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Inspiración

10 mayo, 2018

Cambio individual, cambio colectivo

Si lo que realmente queremos es mejorar el mundo, ¿por qué nos cuesta tanto comenzar por modificar las condiciones de nuestra propia existencia? Una invitación a poner en práctica acciones concretas para mantener la coherencia entre desear, decir y hacer.


Por Santiago Buompadre *

Ser, en uno mismo, el cambio que se pretende en los demás. De otro modo, cualquier colectivo con pretensiones de cambio positivo integrado por individuos que no son capaces de activar esos mismos cambios en sí mismos, está destinado a producir transformaciones efímeras. Una acción colectiva digna de respeto debería ser efectuada por individuos comprometidos en hacer, cada uno en su particularidad, lo mejor posible por los otros. Pero partiendo desde cada uno de ellos, y con su accionar sobre sí mismos como ejemplo de lo que pueden hacer con, y, por los demás. Hay que intentar.

Parecería ser que “lo bueno” se acaba cuando es uno mismo el que tiene que hacerlo. Discursivamente, claro está, todos lo desean; pero, cuando llega el momento de resignar algo de verdad en pos del bien de otro, son pocos los que permanecen fieles a sus palabras. Por eso las figuras que han logrado reunir ambas cosas en sus vidas son tan admiradas: Jesucristo, Mahoma, Budha, Gandhi, la Madre Teresa, San Francisco, Martin Luther King, Nelson Mandela. Ellos generan la fascinación de lo imposible; la admiración por lo que uno nunca será: la ausencia de simulacros, la coherencia entre desear, decir y hacer. La impecabilidad de sus actos es producto de esa coherencia.

A más lejos estamos de ser capaces de hacer algo, mayor altura adquieren aquellos que sí lo logran. La distancia entre los unos y los otros es la medida de esa coherencia. Esa falta de coherencia entre el cambio exigido al afuera y el cambio realizado en uno mismo está en la base de los fracasos de los procesos colectivos de cambio. Una vez transcurrido el tiempo, poco tiempo, los individuos “muestran la hilacha”; las hipocresías están a la orden del día. Es algo que ha sucedido a lo largo de la historia con muchas de las grandes transformaciones que emprendió la humanidad: los que propusieron el cambio terminaron identificándose con el agresor, transformándose en aquello contra lo que lucharon. No hay forma de que prosperen los macroegoísmos sin el substrato de los microegoísmos. Y es por eso que el cambio individual es la base de cualquier cambio colectivo. Cuando surge el debate al respecto, se falla siempre en el mismo punto: no se trata de esto o lo otro, sino de esto y lo otro. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

El problema de la coherencia

Siempre pedírsela a otro y ponerse nervioso cuando se la piden a uno, y esgrimir todo tipo de teorías y argumentos para obturar la hipocresía. Por eso mismo, la admiración por el coherente, su superioridad natural, su estar mas allá de una de las debilidades mas básicas del ser humano. El cambio individual aterra por los mismos motivos que espanta la soledad. Todo lo que implique la responsabilidad de uno mismo sobre uno mismo genera pánico y se disfraza con argumentos sociopolíticos de todo tipo. Siempre fue y será más fácil dejar en manos de otros los problemas propios, y siempre y fue y será el fracaso absoluto hacerlo. Los cambios saludables en muchas personas conforman un mundo compuesto por muchas personas saludables: esto es tautológico. ¿Quién puede estar en contra de un mundo poblado por individuos mejores? ¿Quién puede desear un mundo poblado por gente miserable que se junta en grupos compuestos por gente miserable que pretenden vivir en un mundo de gente virtuosa? La contradicción es fulminante.

La conclusión es obvia: si queremos un mundo mejor hay que construirlo desde cada uno de los componentes de ese mundo. No hay forma de vivir en un mundo de seres miserables si cada ser de ese mundo trabaja para ser virtuoso. ¿Por qué esto no ocurre? Porque cada uno tiene que trabajar seriamente consigo mismo, en lugar de andar diciéndole a los demás lo que tiene que hacer mientras uno es incapaz de hacerlo. Es, para poner un ejemplo claro, como adelgazar: todos saben lo que hay que hacer, pero pocos logran hacerlo. Cuando se trata de cambiar la vida, y ya no de bajar unos kilos, la tarea resulta mucho mas ardua y por eso termina siendo mas fácil abandonarla, menospreciarla, o directamente calificarla como imposible.

Una de las ventajas de las llamadas “técnicas de autoayuda”, es que a las personas se les provee de estrategias prácticas que implementan independientemente de un agente externo o un profesional de la salud. Una vez que han aprendido las técnicas, pueden usarlas por su cuenta. Eso faculta a la persona, y aumenta su sensación de autocontrol, algo que es fundamental para el mantenimiento de la salud. El rechazo a la idea de autoayuda es directamente proporcional a la dificultad de la gente de ayudarse a sí misma. El esfuerzo intelectual por construir teorías críticas hacia la idea de empoderamiento autoterapéutico es equivalente al nulo esfuerzo por hacer algo por uno mismo y por dejar de depender de los demás. ¿Quién puede estar en contra de ayudarse a sí mismo? Solo aquel que no está dispuesto a emprender la tarea por mejorarse; solo aquel que prefiere delegar su autonomía en otro y proyectar en el otro al salvador de sí mismo.

La crítica a la apropiación que el capitalismo ha hecho de la idea de autoayuda es la más superficial que puede hacerse del fenómeno, ya que no existe objeto en la cultura actual que escape al paradigma político-económico-cultural del capitalismo imperante. La poca originalidad de los críticos de la autoayuda es indicativa de la poca capacidad de pensar mas allá de los clichés efectistas y de la pobreza conceptual que caracteriza a la época. Lo mismo ocurre con la tendencia a ver, en la seguridad que adquieren muchos de los que efectivamente han recorrido el arduo camino de ayudarse a sí mismos, una falsa idea de narcisismo.

El egocéntrico no es el ser empoderado, sino aquel que se compara con el otro y lo envidia por no ser capaz de ejercitarse para ser mejor de lo que es. Lamentablemente, son muy pocos hoy los que se aman a sí mismos y, en consecuencia, son muchos los que no aman a su prójimo. Parecería ser que la fórmula actual es “desprecia a tu prójimo como a ti mismo”, y que ese es el indicador de la realidad social. Dice Peter Sloterdijk: “Compórtate de tal modo que tu propio estado de ánimo pueda resultar un modelo imprescindible para una vida compartida.” Y dice San Francisco de Sales: “Sé paciente con todos, pero sobre todo contigo mismo… ¿Cómo podemos ser pacientes al tratar con las fallas de nuestros vecinos, si somos impacientes al tratar con las nuestras?”. Agrega J.S. Mill: “No será posible ninguna mejora importante en la suerte de la humanidad si no se produce un gran cambio en la constitución fundamental de sus modos de pensamiento”. Elijo cerrar con la afirmación de Nietzsche de que “solo se manda a quien no sabe obedecerse a si mismo”.

Fingir algo es mostrar lo que se desea. Uno finge aquello que le gustaría ser: dime lo que finges y te diré qué deseas. “Quien no tiene fe en sí mismo, miente siempre”. Somos individuos que conformamos colectivos. Somos individuos que juntos podemos cambiar el mundo. Somos individuos que no podremos cambiar el mundo a menos que cambiemos nuestra propia vida.

*Licenciado en Psicología e instructor de yoga. Actualmente cursa la Maestría en Psiconeuroinmunoendocrinología en la Universidad Favaloro. Desde 2011 enseña diferentes técnicas de medicina mente-cuerpo, yoga y meditación antropotecnica.com

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