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Sophia - Despliega el Alma

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Artes

9 agosto, 2018

Buenos comienzos

Porque los principios de una narración son mucho más que palabras encadenadas al azar, vamos buscando excusas para volver a los grandes maestros. Por eso, quisimos rescatar algunos (¡ay, son tantos!) de los mejores comienzos de la literatura. Para recordarlos, para aprender. Para inspirarnos. Porque siempre vale la pena entrar en una historia.


páginas, banco, biblia, libro, hojas secas, el conocimiento

Alicia estaba empezando ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río sin hacer nada: se había asomado una y otra vez al libro que estaba leyendo su hermana, pero no tenía ni dibujos ni diálogos, y ¿de qué sirve un libro si no tiene dibujos o diálogos?, se preguntaba Alicia.

Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll.

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A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto iba, tomada de la mano, levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja de duendes.

La casa encantadaVirginia Woolf.

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Mi vida sexual comenzó temprano, más o menos a los cinco años, en el kindergarten de las monjas ursulinas, en Santiago de Chile. Supongo que hasta ese momento había permanecido en el limbo de la inocencia, pero no tengo recuerdos de aquella prístina edad relacionados con mi curiosidad sexual. Mi primera experiencia consistió en tragarme casualmente una pequeña muñeca de baquelita, de esas que ponían en las tortas de cumpleaños. “Te va a crecer adentro de la panza, te vas a poner redonda y después te nacerá un bebé”, me explicó mi mejor amiga, que acababa de tener un hermanito. ¡Un hijo! Era lo último que yo deseaba. Siguieron días terribles, me dio fiebre, perdí el apetito y vomitaba escondida en el baño. Mi amiga confirmó que los síntomas eran iguales a los de su mamá antes de dar a luz. Por fin una monja me obligó a confesar la verdad y admití hipando que estaba encinta.

Amor, Isabel Allende.

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Llamadme Ismael. Hace años, no importa cuántos exactamente, hallándome con poco o ningún dinero en el bolsillo y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de ahuyentar la melancolía y de arreglar la circulación.

Moby Dick, Herman Melville.

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Estaba buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn, de manera que al día siguiente salí de Westcherster y fui para allá a reconocer el terreno. No había vuelto en cincuenta y seis años, y no me acordaba de nada. Mis padres se habían ido de la ciudad cuando yo tenía tres años, pero el instinto me llevó al barrio donde habíamos vivido, arrastrándome como un perro herido al lugar donde nací.

Brooklyn Follies, Paul Auster.

Simone de Beauvoir y Silvina Ocampo.

Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. El verano se adelantó. Puse la cama cerca de la pileta de natación y estuve bañándome, hasta muy tarde. Era imposible dormir. Dos o tres minutos afuera bastaban para convertir en sudor el agua que debía protegerme de la espantosa calma. A la madrugada me despertó un fonógrafo.

La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares.

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Nací a las cuatro de la mañana el 9 de enero de 1908, en un cuarto con muebles pintados de blanco que daba sobre el Bulevar Raspail. En las fotos de familia tomadas el verano siguiente veo a unas jóvenes señoras con vestidos largos, con sombreros empenachados de plumas de avestruz, señores con ranchos de paja y panamás que le sonríen a un bebé: son mis padres, mi abuelo, tíos, tías y soy yo. Mi padre tenía treinta años, mi madre veintiuno, y yo era la primogénita. Doy vuelta una página del álbum; mamá tiene entre sus brazos un bebé que no soy yo; llevo una falda tableada, una boina, tengo dos años y medio, y mi hermana acaba de nacer. Sentí celos, según parece, pero durante poco tiempo.

Memorias de una joven formal, Simone de Beauvoir.

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En mi juventud parecía no haber nunca un parto, o un apéndice reventado, o cualquier otro incidente drástico de salud que no ocurriera mientras arreciaba una tormenta de nieve.

Noche, Alice Munro.

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Yo casi no tuve infancia metropolitana. Vi la primera luz de mi tierra en una bahía argentina del Atlántico. A los pocos días me estaría meciendo, como un jugueteo torvo de quién sabe qué paternidad tutelar, el sordo y constante ruido de las dunas –cada segundo desplazadas–, el clima versátil del país, el viento animal. Mi padre era un cirujano de hospital; mi madre una mujer suave, sal de la tierra en su bondad tranquila. Los dos laboriosos y tan honestos de naturaleza que en ellos vi salvarse siempre algo del general naufragio humano. Mi primer amigo fue el viento que venía del océano. Este, imaginativamente, era para mis sustos, lobo; para mi deleite, perro.

Historia de una pasión argentina, Eduardo Mallea.

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Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.

Gabriel García Márquez y Lorrie Moore.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí.

“El dinosaurio”, Augusto Monterroso.

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En algún rincón de este mundo vive un filósofo fenomenal, una chica que se llama Florie Rotondo. El otro día, en una revista que recopila redacciones de colegiales, di con una de sus reflexiones. Decía así: “Si pudiese hacer lo que quisiera, me iría al centro de la Tierra, nuestro planeta, y buscaría uranio, rubíes y oro. Intentaría encontrar Monstruos Perfectos. Después me iría a vivir al campo”. Florie Rotondo, ocho años.

“Monstruos Perfectos”, Truman Capote.

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Primero intenta ser algo, cualquier otra cosa. Estrella de cine / astronauta. Estrella de cine / misionera. Estrella de cine / maestra jardinera. Presidente del Mundo. Fracasa horriblemente. Es mejor si fracasas a una edad temprana, por ejemplo, a los catorce. Una desilusión temprana, crítica, para que a los quince puedas escribir largas oraciones en forma de haiku sobre los deseos frustrados. Es un estanque, un cerezo en flor, un viento peinando las alas del gorrión rumbo a la montaña. Cuenta las sílabas. Muéstraselo a tu mamá. Ella es dura y práctica.

“Cómo convertirse en escritora”,Lorrie Moore.

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La tía Leonor tenía el ombligo más perfecto que se haya visto. Un pequeño punto hundido justo en la mitad de su vientre planísimo. Tenía una espalda pecosa y unas caderas redondas y firmes, como los jarros en que tomaba agua cuando niña. Tenía los hombros suavemente alzados, caminaba despacio, como sobre un alambre. Quienes las vieron cuentan que sus piernas eran largas y doradas, que el vello de su pubis era un mechón rojizo y altanero, que fue imposible mirarle la cintura sin desearla entera.

Mujeres de ojos grandes, Ángeles Mastretta.

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Una mañana al llegar a la oficina mi jefe me dijo:

–Si no fuera por el gran respeto que siento por su distinguido padre, hace años ya que le habría hecho emprender vuelo.

–Me halaga sumamente su excelencia –le contesté– al otorgarme el poder de volar.

La historia de mi vida, Antón Chéjov.

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Era un placer quemar. Era un placer especial ver cosas devoradas, ver cosas ennegrecidas y cambiadas. Empuñando la embocadura de bronce, esgrimiendo la gran pitón que escupía un kerosene venenoso sobre el mundo, sintió que la sangre le golpeaba las sienes, y que las manos, como las de un sorprendente director que ejecuta las sinfonías del fuego y los incendios, revelaban los harapos y las ruinas carbonizadas de la historia.

Fahrenheit 451, Ray Bradbury.

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La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación.

“El Aleph”, Jorge Luis Borges.

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A los chicos les debía de gustar sentarse sobre las amplias faldas de Eponina porque tenía vestidos como sillones de brazos redondos. Pero Eponina, encerrada en las aguas negras de su vestido de moiré, era lejana y misteriosa; una mitad del rostro se le había borrado pero conservaba movimientos sobrios de estatua en miniatura. Raras veces los chicos se le habían sentado sobre las faldas, por culpa de la desaparición de las rodillas y de los brazos que con frecuencia involuntaria dejaba caer.

“El retrato mal hecho”, Silvina Ocampo.

Jorge Luis Borges y Truman Capote.

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