos discursos nacionalistas, la revolución tecnológica ha globalizado las relaciones –sociales, económicas, financieras y ambientales– entre los seres humanos y el planeta, de tal manera que ya nadie se piensa solo, nadie se salva solo. La utopía de la unidad avanza.

El materialismo pierde terreno mientras la espiritualidad se perfila como el gran desafío del milenio. Hacer un mundo más justo y equitativo es un imperativo impostergable para la paz. De la mano de la tecnología, un espíritu libre promueve la unidad en todo el mundo. Y aunque el alma y la sabiduría de las mujeres todavía no se han desplegado a sus anchas, ya somos muchas alzando la bandera de nuestros valores y muchos los varones que nos acompañan. Poco a poco, sin hacer ruido, la Sabiduría de Dios recorre el universo y lo renueva. Soplan aires de libertad.

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