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Sophia - Despliega el Alma

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POR Cristina Miguens - Columnistas

18 febrero, 2015

#18F: Silencio, duelo y luto

Al igual que a muchos argentinos, la aparición sin vida del fiscal Alberto Nisman luego de presentar una grave denuncia por encubrimiento contra la presidenta de la Nación y su entorno, me encontró de vacaciones, y logró cambiar radicalmente el clima de paz y serenidad que siempre encuentro en ese paraíso que es el Nahuel Haupí. En medio de tanto caudal informativo, hice un esfuerzo para no dejarme inundar por la desesperanza. A tres semanas del hecho y con escasos avances en la causa, hay una escalada de violencia verbal en los medios y las redes sociales, que incluye amenazas a jueces y a fiscales, quienes lejos de amedrentarse, han convocado a una Marcha del Silencio para el 18 de Febrero -primer mes de la muerte-, en señal de homenaje a su colega muerto trágicamente.
Debatir si la marcha es o no es política es absurdo: obviamente es un hecho político salir a la calle a manifestarse. Lo que se puede discutir es si se trata de política “partidaria” con fines electorales o “a-partidaria” por motivos institucionales. Por mi parte, creo que el posible asesinato de Nisman es un gravísimo atentado a un miembro de la Justicia del país (no de un partido), y por eso me sumo al homenaje. Pero no tengo el menor reparo en marchar junto con todos aquellos kirchneristas o de cualquier partido que sientan esto mismo.
En realidad voy más lejos: creo que el 18F debía ser un día de duelo nacional declarado por nosotros, los ciudadanos de la Nación Argentina, sin importarnos que la presidenta CFK no lo hubiera hecho al momento de la muerte. ¿Por qué esperar a que el gobierno declare oficialmente el duelo nacional si nosotros lo sentimos así en nuestra alma? Yo no necesito el papel oficial para sentir el impacto y el duelo. Me duele y me angustia la trágica muerte de una persona que se atrevió a denunciar al poder político (como ya sucedió otras veces); me duele el dolor de su madre y de sus jóvenes hijas; me duelen los familiares de las víctimas del atentado de la AMIA que deberán seguir esperando después de 21 años para obtener justicia; me duele la República Argentina -que es de todos nosotros-, porque perdió a un funcionario de la Justicia en cumplimiento de su deber y hoy muchos otros están amenazados. Y en señal de ese duelo, decidí ir a la Marcha del Silencio vestida de negro, llevando luto por Nisman y por todo lo que su muerte simboliza, una señal que la presidenta CFK debiera poder entender muy bien, ya que ella exhibió durante más de tres años un riguroso luto por su marido…
En estos pensamientos estaba, tratando de encontrar algo de luz, cuando se me ocurrió ir a buscar en las lecturas diarias de la Misa, aquellas que correspondían a la liturgia del 18 de Febrero. Cuál fue mi sorpresa al enterarme que ese día es Miércoles de Ceniza, día en que comienza la Cuaresma que es un tiempo de reflexión, de arrepentimiento y de conversión para los cristianos, en preparación para celebrar la Pascua. Es un día tan importante que la Iglesia nos pide hacer ayuno y en las misas se imponen las cenizas sobre la cabeza de los fieles, siguiendo el antiguo ritual en señal de penitencia para implorar el perdón de Dios. Comparto parte de la primera lectura que se leerá el 18 de Febrero, la profecía de Joel, capítulo 2.

Ahora dice el Señor: vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios, porque Él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad y se arrepiente de sus amenazas. (…) Toquen la trompeta en Sión, prescriban un ayuno, convoquen a una reunión solemne, reúnan al pueblo, convoquen a la asamblea, congreguen a los ancianos, reúnan a los pequeños y a los niños de pecho! (…) Entre el vestíbulo y el altar, lloren los sacerdotes, los ministros del señor y digan: “Perdona, Señor, a tu pueblo, no entregues tu herencia al oprobio, y que las naciones no se burlen de ella”.

Hace rato que descreo de las coincidencias. Este Miércoles de Ceniza, todos los argentinos –creyentes o no- podríamos hacer algo más que marchar en silencio. Podríamos hacer silencio para escuchar nuestra alma, examinar nuestra consciencia y preguntarnos con honestidad en qué nos equivocamos, de qué debemos arrepentirnos y pedir perdón. Porque no hay cambio sin arrepentimiento.

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