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POR Maritchu Seitún - Columnistas

2 marzo, 2016

Adolescentes, comienzo de clases y celular

El gran desafío que todos los padres tenemos por delante es lograr que nuestros hijos no pierdan la concentración en el colegio y aprendan a conectarse con el mundo más allá de su teléfono. ¿Cómo lograrlo?

Después de un par de meses con pocos “bordes” empiezan las clases, vuelven los horarios para acostarse y levantarse, los uniformes, las tareas, las corridas, las presiones de papá y mamá: “Apagá la luz de una vez”, “basta de chatear”, “ no son horas”. Etcétera.

Uno de los grandes temas de discusión con los adolescentes cuando empiezan las clases es el uso del teléfono celular.  Podemos ordenar, prohibir, pone reglas, ser modelos con nuestra forma de usarlos en casa, pero poco podemos ocuparnos de lo que nuestros hijos hacen con su celular en el colegio, tanto en horarios de clase como en el recreo.  Impacta la imagen que circula de los chicos sentados en el patio en el recreo chateando entre ellos en lugar de conversar, e impactan también las quejas de los docentes porque sus alumnos pierden la atención a cada momento por alguna alerta de su teléfono inteligente.

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En Bajo presión Carl Honoré habla de investigaciones hechas en las empresas que demuestran lo fácil que se pierde la concentración ante ese “ping” y el tiempo (diez minutos o más) que se demora en volver al estado de concentración previo a esa irrupción. Él lo comenta en relación al trabajo, pero sus conclusiones se aplican también a la clase con los alumnos (¡y con los docentes!), quienes sucumben del mismo modo ante ese “ping”.  Estas interrupciones realmente atentan contra un estado de atención continuada, indispensable para pensar, entender, profundizar, investigar, crear…  De hecho, cuando en muy raras ocasiones estamos muy concentrados en algo que nos entusiasma, dejamos de escuchar esas señales.

Dejó de dar clases por culpa del celular

Leonardo Haberkorn es un periodista y escritor nacido en Uruguay, muy conocido por sus trabajos en medios y por su reciente trabajo como coautor del libro “Relato oculto: las desmemorias de Víctor Hugo Morales” (Editorial Planeta). Fue el Coordinador de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad ORT, de Montevideo. Hasta que en diciembre dijo basta y dejó de dar clases en la facultad alegando que se hartó de luchar contra la tecnología. “Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez. No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún día a dictar clases en una licenciatura en comunicación. Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla.
Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa de recibir selfies”, escribió en su blog, donde podés leer completo su texto Con mi música y la Fallaci a otra parte.

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En su blog, llamado El Informante, publicó un artículo donde contó detalles sobre su decisión. “Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa de recibir selfies”, explica. El post se viralizó en Twitter, en Facebook, y la conversación en torno a su decisión tuvo eco en varios medios de comunicación.

Las repercusiones del artículo superaron lo que el propio autor esperaba. “He cancelado cinco entrevistas que ya tenía agendadas en radio y televisión, y rechazado otras tantas porque no quiero ganar popularidad con esto”, contó luego Haberkorn en otro post.

Sí, los padres podemos hacer poco ¡pero hagámoslo! Como en muchos otros temas, queda demostrado que no sirven las campañas alarmistas (“se te vana quemar las neuronas”) ni las amenazas, porque ellos no creen que esas cosas vayan a suceder o -en su visión subjetiva de la duración de la vida- creen que falta tanto para que nuestras predicciones se cumplan (si es que se cumplen las enfermedades, materias aplazadas, cerebros arruinados…), que no les preocupa. Nosotros sabemos que el tiempo vuela y no vuelve atrás y que hoy pagamos los errores de ayer. Pero ellos todavía no lo comprenden y no es su culpa. Por eso, no se trata de retarlos ni de darles discursos; tampoco de prohibirles que lleven el teléfono al colegio. Porque ellos nos oyen como quien oye llover ¡y lo llevan a escondidas!

Podemos usar en cambio una técnica de “impregnación” desde varios contextos y situaciones distintos, mostrando un uso diferente de esa maravillosa herramienta que, bien utilizada, nos ofrece infinidad de beneficios. ¿Cómo? Pongamos una canasta en la entada de casa para dejar los celulares de todos al llegar. No interrumpamos nuestra charla con ellos cuando suena nuestro teléfono, tampoco la serie que miramos juntos o la torta que cocinamos con ellos. Comprometámonos a desenchufarnos un par de horas seguidas todos los días cuando estamos en casa, contemos cómo era la vida antes de que tuviéramos celular, cómo nos peleábamos por el teléfono con nuestros hermanos para hablar con amigas/os y novias/os, etc.

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Ofrezcamos conversaciones cara a cara, porque al disfrutarlas quizás descubran cuánto más gratificantes y plenas de dimensiones son que esos mensajitos “planos” en una sola dimensión.

Para lograrlo es indispensable empezar (o continuar) con diversos rituales de charlas familiares y sociales, como la sobremesa o salidas a caminar y actividades compartidas, muchos años antes de la adolescencia, de modo que deseen conservar esos hábitos durante esta etapa. Eventualmente abandonarán o acortarán algunos, pero la adolescencia no es buen momento para intentar iniciar estos hábitos y rituales.

Como psicóloga, un inconveniente que le veo la teléfono es que de tanto usarlo perdemos la fortaleza para tolerar el estado de vulnerabilidad que implica el encuentro personal con ese otro con quien paso tiempo, muestro mis tristeza, mi miedo o mi enojo. Porque el otro a veces responde como “me gusta” y otras no. Y al perderse o disminuir la frecuencia de esos encuentros se pierde también la capacidad para tolerar la  exposición, la fragilidad, el mostrarse frente a otro, y también para tolerar las fallas y los desencuentros.  Al no practicar esa capacidad, ingresamos en un círculo vicioso que nos lleva a escondernos cada vez más adentro del teléfono y  conectarnos sólo a través de él.  Nosotros no podemos obligarlos a tener conversaciones de intimidad con sus amigos o novios, pero sí podemos ofrecerles ese tipo de encuentros para que los disfruten y a partir de allí busquen replicarlos en otras relaciones.

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No olvidemos estar atentos al estilo de sus mensajes y comunicaciones telefónicas. Como casi todas las cosas, ese ejercicio se aprende con al práctica y el ejemplo.

Al no ver la cara del otro y no ser testigos de lo que ellos provocan con su mensaje, pueden no aprender a modular lo que dicen o escriben y no tienen registro del efecto que pueden causar. Por eso necesitan nuestra ayuda durante los primeros tiempos, y también que sigamos de cerca sus acciones digitales hasta estar seguros de que internalizaron bien las reglas y códigos necesarios. Porque muchas veces los chicos compiten con otros por llamar la atención con sus publicaciones, tienen la necesidad adolescente de brillar, de ser vistos y reconocidos, y esto convierte el ámbito digital en un caldo de cultivo para los problemas: cada vez tienen que ser más graciosos, o más zafados, o deben burlarse de alguien…

Es importante también avalar la postura de los colegios que piden a los chicos que apaguen los celulares antes de entrar a clase, y también las consecuencias que proponen para lograrlo. Ya que resulta impensable pedirles que no los lleven al colegio (como habría sido lo natural hace unos pocos años), es fundamental que ellos se ocupen de que los chicos pasen las horas de clase  sin la interrupción de esos “ping” que atentan contra la atención concentrada.

¡Y recordemos no mandar mensajes a nuestros hijos cuando están en horario escolar, para no distraerlos ni tentarlos a mirar de qué se trata!

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