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Cocina

16 octubre, 2015

Choly, la “madre hogar”

Cumplió más de cincuenta años como cocinera y conductora de TV. En sus programas jamás faltaron las anécdotas familiares, la sencillez y el humor. Ella nos enseña que a la vida, como a la cocina, hay que hacerla fácil. 


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La casa de Choly Berreteaga, en pleno centro comercial de Castelar, parece salida de otro tiempo y es un oasis, un caserón lleno de habitaciones que termina en un jardín con árboles añosos y una pileta enorme. Luego de atravesar un living cargado de libros y recuerdos, llegamos a la cocina, al comedor y, más allá, en el fondo, la dueña de casa nos señala un banco, una pieza antigua que construyó su marido hace muchos años.

En ese rincón favorito, Choly se sienta, conversa, posa para las fotos y, por momentos, vuelve a ser Cholita, como le decía su padre en la infancia, o Choly, la esposa, la mamá y la gran cocinera de todos los argentinos, ese título que supo conseguir a lo largo de ¡cincuenta años! de conducción en televisión.

Desde su debut, en 1963, en el programa Buenas tardes, mucho gusto (sí, el de Doña Petrona), Choly escribió cincuenta libros de cocina y hoy podría aparecer en el libro Guinness de los récords, pero nunca hizo los trámites y en cambio está acá, en la misma casa de siempre, preparando una torta de manzana para nosotros, las visitas (“Tuteame, hija, y el fotógrafo, Martín… ¡Qué lindo tener gente joven en casa!”, dice).

Minutos después,  está parada en la cocina y menciona a los nietos, a los bisnietos, a Claudia, su hija, y a muchos sobrinos que abrazó y crió como si fueran hijos propios. Luego recorre las habitaciones de su casa, rescata momentos clave y va y viene en el tiempo hasta que se detiene en un regalo de cumpleaños en forma de torta; una suerte de línea del tiempo de su vida: “Mirá, ahí está la luna de miel con Tibu, mi marido; está el nacimiento de mi hija y tantas otras cosas. Abajo, al final, dice que tuve hijos, que planté árboles, que escribí libros…”.   

–Cuando llegaste a esta casa tenías 15 años…

–Sí, era muy joven, y en esa época acá había solo quintas, la calle era de tierra. Hoy mi casa es la única de la cuadra porque los demás son todos comercios. Acá vivíamos con mi mamá y mis hermanos, porque mi papá falleció antes, temprano, cuando yo tenía 12 años. Con el tiempo, me quedé con Tibu y acá fueron naciendo los hijos, venían los sobrinos, fue pasando la vida. Recién cuando murió mi marido, hace cuatro años, pensé en venderla. Vinieron los tasadores, pero al final no pude. Acá es donde me crié, donde tengo mis afectos, donde dejé partir a la familia: en esta casa murieron mi madre, mi marido, un hijo… (N. de la R.: Su hijo, Luis, falleció tempranamente). Para otros puede ser solo una casa con muebles, pero yo nací con estos muebles, con ese comedor enorme y aquel fondo…

–¿Ahora venís los fines de semana?

–Sí, cuando se fue Tibu, compré un departamento en Buenos Aires y durante la semana estoy ahí, cerca de mis afectos. Tengo una nieta adorada, Paulina, que vive a la vuelta de casa. ¿Sabés que, además de los libros de cocina, también escribí una novela? Soy muy lectora y pienso que toda persona que lee mucho tiene que sacar afuera algo de eso. En mi vida escribí muchas historias, pero editada tengo esta novela, La casa olvidada. Cuenta la historia de una chica, Clara, que viene a vivir a un pueblo cer cano a lo que era la Capital a principios de siglo, un lugar parecido a Castelar. En la historia hay mucho de mi vida. Y tengo otras cosas escritas. No seguí publicando porque me parecía que era mezclar mucho todo. La gente me conoce como cocinera, y después de haber publicado cincuenta libros de cocina, iban a decir: “¡Pero esta señora es multiuso!”.

–En 2011, cuando recibiste el premio Martín Fierro a la trayectoria, volviste a ver las imágenes de Buenas tardes, mucho gusto, con Doña Petrona. ¿Cómo es volver a esos momentos ahora?

–Lo de ese día fue una sorpresa enorme porque dijeron mi nombre y por la pantalla empezaron a pasar secuencias del programa y recordé muchas cosas… me emocioné mucho. Este va a ser mi último año en televisión y es increíble que hayan pasado cincuenta años. Empecé en 1963, cuando se hacían los programas en vivo y en directo, y había que preparar las recetas en el momento. ¡Las cosas que me han sucedido! Llegué porque un día mi sobrina Alicia me dijo: “¿Por qué no escribís a Buenas tardes, mucho gusto”. Pensé que era una locura, pero igual escribí. Para mi sorpresa, al tiempo me llamó Blanca Cotta, del programa, para decirme que llevara algunas recetas. Llevé la pizzonda, un pan relleno que les gustó mucho. Me acuerdo de cómo practicaba con un despertador antes de ir, para hacerlo en los tres minutos que tenía. Mis hijos en ese momento eran chicos, y Claudia, detrás de la puerta, me decía: “Mami, ¿estás jugando a Buenas tardes, mucho gusto?”

–¿Cómo fue que decidiste salir a trabajar?

–En un momento, mi esposo, que –pobre– había peleado en la Guerra Civil española, se enfermó de los huesos y en casa todo cambió de un momento para otro. Fuimos de médico en médico y nos mudamos por  un tiempo a Mar del Plata por el aire marino, que le hacía bien, pero nada, no hubo caso… Durante años mi marido había tenido un negocio de repuestos para autos muy importante, en Constitución, pero tuvo que parar. El dinero para poner otro negocio se había ido con los médicos, así que le dije: “Voy a trabajar”. Así empecé. Primero daba clases particulares de francés, después estudié cocina y me puse a dar clases en una escuela de Castelar, y después vino lo del programa de televisión. Hoy me alegro de que me haya pasado todo aquello porque hasta ese momento había vivido una vida regalada. Había sido la hija menor, muy mimada por mamá y mis hermanos. Lo que pasó me volvió los pies a la tierra.

–¿Cuál creés que fue la clave para haber permanecido en la tele durante tantos años?

–Creo que una de las claves fue haber tenido siempre un perfil bajo. Jamás pensé que fuera una artista ni mucho menos por estar en televisión. Hablaba el mismo lenguaje de las señoras que me escuchaban. Les contaba de mi marido, de los hijos, de las cosas de la vida o de los libros que me gustaban. Siempre quise transmitirles algo que para mí es fundamental: que cocinar es un acto de amor. Cuando cocinás, estás haciendo amor para que otros lo reciban. Siempre me importó alimentar el espíritu de la gente, no solo el estómago.

–Las televidentes te sentían como una más de la familia…

–Sí, eso me pasa hasta hoy, y es muy lindo. Y como leo tanto, siempre trato de compartir con ellas alguna frase y fomentar la lectura. Hoy, por ejemplo, terminé de releer El Evangelio según Jesucristo, de Saramago. Me encanta ese autor, entre muchos otros. En mi época de juventud, me gustaba Charles Dickens, una lectura que me fomentó mi hermano Raúl, que era médico, un hombre maravilloso. Tuve tres hermanos, todos mayores. Mi hermana, la mamá de Alicia, murió cuando ella nació. Yo tenía 15 años y, como tenía sobrinos de mi hermano mayor, los chicos eran como juguetes vivientes para mí. A Alicia la llevaba a pasear en el cochecito y algunos creían que era mi hija en vez de mi sobrina. “Pobre chica”, decían. 

–¿Y tu mamá?

–Mi mamá estuvo siempre ahí. Murió de grande, a los 82 años. Ella fue la que me transmitió el amor por la cocina. Cuando era chica, nos hacía unos emparedados deliciosos, que ahora les hago a mis nietos, y tenías que ver lo que era su mousse de chocolate. Creo que para ella fui un poco el palenque donde apoyarse porque se había ido su hija mayor, un golpe tremendo. Fui la hija de la menopausia de mi mamá, y siempre la embromaba por eso. Cuando nací, ella tenía 42 años.

–Antes decías que, a lo largo de la vida, sufriste muchas ausencias…

–Sí, fueron muchas las pérdidas, esas cosas de la vida que te van formando, porque hay golpes que te marcan. Hubo momentos que no fueron fáciles, y llevar adelante y con buen humor a mi esposo también tuvo lo suyo. Él sufrió muchísimo con su enfermedad, que mitigó lo que era, un hombre fornido, un vasco fuerte. Igual, con los años, al costado de la casa, hizo muchas cosas, levantó locales… Al principio, le decía, “Ay, Tibu, se estropea todo”. Y él me decía: “Se estropea todo, pero vas a tener una vejez tranquila”. Qué razón tenía, porque desde entonces están alquilados. Aunque los tengo muy bajos, igual suman. Con mi trabajo he podido ganarme la vida, la verdad, pero también he gastado. Con Tibu nos gustaba viajar.  Fuimos a Europa, a Cuba, a veces nos íbamos con toda la familia…

–Viviste la vida intensamente…

–Sí, también viajé por trabajo a Cuba, Perú, Chile, Bolivia, Paraguay, Alemania, Rusia. Iba a los Congresos Gastronómicos y a hacer cursos de formación. Ahora, a algunos de mis nietos y a mi sobrina nieta Natalia les gusta mucho la cocina. Mis nietos Laura y Mario se dedican a esto. (Llega su sobrina Alicia. Choly la abraza y dice: “Con ella hice de madre, de tía, de hermana mayor, de todo”). 

–Choly, ¿sos creyente?

–Sí, creo en Dios, pero no soy practicante. Para eso está mi hija, Claudia. Ella sí va a misa por todos nosotros. En los momentos difíciles, creer ayuda. Pude apoyarme un poco en Dios y otro poco en mí misma. Hay que ser fuerte para los demás, no dejarse vencer. Cuando se fue mi esposo, estuve tres veces internada, y la última fue terrible. Tuve un síncope, me caí redonda. Vino la ambulancia, me llevaron y estuve en terapia. Yo digo que uno sigue por el entorno. Si no tenés entorno, te dejás morir. Te quedás en la cama y chau. Gracias a Dios, tengo un entorno de mucho cariño.

–¿Y esa relación preciosa que tenés con las señoras que miran tus programas?

–Sí, qué lindo, me pasan cosas increíbles. Hace un tiempo fuimos a cenar a un restaurante sobre la calle Corrientes con Alicia y un sobrino de España. Estábamos ahí, y cuando terminamos de comer, ¡se levantaron todos a aplaudirme! Me quedé tan helada que no sabía qué hacer… También me gusta mucho cuando me cuentan que desde que ven los programas, algunos matrimonios le ponen más cariño o ganas al momento de cocinar. Y hace un tiempo me enteré de que mi primer libro, Cocina fácil para la mujer moderna, vendió más de un millón y medio de ejemplares.

–¿Y con los chicos jóvenes, Choly? ¿Cómo ves los cambios que se van dando en la gastronomía con el boom de los cocineros jóvenes?

–En todo cambio hay cosas buenas y otras no tanto, pero trato de tomar lo positivo. Es muy lindo cuando viene gente joven con nuevas propuestas e ideas. En mi programa trabajan chefs jóvenes, y me gusta estar con ellos, vamos intercambiando cosas. Con Narda (Lepes) también hemos compartido algunos programas en Utilísima. En realidad, ella cocina como en la vieja época y no hace todo con cuchillo y tenedor, trabaja con las manos, me gusta estar con ella…

–Tu lema fue siempre simplificar las cosas, hacerlo fácil…

–Sí, toda la vida. Cuando empecé con Buenas tardes, mucho gusto, los que estaban eran cocineros de alta cocina y yo tenía que diferenciarme, así que propuse hacer cocina práctica, es decir, lo mismo, pero por un camino fácil. Sigo haciendo eso porque las mujeres cada vez tienen menos tiempo y son más prácticas. No hay que hacerlo difícil, hay que hacerlo fácil para todos los que nos rodean. Y saber darles valor a las cosas importantes…

–¿Alguna otra receta para la vida, Choly, a tus 85 años?

–Sí, que hay que valorar los momentos felices y capitalizarlos porque son cortos. Disfrutar de los hijos, los nietos; disfrutar de las cosas más simples, porque las pequeñas cosas son las que hacen la vida. Me levanto a la mañana y agradezco poder levantarme sola, poder hacer mis cosas sin depender de otros. A los 85 años es mucho poder decir eso.

–Fuiste una pionera a la hora de salir a trabajar. ¿Cómo ves la evolución de la mujer en este sentido? ¿Es todo positivo o, a veces, nos pasamos un poco de rosca y ya no estamos ni un minuto en casa?

–No. Las mujeres ganamos mucho saliendo afuera. Imaginate la vida que habría sido para mí quedarme dentro de mi casa. ¿Con qué perspectiva? Para mí, haber podido salir fue lo más importante y pude conocer gente muy valiosa…  Estaban Cormillot, Canela, Miriam Becker; personas de las que aprendí mucho. Ahora veo a las chicas jóvenes y me gusta ver que viven la vida con una mayor libertad, con menos prejuicios. Pueden elegir mucho más. Cuando era chica, para salir con un novio, tenías que estar acompañada. Ahora se me ha abierto la cabeza de tal forma que veo bien que las chicas vivan con sus parejas durante un tiempo y, si les parece bien, se casen después.

–Luego de cincuenta y cuatro años de matrimonio, ¿tenés algún consejo para la vida en pareja?

–Con el vasco llegamos a cumplir las Bodas de Oro y puedo decir que en el matrimonio todo es cuestión de tolerancia. A la pareja, a veces, no es fácil llevarla adelante. Hubo momentos en los que tenía ganas de estrangularlo, y él a mí, pero pudimos poner en la balanza un montón de valores y, gracias a Dios, fuimos capaces de seguir juntos. Hay algo muy importante y es que cada uno debe tener su independencia. Mi marido era deportista, nadaba e iba seguido a jugar al golf. A veces, me llevaba, pero yo movía el palito y me aburría tanto que no, no podía. Por suerte, tenía mi trabajo, que para mí era hasta una diversión. Tener espacios propios en la pareja ayuda mucho.

–Última pregunta, Choly. Antes decías que tu marido te deseaba una vejez tranquila… ¿La cosecha es dulce?

–A veces, digo: “Podría haber hecho esto o lo otro”, pero puedo decir que viví feliz, que hice todo, todo lo que Dios manda (se ríe). Los años traen experiencia, con el tiempo ganás sabiduría y soy una agradecida. Ahora espero poder dejarles algo de esa experiencia y todo el cariño a los nietos. A ellos les digo que lo importante en la vida es ser sincero con uno mismo para poder serlo con los demás, porque a la larga se ve quién sos. Este año, en Utilísima vamos a grabar unos especiales, y en uno de ellos van a estar mis bisnietos. ¿Vos tenés chicos? Antes de irte, te doy los ingredientes de los emparedados que me hacía mi mamá. Se hacen con pan, salsa blanca, queso, jamón y huevo… Y acordate: a la cocina hay que ponerle amor, hacerlo pensando en los demás. Antes de elegir una receta, pensá siempre en qué le gustaría comer al otro.

Por Agustina Rabaini. Fotos de Martín Pisotti. Publicada el 14 de marzo de 2013.

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