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Sophia - Despliega el Alma

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Reflexiones

14 noviembre, 2016

En este momento, anhelante y pensativo

"No, no hablamos de Trump ni de los Estados Unidos de Norteamérica: hablamos de la Humanidad", escribe la autora de este texto donde las elecciones estadounidenses son desenlace, pero también punto de partida para asumir el compromiso de construir un mundo más solidario.


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El problema no es Trump: irracionales potencialmente destructivos los hubo y los habrá siempre. El problema son las miles de personas que creen en los valores que él representa. Los que privilegian el capitalismo, la xenofobia, la desconfianza y sus propios intereses en detrimento del bien común. Los que apelan al brexit, el blindaje de fronteras y el separatismo. Los que se entregan a cualquier tipo de radicalismo. Los que piensan que el drama de los refugiados no va con ellos. Los que violan (en Colombia o en Pamplona) porque saben que su crimen quedará impune. Los que agreden a otros en cualquiera de las mil formas posibles (pensamos en asesinatos, pero la violencia empieza por gritar lleno de furia al que va en el coche de al lado).

El problema no es “la cabeza visible” de esa que queremos llamar “la primera potencia del mundo” (y seguimos en este juego donde sólo prima lo económico). El problema son todas las otras cabezas: las que carecen de educación y criterio propio, las que no ven –no quieren ver– cómo se repite la Historia, las que lanzan la piedra en cualquier foro de internet para luego esconder la cabeza…

No sé cómo hemos llegado a esta situación. Habrá quien acalle su conciencia diciendo que vivimos/sufrimos el legado que nos dejaron nuestros padres y las generaciones anteriores. No interesa. Los que estamos ahora tenemos la ineludible misión de vivir y educar en conciencia. Vivir y educar en conciencia. A nuestros hijos. A los hijos de nuestros amigos. Al vecino. Al animal incívico que nos cruzamos por la calle.

Porque no es una cuestión de credo político: de rechazar a un candidato en virtud de otro que encarna, o no, un dechado de virtudes. El problema es avalar una serie de comportamientos que no caben en el marco de la civilización (sea en Irak, Estados Unidos o Corea), y dejar que corran y acarreen consecuencias. Es la mediocridad de todos los días, el miedo paleolítico al otro, la precariedad material, pero también de valores y de amor, la imperdonable indiferencia ante la desdicha de los demás (que, no cabe la menor duda, acaba por ser la nuestra). Tenemos lo que tenemos: lo que ha ocurrido en las urnas es apenas el reflejo de este “pan nuestro de cada día”. Es un espejo y una bofetada a nosotros mismos. Porque ya basta de “quejarse y tragar”, o acabaremos dando este mismo alimento a quienes vengan después de nosotros. Sencillamente porque se puede dar a otros lo que no se tiene. ¿Nos acusarán las próximas generaciones de no haber hecho nada por mejorar lo recibido?

No, no hablamos de Trump ni de los Estados Unidos de Norteamérica: hablamos de la Humanidad. Y, repito, hoy más que nunca tenemos la ineludible misión de vivir y educar en conciencia. Resuenen con más fuerza que nunca los versos que escribiera el poeta Walt Whitman en su obra “Hojas de hierba”:
“En este momento anhelante y pensativo, sentado a solas.
Me parece que en otras tierras hay otros hombres, también anhelantes y pensativos,
me parece que puedo mirar a lo lejos y divisarlos en Alemania, Italia, Francia, España
–y más lejos aún, en China, o en Rusia, o en India– hablando otros dialectos;
y me parece que si me fuera posible conocer a estos hombres,
con ellos me uniría, como hago con los hombres de mi propia tierra,
¡oh! yo sé que seríamos hermanos y amantes,
yo sé que llegaría a ser feliz con ellos”.

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Por María Teresa Sánchez Carmona para Eclesalia.net

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