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Psicología

20 marzo, 2019

Claves para sanar el miedo

Todos, en mayor o menor medida, lo experimentamos alguna vez. Y frente él nos sentimos frágiles, quedamos paralizamos o nos preguntamos cómo animarnos a vencerlo. ¿Se puede hacer de la experiencia un camino de descubrimiento y sanación? Sí, se puede...


Por Graciela Figueroa*

Para la Autoasistencia Psicológica, modelo con el que trabajo hace muchos años, sentir miedo no es el problema, sino que señala un problema: la desproporción entre la amenaza a la que nos enfrentamos y los recursos con que contamos para resolverla.

El miedo es una de las emociones menos comprendidas y más descalificadas. Sus consecuencias se manifiestan en varias áreas: corporal, mental energética, cognitiva. En la vida cotidiana puede manifestarse  como evitación, restricción, incluso como aislamiento.

En general, lo definimos como la sensación de angustia, desasosiego y vulnerabilidad que experimentamos ante la percepción de un desafío o amenaza. Una “amenaza” siempre lo es «para» alguien y, que lo sea o no en verdad, dependerá de los recursos interiores de los que dispone la persona ante esa situación determinada. 

Esta observación puede parecer obvia, aunque alcanza su verdadero significado al disponernos a conocer en profundidad esta emoción. Les propongo observar aquellos miedos que forman parte de la vida cotidiana y que no queremos sentir.

«Puedo enojarme por sentir miedo, avergonzarme, o bien acompañarme en el miedo que siento».

Cuando asistir a una entrevista de trabajo o hablar en público nos produce miedo, podemos hacer un ejercicio: observar en detalle lo que ocurre en nuestro interior. En ese momento, seguramente observaremos que también reaccionamos al miedo que sentimos. Esta reacción es una segunda emoción que puede presentarse como enojo, vergüenza, culpa, comprensión, temor, justificación, etc. 

Puedo enojarme por sentir miedo, avergonzarme, o bien acompañarme en el miedo que siento.

La importancia de esas reacciones es que pueden contribuir a tranquilizar, atenuar o a agravar el miedo inicial. Esta secuencia interior alberga potencialmente un gran poder sanador que, por lo general, desconocemos. Ese poder reside en tener la oportunidad de sanar heridas emocionales y crear nuevas capacidades y dones.



Como niños asustados

Imaginemos la siguiente escena: un niño está jugando en la plaza. Un perrito se le acerca, el niño se asusta, sale corriendo y llora. Su mamá también se asusta, lo sigue, lo alcanza, se enoja, lo reta… O lo avergüenza diciéndole que ya es grande para asustarse por un cachorrito que solo quiere jugar con él… O lo comprende, brindándole contención y un abrazo… 

Pensemos: ¿qué efecto produciría en el niño cada una de estas actitudes? ¿Y qué pasaría si esas actitudes constituyeran un patrón de comportamiento de esa mamá o tío o abuela que se repite una y otra vez…? 

Nuestra parte temerosa es como ese niño asustado y su temor crece o disminuye según el trato que reciba. ¿De quién? Esencialmente de nosotros mismos. 

Volvamos ahora a nuestro “aspecto temeroso”. Como dijimos, el  miedo -además de ser una emoción que nos duele sentir- es una muy refinada señal que indica una desproporción entre la amenaza a la que nos enfrentamos (la entrevista laboral, conocer gente nueva en una fiesta, hablar en público, etc.) y los recursos con que contamos para resolverla.

«Cada emoción aflictiva es una señal específica. Reprimir, esconder o enojarse no resuelve aquello que la activó».

Una señal puede ser una alarma. Y que, cuando se activa, alerta acerca de algo que ocurre y a lo que es necesario prestar atención. Como la alarma de incendios, que se activa si detecta humo, o la del auto, que suena cuando alguien intenta forzar la puerta; el miedo se activa cuando los recursos son insuficientes frente a una amenaza. Sin embargo, lo más habitual es que, cuando se trata de emociones aflictivas y, en este caso, del miedo en particular, tendamos de neutralizar la situación, de “apagar” la alarma. 

Pero cada emoción aflictiva es una señal específica. Reprimir, esconder o enojarse con la señal no resuelve aquello que la activó. Tampoco  disimular, enojarse, evitar o esconder el miedo.

Tiempo de sanar

Aprender a escuchar y asistir a nuestra parte temerosa es crecer en confianza, en recursos, en amor y compasión. Y también es aprender a desactivar, gradualmente, la señal o alarma, porque se inicia a través de esas actitudes una conversación amorosa capaz de crear nuevos estados interiores.

Sanar el miedo es sanar la relación que establecemos con nosotros mismos cuando sentimos miedo. Tan importante como la amenaza que percibimos es la relación que establecemos con nuestro aspecto temeroso.

«Aprender a escuchar y asistir a nuestra parte temerosa es crecer en confianza, en recursos, en amor y compasión. Y también es aprender a desactivar, gradualmente, la señal o alarma, porque se inicia a través de esas actitudes una conversación amorosa capaz de crear nuevos estados interiores».

Aquello que nos decimos cuando sentimos miedo puede tranquilizarnos, crear posibilidades, desarrollar confianza o cronificar y aumentar el dolor.  Y la cuestión solo depende de nosotros y de nuestra capacidad de autoempatía, de compasión y de amor.  

Amar, asistir, incluir, cooperar con aquello que está menos crecido, más herido, es la alquimia que transforma un estado de necesidad en destino de plenitud.   

La inteligencia amorosa que diseñó todo lo que existe  ha producido maravillas. Somos parte de ellas.

El  miedo, ademas de ser muy doloroso de experimentar, trae un mensaje que permite enriquecer nuestra vida, no solo restringirla. Cuando lo comprendemos, nuestra conciencia se expande porque se ha manifestado una vez más el Amor en nosotros. Y un nuevo proceso de sanación ha comenzado.



*Graciela Figueroa es Counsellor, formadora en Autoasistencia Psicológica, Sabiduría de las Emociones y Diálogos Interiores.

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