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Inspiración

7 Abril, 2017

“Camino para razonar y para olvidar, para alejarme y para llegar”

Caminar beneficia al cuerpo y enciende el espíritu. Se recomienda hacerlo hasta que los pensamientos se alineen con nuestros pasos. Una caminante y viajera apasionada, que lleva veinte años recorriendo el mundo, comparte en estas líneas algunas ideas y hallazgos sobre la filosofía de andar.


Texto y fotos: Carolina Reymúndez.

Camino para entender. Para ver y para pensar. Camino para buscar perspectivas y para despejarme. Cuando estoy mal, cuando estoy bien, camino. Si hace frío, si llueve o si hay viento, camino. También con calor, incluso con muchísimo calor. Sola y acompañada. Camino cuando estoy de viaje y en mi ciudad. Un pie delante del otro y el otro delante del anterior, y así sucesivamente. Como una letanía en acción.

“Caminar en sí mismo es el acto voluntario más parecido a los ritmos involuntarios del cuerpo, a la respiración y al latido del corazón. Caminar supone un sutil equilibrio entre trabajo y ocio, entre ser y hacer”, escribe la ensayista californiana Rebecca Solnit en su libro Wanderlust. Una historia del caminar (Capitán Swing, Madrid, 2015).
En un día de corazón soleado no cuesta nada, fluyen los pasos, van solos, soy liviana. Hace algunas tardes, al volver del cementerio, me pesaron los pies. Aunque no era mi muerto, la muerte siempre es de todos. Las piernas parecían de palo, rellenas de miedo. Las diez cuadras se multiplicaron y tuve el cansancio de varios kilómetros.
Cuando sentí que había perdido todo, caminé, y caminé cuando tuve la impresión de haber entendido algo del todo. Camino para razonar y para olvidar, para alejarme y para llegar. Camino para ordenar las ideas y para buscar ideas.

Caminar conecta con uno mismo y con el deseo. Como si los pensamientos se alinearan con los pasos. De repente desaparecen las dudas y todo es más nítido.

Hace poco leí Del caminar sobre hielo, un breve diario de una caminata del cineasta Werner Herzog. Resulta que en 1974 Herzog se enteró de que su amiga la gran cineasta alemana Lotte Eisner estaba gravemente enferma. Ante la impotencia y la desesperación decidió caminar desde Múnich, donde él vivía, hasta la casa de ella en París. “Tomé el camino recto a París con la firme creencia de que ella seguiría con vida si yo iba a pie”, escribe.

La caminata fue en invierno, con días de lluvia y frío. Tenía poco dinero y la mayor parte del tiempo anduvo con la ropa húmeda. Podía tomar el ómnibus y llegar después de algunas horas de viaje. Pero fue caminando y tardó tres meses. Esto entra ya en el terreno de la fe y los milagros, pero a pesar de estar enferma, Lotte Eisner vivió nueve años más.

En una entrevista reciente Werner Herzog habló sobre crear una escuela de cine solo para directores que hubieran caminado mil kilómetros. Caminar provee de sabiduría.

Músculos activos

Los expertos sostienen que al caminar se activan más de doscientos músculos. Los médicos lo recomiendan como rutina para evitar el insomnio, quemar calorías, fortalecer los huesos, reducir el riesgo de enfermedades coronarias, prevenir el estrés, mejorar el ánimo y ahuyentar los pensamientos negativos. Además, como tiene bajo impacto, protege las articulaciones de las rodillas y de la cadera.
Unos meses atrás, tuve un desgarro en la pantorrilla y no pude caminar durante tres semanas. El primer día fui gateando al baño. El sexto rengueé al almacén de la otra cuadra: tarde ocho minutos en llegar. Durante los días de inmovilidad pensaba solo en recuperar la marcha y me sentía parada en más de un aspecto. Varias tardes, sentada frente a la ventana, recordaba las caminatas como un momento de pura vida.

El estadounidense Henry David Thoreau, que escribió Walden, la vida en los bosques (1862), un ensayo sobre el arte de caminar, y que hacía recorridos de entre tres y cinco horas todos los días, se preguntaba por el sedentarismo: “Cuando recuerdo a veces que los artesanos y los comerciantes se quedan en sus establecimientos no solo la mañana entera, sino también toda la tarde, sin moverse, tantos de ellos con las piernas cruzadas, como si las piernas se hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que son dignos de admiración por no haberse suicidado hace mucho tiempo”.
Apenas pude moverme salí a caminar. Ahora recuerdo que una vez caminé unas cuadras por el centro de la ciudad con un ciego y descubrí relieves y matices únicos de ese trayecto. Después volví sola varias veces, pero nunca más tuvo el brillo de cuando quise contárselo a alguien que no lo podía ver.

“Hago mío lo que veo”, escribió también Thoreau, que caminaba por caminar, para sentir la libertad total. Deambulaba. Caminaba para disfrutar del estado salvaje de la naturaleza. Y a propósito de esa misma libertad al caminar, el filósofo francés Frédéric Gros, autor de Andar, una filosofía (Taurus, 2014), sostuvo: “La libertad cuando se camina es la de no ser nadie, porque el cuerpo que camina no tiene historia, tan solo un flujo de vida inmemorial. Así, somos un animal de dos patas que avanza, una simple fuerza pura entre grandes árboles, apenas un grito. Y, a menudo, caminando uno grita para expresar su presencia animal recobrada”.

Peregrinar: esfuerzo y recompensa

En octubre pasado caminé a Luján y fueron casi 70 kilómetros de peregrinación con gente que iba movida por la fe. “[…] Peregrinar es un trabajo o, más bien, una labor en un trueque espiritual en el que el esfuerzo y la privación terminan siendo recompensados”, escribe Rebecca Solnit en su libro Wanderlust.

En las peregrinaciones se entrecruzan aspectos sociales, culturales, políticos y hasta turísticos. Y se da un goce de lo sagrado en tanto experiencia personal vívida y multitudinaria que la Iglesia no controla.

La de Luján fue una caminata extrema: terminé con ampollas en los dedos y dolor de cintura y piernas, pero con una claridad mental que pocas veces sentí.

Hace unos años hice un tramo del Camino de Santiago: 120 kilómetros por el campo gallego. Me crucé con una mujer que después de treinta años de casada se había enamorado de otro hombre, y caminaba para tomar una decisión. Y con otra que cumplía 40 años y quería pasarlo haciendo lo que le gusta: caminar.

Cuando lo crucé a Tim S., canadiense de Vancouver, le faltaban cuatro días para llegar a Santiago de Compostela. Caminaba desde hacía un mes; había arrancado en Saint Jean Pied de Port, a casi 800 kilómetros. En un momento no pudo más: las ampollas de los pies se le habían infectado y tuvo que parar una semana. Tim es broker de finanzas e inversiones y se tomó seis meses porque estaba estresado. De cincuentipocos, ateo, separado, con hijos grandes y piernas largas. Caminaba para meditar sobre sus próximos pasos en la vida. Su camino fue difícil y lo transitó con dolor y sin rendirse.

El Camino de Santiago es una ruta de peregrinación del siglo IX que recorre 760 kilómetros y está conformado por 31 etapas. Antiguamente, los tres destinos principales del mundo cristiano eran Jerusalén, Roma y Santiago de Compostela. Según la creencia, allí estaba la tumba del apóstol Santiago. Se caminaba desde varias zonas de Europa y había hospitales y albergues para peregrinos. A través de los años, las guerras europeas y las pestes, el Camino se dejó de hacer durante mucho tiempo. En 1993 se puso en valor esa vieja ruta y en la actualidad es uno de los productos turísticos más exitosos de España.

Más de 200.000 personas hicieron el Camino de Santiago el último año, un récord histórico, con peregrinos de 110 países. Después de la famosa trilogía de best sellers de la coreana Kim Hyo Sun, aumentaron los viajeros coreanos, budistas la mayoría. También la novela El peregrino, de Paulo Coelho, publicada en 1987, sigue atrayendo a caminantes, igual que la película The Way (Emilio Estevez, 2010), con Martin Sheen.

Desde la Edad Media, las peregrinaciones cristianas representan una forma de conexión espiritual y personal con lo sagrado. Muchas, como el Camino de Santiago, son más numerosas que nunca, aunque probablemente haya bajado el fervor religioso y subido el de espiritualidad. En mis días de caminata no encontré tantos viajeros católicos, sino que más bien me crucé con personas en estado de búsqueda personal, sin distinción de religión. Caminaban para obtener perspectiva de sus vidas, para superar dificultades. Para tomar decisiones y para inspirarse.

La receta es simple: poner un pie delante del otro y repetirlo hasta cansarse. Entonces, detenerse. Una de las ventajas de salir a caminar es que se puede parar donde uno quiera. Para alzar la mirada hacia una cúpula del siglo pasado, para disfrutar de un roble o para ver el graffiti de un dragón rojo abrazando un edificio. Caminar no es un deporte: vale parar para atarse los cordones, para conversar, para anotar un pensamiento, para cambiar el ritmo, para mirar. Y después seguir, un paso después del otro y otro y uno más. Como un mantra.

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