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Solidaridad

27 marzo, 2018

Ayudar, el mejor oficio del mundo

Una pareja de abuelos decidió que lo más valioso que podían hacer con su tiempo era entregárselo a los chicos sin recursos. Así que se pusieron a fabricar juguetes en su casa para regalar sonrisas y mucho amor.


Rita y Víctor contagian en cada palabra la alegría de hacer algo por los otros.

Por María Eugenia Sidoti. Fotos: Gustavo Sancricca. 

A contraluz, mientras se abrazan junto a una planta de jazmín que está por florecer, son el pequeño recorte de una imagen sagrada. Llevan sesenta años juntos y, aun ante las dificultades, nunca se dieron por vencidos. Con sus propias manos −poniendo cerámicos, elevando columnas− construyeron la casa que habitan en Vicente López, donde criaron a sus cuatro hijos. “En esta época es algo muy raro estar casado tanto tiempo; para nosotros la clave fue armonizarnos”, suelta él, a dos cabezas de altura de los ojos de su mujer, que lo mira con ternura y, risueña, se deja envolver entre sus brazos.

Atardece en Buenos Aires y en su vida, eso lo saben bien. Rita Merlo tiene 83 años, Víctor Bardeci 81. Las anécdotas del pasado no tardan en aparecer, pero ellos no se aferran a la melancolía. “Y, bueno, hoy hay un sol lindo…”, en palabras de Rita, quien acomoda los juguetes sobre una mesa larga de fórmica. Esos juguetes que ellos mismos construyen en un rito secreto y poderoso semana a semana, incluso los sábados y los domingos, cuando la familia se junta a comer y, entonces, hijos y nietos también colaboran. “No se puede descansar cuando hay tantos chicos que nunca recibieron un regalo”, comparten. De esa materia prima nació Unidos Para Ayudar, la iniciativa que surgió puertas adentro de su casa, entre mate y mate, y que tanta alegría da a comedores y escuelas sin recursos. “Todos los juguetes que entregamos son nuevos y van en un paquetito para que los chicos tengan algo para abrir”, agrega Rita, y cuenta que algunos chicos, al verla, le preguntan si quizá podría acordarse de ellos para su cumpleaños, para el Día del Niño, o para Navidad.

La rutina es siempre la misma: empiezan después del almuerzo. De las muñecas y los títeres de mano y de dedo, se ocupa Rita, pendiente siempre de que cada costura quede perfecta, y de que los vestidos sean de buena tela y tengan suficientes moños y puntillas. Víctor fabrica los camiones y los juegos de madera con materiales de descarte que busca por los contenedores del barrio. “Encontrar una obra en construcción es mi alegría, pero hay que mirar bien que los recortes sean de calidad”, explica este arquitecto devenido juguetero, que todavía trabaja en la construcción junto a dos de sus hijos. “Siempre lo hice free lance, los jefes no van conmigo”, explica, pícaro y jovial.

En la mesa de su casa se fabrican mucho más que juguetes: se construyen sueños.

¿Cómo no querer ayudar?

El gusto por ponerse en el lugar de los demás viene de lejos y comenzó de la mano de su trabajo para la fundación Banco de Alimentos. “Somos voluntarios desde hace nueve años, empezamos yendo a clasificar las donaciones con una de nuestras nietas, que era chiquitita y todavía sigue yendo con nosotros. ¡Tenemos seis nietos y una bisnieta!”, detalla Víctor. Así que una cosa fue llevando a la otra, y cuando se quisieron acordar, estaban haciendo juguetes. Es que, además de platos de comida, en los comedores y colegios más postergados a los chicos les faltaban, más que nada, las sonrisas. “En uno vimos que solo tenían unas hojas ya escritas y crayones rotos para pintar; esa era toda la diversión que había para ellos”, rememoran. Esa imagen los acompaña siempre: de toda realidad, por más dura que sea, nace una posibilidad. Empezaron de a poquito y un buen día habían fabricado ochocientas piezas. No hace falta decir mucho respecto del encuentro entre esos juguetes y decenas de nenas y nenes con los ojos abiertos de par en par. Mejor, que cada lector imagine la sorpresa, la alegría, la emoción, las carreras de camiones de madera improvisadas por los patios, las paredes y las mesas; las muñecas apretadas bien fuerte entre los brazos con un gesto pensativo de sus dueñas, en ese hermoso juego de elegirles nombres.

Ahora que a Rita le duele tanto la espalda y a Víctor se le dificulta un poco lidiar con el pulso a la hora de cortar y lijar, les gustaría tener ayudantes que perduren en el tiempo. “Muchos nos llaman y al principio se comprometen, pero después dejan. Sería lindo que se sumen más personas. Que hagan, por ejemplo, las ruedas de los camiones o se animen a pintar las caritas de las muñecas”, coinciden en el mismo anhelo.

No esperan mucho más que esparcir las semillas, ni fantasean ya con revolucionar su entorno, esa fuerza que los llevó décadas atrás a crear una asociación vecinal dispuesta a cambiar la comunidad primero, después la sociedad civil y más tarde el país entero. “De todos los que éramos quedamos solo tres, todos se fueron muriendo. Y la mayoría de nuestros amigos eligen estar encerrados en su casa mirando televisión, o quejándose de que los hijos no los visitan, o de que tienen achaques. Yo les digo que hagan como nosotros, que nos mantenemos sanos gracias a que trabajamos para otros”, dice Rita, encogiéndose de hombros, mientras Víctor cuenta que hasta llegaron a recorrer centros de jubilados por la zona para contagiar su espíritu a otros, aunque sin demasiada suerte. “Solo es cuestión de empezar y cada uno puede brindarse con lo que sepa hacer; no hay que tener miedo de intentarlo”, acota su mujer.

“A nosotros nos hace bien, pero ya estamos grandes y un poco cansados. ¿Si creemos en la gente? Claro que sí, ¿cómo no? Nos llegan las fotos de los chicos sonrientes para darnos las gracias y pienso que a lo mejor esos juguetes pueden ayudarlos a creer también a ellos. Una ayudita, nomás, para que sepan que nos importan, que son queridos y que, más allá de que el mundo parezca bravo, siempre están ahí los seres humanos”, resume Víctor, que guarda los juguetes de su infancia como tesoros, para no perder nunca de vista que junto a ellos fue feliz y aprendió a soñar las grandes cosas que lo convirtieron en quien es hoy: un hombre convencido de la importancia de los cimientos profundos, de las bases sólidas.

A la hora de las fotos, Rita agita entre risas los títeres que cose; una jirafa, una vaca y un cerdito se mueven en sus dedos. “Es tan habilidosa”, dice él, y la mira embelesado. Tienen infinidad de recuerdos y en todos aparecen juntos: él estudiaba en la facultad, ella sostenía la casa; él construía paredes, ella ponía los pisos; ella preparaba algo extra de comer y él salía a dar vueltas por el barrio para repartir las viandas calientes entre personas en situación de calle. Sus historias son sedimentos hermosos que, capa a capa, hicieron de su casa lo que es: un taller donde se construyen los más lindos sueños.

Ayudar a construir un mundo mejor para todos es su gran anhelo. Fotos: Facebook.

LA ALEGRÍA DE HACER UPA

UPA es la sigla de Unidos Para Ayudar, el nombre que Rita Merlo y Víctor Bardeci eligieron para su emprendimiento. “No queremos ser ejemplo de nada, pero sí interesar a las personas para que tomen nuestro proyecto y lo continúen”, dice Víctor. En UPA se puede aportar trabajo, materiales,  juguetes y libros usados que estén en buen estado; ellos los dejan como nuevos con los voluntarios que se van sumando. “Nos gusta ver que los chicos sean felices con los juguetes que les hacemos; algunas maestras lloran de emoción…  Lo bueno es darles cosas para que ellos construyan sus propias historias y se les despierten las cabecitas. Si no, están todo el día con aparatos electrónicos”, señalan a dúo quienes este año resultaron finalistas del Premio Abanderados de la Argentina Solidaria 2017. 

Como todo sale de su bolsillo, quienes quieran ayudar pueden donar materiales, como vellón siliconado, pinturas y pegamento no tóxico. Facebook: UPA Unidos Para Ayudar

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