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Inspiración

20 septiembre, 2016

Aprender a decir NO

Sabemos que no es saludable querer conformar a todos, dando un "sí" a cada requerimiento que llega. Entonces, ¿por qué nos cuesta enormemente dar una respuesta negativa cada tanto? Un aprendizaje que vale la pena, en pos de cuidar de nosotros mismos y de los demás.


Por Jorgelina Albano

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«Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que de ahora en adelante, ya no podré creer en ti».

Friedrich Nietzsche

El NO está relacionado con el límite: NO lo puedo hacer, NO lo sé hacer, NO quiero hacerlo. NO lo puedo comprar, NO estoy dispuesto a esto, o a aquello.

El decir NO requiere de firmeza, seguridad, sabiduría interna y capacidad para sostenerlo.

NO significa un límite que no puedo cruzar o no dejo cruzar al otro.

El decir claramente NO, deja ver la impecabilidad e integridad frente a los compromisos que no puedo asumir, porque no llego en el tiempo acordado y no cuento con los recursos necesarios para cumplirlo.

No estamos acostumbrados a decir NO, porque detrás de él se necesita seguridad y coherencia para sostener las consecuencias ligadas a los intereses que tenemos en una determinada situación, y que afectan la seguridad personal.

¿Por qué nos cuesta tanto decir NO?

Desde mi perspectiva, la mayoría de los seres humanos valoramos la opinión de los demás respecto de nosotros mismos, por lo cual decir NO causa “miedo a no agradar al interlocutor y a quedar mal con él”.
El SI y el NO son respuestas a pedidos que nos hacen otras personas, un jefe, un amigo, un hijo, la pareja, etc. Por lo tanto cuando decimos SI o NO, nos estamos comprometiendo a algo. No poder decir NO expone a la mentira, porque seguramente no podemos cumplir con todos los compromisos que asumimos.

Cuando no decimos NO, nos estamos manifestando como creemos que somos. Los demás nos considerarán como personas amables, que siempre están bien predispuestas, transformándonos a ojos de los demás en Superman o Superwoman. La consecuencia de esta conducta será que, interiormente, nos sentiremos como los responsable del negocio de copas de cristal que, al encontrar un elefante dentro del local, intentan salvar las copas (por no decir las papas) y con una enorme cantidad de reclamos a nuestro alrededor por estar incumpliendo con aquello a lo que nos prometimos; sintiéndonos culpables y a la vez víctimas de todos los que creen en nuestra capacidad de cumplir.

En nuestra mente, probablemente, aparecerán pensamientos de este tipo: “¡qué se creen, ya saben que tengo buena voluntad!”, “ya les dije que lo iba a hacer, no pueden verme un rato tranquila”, “no puedo creer lo que está pasando, ellos quieren exprimir mis huesos”. Lo que no nos damos cuenta, es que en este deseo de agradar y de cuidar el interés sobre la valorización de los demás hacia nosotros, nos metemos solitos en un círculo vicioso en el que cada SI valida hundirnos más y más en la propia angustia del incumplimiento. En este círculo vicioso nos sentimos víctimas del deseo de los demás, sin ser conscientes del propio deseo.

¿Quiénes somos de verdad?

Jorgelina Albano nació en Arias, provincia de Córdoba. Estudió Marketing y Coaching Organizacional. El foco de su trabajo es ayudar a construir comportamientos efectivos en las organizaciones, actividad a la que se dedica desde 1999. Autora de la novela La Mujer de la Hamaca, tiene un especial interés en el mundo femenino, sobre todo en cómo ayudar a las mujeres a desarrollar el potencial que les ha dado el género y desde allí fortalecer la autoestima  jorgelinaalbano.blogspot.com.ar

jorgelina

Detrás de todo compromiso incumplido o al menos no honrado, existen dos valores que se ponen a riesgo: la integridad y la confianza. Cuando decimos SI, nuestro interlocutor confía en que nosotros al asumir un compromiso, hemos evaluado que tenemos los recursos, que podemos cumplir en tiempo y de acuerdo a ciertos estándares acordados (calidad). Que además tenemos la firme intención de cumplir o al menos de renegociar, si es que nos damos cuenta que no llegaremos a cumplir en tiempo y en forma.

Pero tener la firme intención de cumplir no es el único requisito, hace falta algo más.

Cuando en el deseo e interés de agradar al otro nos comprometemos sin ser conscientes de lo que estamos haciendo, lo que está a riesgo en la imposibilidad de incumplir es la confianza. Cuando hay un quiebre de confianza, por lo general hay un quiebre en la relación. Pero como el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, seguimos actuando del mismo modo y entramos nuevamente en la cadena de SI(s).

Si pudiésemos parar la inercia y preguntarnos cuáles son nuestros intereses de verdad, descubriríamos que no sólo no dejaríamos de agradar al otro, sino que además estaríamos cuidando algo valioso como la relación con ese otro y cuidándonos a nosotros mismos en: impecabilidad, coherencia (hago lo que digo) y confiabilidad. Estaríamos sub-optimizando una gratificación inmediata, del decir SI y de no exponernos en una situación que nos incomoda, por un interés mayor: la relación que nos importa sostener, nuestra imagen hacia los demás y ante nosotros mismos.

Me costó –les confieso– personalmente, aprender a decir NO y a aceptar un NO, cuando entendí que cuando alguien me lo dice, lo está haciendo a mi pedido y no (no te quiero) a mi persona y cuando digo NO, lo estoy haciendo a su pedido y no (no lo quiero) a su persona.

El NO muchas veces tiene connotaciones de desacato a la autoridad, sobre todo en la relación jefe-colaborador y tiene al miedo de consejero. La buena noticia es que, desde esta perspectiva, siempre tenemos la posibilidad de abrir una negociación para poder asumir el compromiso conscientemente y, además, tenemos la posibilidad de ofrecer una reparación si hemos causado un daño ante un incumplimiento. Para poder negociar o para poder reparar, necesitamos ser conscientes de lo que estamos asumiendo y esa consciencia no aparecerá si no podemos mirar nuestros propios intereses y conectarnos con lo que nos importa honrar de verdad.

Cuando aprendemos a decir NO estamos respetando la libertad del otro, estamos dejando el camino libre para que la otra persona pueda tomar otras decisiones que honren sus propios intereses y nosotros, los nuestros.

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