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POR Maritchu Seitún - Columnistas

19 abril, 2016

Actividades extraescolares: ¿si o no?

La existencia de una vasta oferta de talleres y disciplinas artísticas y deportivas para chicos, nos llevan a preguntarnos si debemos anotarlos en distintos cursos para que prueben y descubran nuevas destrezas. Pero... ¿y si hijos y padres nos agotamos en el camino?

Cada año, se multiplican las ofertas de actividades para los chicos después de la jornada escolar. Resultan interesantes, incluso necesarias, para los que van a escolaridad simple y que, por razones de falta de seguridad en las veredas, no tienen espacio suficiente para jugar y divertirse en la calle, como antes.

Pero los padres tenemos que elegirlas de modo que sean adecuadas para la edad de nuestros chicos, favorezcan la creatividad, la imaginación y la flexibilidad, e inviten, además, a la cooperación y no a la competencia durante los primeros años. En el colegio ya tienen suficiente con quedarse sentados y quietos para hacer las cosas tal como las pide la maestra.

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Tengamos claro que, cuando las actividades son muchas, nos estresamos todos: nosotros, por tanto llevar y traer; ellos, porque al final del día no les queda tiempo para descansar, aburrirse, jugar o hacer la tarea y estudiar, por lo que nos vemos forzados a apurarlos apenas llegan (“Hacé la tarea”, “Andá a bañarte”, “Vení que te paso el peine fino”). Y a cada rato surgen consultas con el pediatra y otros profesionales, como el dentista, la ortodoncista, la fonoaudióloga, la psicóloga, la psicopedagoga…

El problema es que las ofertas extraescolares son muy atractivas: están entretenidos, van con sus amigos, son buenas para su desarrollo, les interesa el tema y está de moda que vayan. A veces, los adultos las usamos como “niñeras”, para que se diviertan, no se peleen tanto entre ellos, no vean tanta televisión o usen menos la computadora, sin darnos cuenta de que, para un buen equilibrio interno, hace falta también un rato de tiempo libre todos los días.

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El segundo inconveniente que observo es que terminamos mandándolos a cursos de cosas que nosotros mismos –sus padres– sabemos hacer, como cocinar o jugar al fútbol. No tenemos tiempo de enseñarles, ocupados como estamos llevando y trayendo a los chicos a los cursos, o a la indispensables psicopedagoga y fonoaudióloga. Cocinar, jugar al fútbol, tejer o pintar con papá o mamá tienen un valor agregado de afecto, dedicación personal y vinculación que no logra ningún taller, por excelente que sea.

Como en muchos otros temas, se trata de lograr un equilibrio que atienda las necesidades reales de cada integrante de la familia. Pero sostengo con firmeza que los chicos que van a doble jornada durante los primeros años (preescolar, primer grado y a veces segundo) tendrían que volver a casa a descansar y jugar, sin hacer ninguna otra actividad más que ir al colegio. Podemos ir incorporando alguna opción de acuerdo con sus intereses en segundo o tercer grado, y podrían ser dos hacia el final de la primaria, una artística y otra deportiva.

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Por eso, cuando busquemos colegios de doble jornada, ya sea porque trabajamos o porque queremos para nuestros hijos una educación de excelencia y/o bilingüe, elijamos aquellos donde las actividades especiales (musicales, artísticas, deportivas, etc.) sean de muy buen nivel, de modo que cuando salgan a la tarde ya no necesiten hacerlas afuera.

Mi propuesta no ayuda a descubrir en nuestro hijo un futuro gran tenista, violinista o jugador de fútbol (tengo entendido que para lograrlo hay que empezar muy temprano). Pero nos permite ofrecerles una infancia y una niñez verdaderas, sin adelantar la competencia, la exigencia, las presiones, las corridas, que son ineludibles al crecer y de las que ya tienen más que suficiente en el colegio.

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