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POR Maritchu Seitún - Columnistas

29 junio, 2017

Abuelos del siglo XXI

Estar con los nietos, cuidar de ellos, hacer lo que hacían nuestros propios abuelos cuando éramos chicos: nos regalaban su tiempo para construir un vínculo muy especial. El desafío de estar más presentes, la enorme alegría de crecer junto a ellos.

Para convertirse en abuelo/a hay que ir llegando a la tercera edad. Cuando éramos jóvenes, veíamos muy lejos esa etapa y muy grandes a los mayores… Pero heme aquí, con hijos adultos que ya no viven en casa ¡y con nietos!

Poco a poco empiezo a comprender a mi abuela cuando, a los 90, me decía: “Vos no entendés; cada vez que me miro al espejo me sorprendo porque espero encontrarme de 30”. O a mi madre, cuando ante al impacto que me causaban mis 40 recién estrenados, me preguntó: “¿Te imaginás lo que es ser la madre de alguien de 40?”. La realidad es que la edad de nuestros hijos (o sobrinos o hijos de amigos) nos conecta con los años transcurridos, que recordamos también cuando nos levantamos del piso, cuando un nieto nos pide que lo alcemos o que hagamos una vuelta carnero o que saltemos a la soga o que juguemos al fútbol.

Estemos atentos a nuestro enorme valor en la vida de nuestros nietos, ya que es mucho lo que perdemos cuando nuestros compromisos no nos permiten pasar tiempo con ellos, y lo que ellos pierden al no tener esa atención disponible, aunque sea de a ratos, que los hace sentir los mejores del mundo. Porque para los abuelos los nietos suelen ser preciosos, brillantes, excelentes deportistas, con ideas, historias y chistes geniales.

La relación con los nietos pasa por diferentes etapas: si no tenemos una relación de mucha presencia desde que son chiquitos, no les va a interesar pasar tiempo con nosotros. No pretendamos tener intimidad con ellos cuando son más grandes porque a ellos ya no les va a interesar relacionarse con ese ilustre desconocido que dice llamarse abuelo.

“Estemos atentos a nuestro enorme valor en la vida de nuestros nietos, ya que es mucho lo que perdemos cuando nuestros compromisos no nos permiten pasar tiempo con ellos, y lo que ellos pierden al no tener esa atención disponible, aunque sea de a ratos, que los hace sentir los mejores del mundo”.

Durante los primeros años podemos dar a nuestros hijos ayuda concreta: quedarnos con el mayor cuando nace el bebé, llevarlos a la cama cuando la mamá está con fiebre, buscarlos en el cole cuando se enferman y los papás trabajan; jugar en el piso con ellos, llevarlos a almorzar, contestar sus preguntas: solo algunos de los miles de pequeños ladrillos con los que puede armarse ese vínculo precioso.

El gran tema hoy para nosotros, adultos mayores del siglo XXI, es encontrar la forma de conciliar nuestra vida profesional, las ganas de viajar, de tener una vida social y de hacer otras actividades, sin dejar de hacer lo que hacían nuestros abuelos, que tenían tiempo y nos lo ofrecían: nos cuidaban, nos llevaban a pasear, nos invitaban al cine o a dormir a su casa, nos enseñaban a coser, a cocinar, a armar casitas en los árboles, nos leían, o nos contaban historias de cuando ellos eran chicos, sin televisión, ni autos, ni aviones.

En este mundo posmoderno que nos invita a no perdernos nada y al puro placer, a estar cada vez más atentos a la pelusa de nuestro ombligo, el gran riesgo es que tengamos pocas ganas de entregar tiempo a nuestros nietos, sin darnos cuenta de  que nosotros somos quienes somos, en parte, porque nuestros abuelos estuvieron disponibles

Un chiquito no puede decir: “Quiero una abuela que me cuente cuentos y tenga tiempo para mí”. Somos los abuelos quienes, al recordar nuestra infancia, podemos ver la importancia de nuestra presencia en la vida de esos chiquitos, hijos de nuestros hijos. Y recordar a María Elena Walsh cuando cantaba: “Quiero cuentos, historietas y novelas, / pero no las que andan a botón. / Yo las quiero de la mano de una abuela / que me las lea en camisón”.

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