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Artes

29 diciembre, 2017

Cai Guo-Quiang: Elogio de la audacia

El artista chino, famoso por sus fuegos artificiales para los Juegos Olímpicos de Beijing y por su peculiar forma de crear, invita a vivir la experiencia artística con todos los sentidos.


Por Verónica Berhongaray 

Audaz. Muy audaz ha de ser Cai Guo-Quiang para ser el primer artista vivo que expone en el Museo del Prado una obra creada in situ para la exposición y terminada dos días antes de la inauguración. Más que audaz, el que se instala en el Salón de Reinos y enciende mechas para crear cuadros con la técnica “pólvora sobre lienzo”. Alta dosis de audacia también la de Miguel Falomir, el flamante director del Museo, que concretó un proyecto de su antecesor, el también Miguel Zugaza y consistía en pedirle a un artista chino radicado en New York, famoso por los fuegos artificiales de los Juegos Olímpicos de Beijing, que plasme su versión del espíritu de la pintura en el Jardín del Edén de las artes plásticas, la mejor pinacoteca del mundo, el templo que solo frecuentan artistas anteriores a Pablo Picasso y favoritos de la corte española de siglos pretéritos.

El éxito absoluto de la muestra confirma el acierto de la apuesta arriesgada que hizo el Prado, porque el público disfruta también de esta belleza provocadora del siglo XXI, la quiere absorber toda, contemplarla, descifrarla. También queda demostrado que puede despojarse de sus prejuicios, algo esencial al plantarse frente al arte contemporáneo. Porque este es, en esencia, provocación. Y el público acepta -celebra diría yo- que Cai Guo Qiang se atreva a “entablar una conversación con lo eterno” (del artista, Divagaciones sobre la pintura).

Pero hablemos del artista. Porque en arte contemporáneo se habla de las personas que crean el arte (muy interesante: el hombre en el centro, reivindicando el valor antropológico del arte), más que de la obra en sí.

Muchos conocerán su técnica (¿su leyenda?) de primera mano, porque expuso en Impromptu en PROA en 2015. A los que no, les cuento que este hombre nacido en Quanzhou, China, hace casi sesenta años, es uno de los artistas contemporáneos más interesantes de nuestro tiempo. Puntilloso, alquimista, con un pensamiento totalmente novedoso, nos enseña a mirar de otra manera. También el legado cultural de Occidente, que reinterpreta alguien que pone en El espíritu de la pintura un cuadro dedicado a sus antepasados, en diálogo con el Greco y Velázquez. En palabras del artista: “una vuelta al origen sobrepasando culturas y fronteras”. Sobre todo dialoga con el Greco, a quien siguió desde Creta hasta Toledo y que le enseñó que “el artista es soberano en sus lienzos (…) Un cuadro es tu verdad”.

En Netflix, se puede ver el documental sobre Cai Guo-Quiang: Una escalera al cielo/Sky Ladder.

La pólvora se descubrió por casualidad: hace más de mil años, investigando para encontrar una medicina que asegurase la inmortalidad. Pero él pinta con pólvora porque su padre dibujaba en cajas de fósforos. Y el resultado es fabuloso, espectacular. Pinta con pólvora porque ella es energía, que funde su naturaleza específica y la emotividad del artista al momento de explotar la obra. Y reivindica el acto de pintar porque –y lo afirma explícitamente en su statement- el hombre sigue siendo el mismo.

Me interesó especialmente la estructura de la muestra, que se funda en una regla de composición usada en las creaciones literarias y musicales de la China clásica y moderna: Qi cheng zhuan be. Tiene una estructura de cuatro pasos: la introducción, el desarrollo, el giro y la unificación final de los temas principales. Muy parecida a la estructura literaria y argumentativa que usamos en Occidente, salvo que para nosotros los elementos son tres. No consideramos imprescindible hacer un giro a otra perspectiva. Y qué enriquecedor es siempre.

La muestra se documentó por la reconocida directora Isabel Coixet (muy premiada por su trabajo cinematográfico, aunque últimamente más se habló de ella por la sensatez con que explicó el conflicto catalán, podés leerlo en ElPaís.com) y se exhibe un adelanto del documental que se presentará en el futuro en una sala contigua. Vemos todo el proceso creativo, conocemos al artista, su voz, sus manos, su estudio en Nueva York según las estaciones, nos explica qué son esas cajitas de fósforos ilustradas que vimos a la derecha, en el pasillo que nos llevaba a la proyección. Y asistimos al privilegio de que sea el propio creador el que nos cuente su obra, cosa que no ocurre nunca (o al menos no ocurre casi nunca) en el Museo del Prado.

Quiero aprovechar que menciono a Isabel Coixet para que la ubiquen: es la directora de Mi vida sin mí, una película de exquisita sensibilidad que vi en el primer verano de mi hijo que hoy tiene 13 años y generó en mí sensaciones que aún perduran. También firma Bastille, uno de los cortos de la obra colectiva París je t’aime en que comparte cartel con los Coen, Walter Salles, Gus Van Sant y otros grandes. Pero hay mucho más que yo no he visto y sin embargo me atrevo a recomendar sin más. Un apunte, apenas, sobre cine, o mejor dicho: del arte de escribir con el movimiento.

Para saber más, no dejes de echar un vistazo a la web del Prado: www.museodelprado.es

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