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Reflexiones

1 julio, 2019

Amor sólido en tiempos líquidos

¿Cómo tejer vínculos no perecederos en una época donde todo parece tener fecha de vencimiento? Una oportuna reflexión de Sergio Sinay para ver que, en las antípodas del poliamor y los encuentros huidizos, florece la posibilidad de construir amores profundos, comprometidos, verdaderos.


Por Sergio Sinay

El amor sería hoy una excepción, afirma el filósofo francés André Comte-Sponville en un breve y sustancioso texto que integra su libro El placer de vivir. ¿Cómo es esto? Es que el amor significa compromiso, permanencia, presencia, mirada, escucha, palabra, tiempo. El amor representa gozar, y también sufrir, en compañía. El amor exige salir de uno mismo, del narcisismo hipnótico, para abrirse y extenderse hacia otro, otra. El amor abre preguntas sin respuesta, es misterio. ¿Cómo no habría de resultar, entonces, una excepción en estos tiempos? Tiempos de impaciencia y ansiedad, de velocidad sin destino, de fugacidad, de contactos epidérmicos, de obsolescencia programada, de impaciencia, de obsesión por respuestas rápidas, de intolerancia a la incertidumbre, de delivery existencial que pide resultados y desprecia los procesos.

Tiempos líquidos, como los definió el sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Lo líquido no tiene forma, se escurre sin consolidarse, en lo líquido nada echa raíces, lo líquido se escapa entre los dedos.

«El amor exige salir de uno mismo, del narcisismo hipnótico, para abrirse y extenderse hacia otro, otra. El amor abre preguntas sin respuesta, es misterio».

Una palabra rige los tiempos líquidos, y esa palabra es “nuevo”. Todo debe ser nuevo, como si la novedad fuera un valor en sí. Y nada envejece más rápido que lo nuevo. “Nuevo” es el vocablo que describe al imperio del deseo. La función del deseo es desear. Una vez alcanzado su objeto necesita inmediatamente otro. Y otro. Y otro. No hay noción de logro, no hay contacto ni disfrute, cuando se alcanza lo deseado esto se convierte en viejo. Aparece un nuevo deseo. Así hasta el infinito. Sin calma, sin satisfacción, sin pausa. El telón de fondo es la voracidad sin fondo, la insatisfacción, el desencanto continúo, el desasosiego. El vacío. Ocurre con las adquisiciones materiales, con lo que se consume, con los objetos, con las personas, con las relaciones.

El amor, insiste Comte-Sponville, sería hoy una excepción.

Lo contrario ocurre con la sexualidad. Ella abunda. Sexualidad y egoísmo, contacto efímero, gimnasia de los cuerpos que no comprometen el sentimiento. Sexualidad histérica, donde el otro no importa, es un instrumento. Como en el narcisismo. Imperio de las selfies, celebración de uno mismo, el otro es necesario solo para que me ponga un “me gusta”. Cuantos más otros haya y cuanto menos vínculo real tenga con ellos, mejor. Menos trabajo, menos compromiso. Porque el amor es trabajo. Es una construcción cotidiana, la tarea en común con un ser real, no virtual, con una persona encarnada, no con un fantasma idealizado. Una construcción que se erige ladrillo a ladrillo.

¿Cuáles son los ladrillos de esta edificación?

Las acciones amorosas. Una acción amorosa es aquel acto, aquella conducta, esa palabra, ese modo de escuchar, esa mirada por las cuales el amor de uno le llega al otro, a la otra, de la manera en que este, en que esta, necesita ser amado o amada. Y por los cuales somos amados por el otro, por la otra, de la manera en que necesitamos nutrirnos de amor. Hay un único modo de aprender a amar al amado. Conociéndolo. Conocer lleva tiempo, pide presencia, escucha, mirada, acompañamiento, preguntas.

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Tiempo de aprender a amar

En un vínculo de verdadero amor una persona enseña a la otra. Se aprende a amar al otro, a ese real, no ilusorio. Mi amada, mi amado, me enseña cómo amarla. Yo le enseño cómo amarme. Somos maestros y alumnos a un tiempo. Y en ese tiempo construimos. Ninguna construcción nace hecha, como ningún fruto antecede a la siembra, al proceso por el cual la semilla se convierte en planta: esta crece, atraviesa sequías e inundaciones, se nutre de sol y de agua benéfica, padece plagas y atraviesa el tiempo. Como ese fruto, el amor es un punto de llegada. El punto de partida es el enamoramiento, un momento de alto voltaje emocional y pasional, de gran idealización (deseo de que el otro sea quien sueño que sea), y enorme desconocimiento (¿quién es, en verdad, más allá de mi deseo?). 

Para que el enamoramiento se convierta en amor habrá que construir una historia, abrir un camino. Esa historia y ese camino estarán hechos de momentos placenteros y de circunstancias dolorosas, de alegrías y tristezas, de logros y frustraciones. Y en cada uno de esos pasos se conoce al otro y nos dejamos conocer. Descubrimos nuestras diferencias, nuestras luces y sombras verdaderas, aprendemos a complementar diferencias, a ceder, a consensuar. En pocas palabras, el camino del enamoramiento al amor es el camino de la desilusión. El pasaje de la ilusión a la realidad. Nos enamoramos de un ideal para terminar amando a un ser real.

Amar es conocer.

Como dice el propio Comte-Sponville, dos personas terminan amándose porque se conocen y a pesar de conocerse. No todo enamoramiento termina en amor, porque ese camino requiere tiempo, paciencia, constancia, lealtad y compromiso. Pero todo amor empieza en enamoramiento.

«Para que el enamoramiento se convierta en amor habrá que construir una historia, abrir un camino. Esa historia y ese camino estarán hechos de momentos placenteros y de circunstancias dolorosas, de alegrías y tristezas, de logros y frustraciones».

Quienes recorren ese camino construyen un amor sólido. Amor con raíces, con fundamentos; una construcción con cimientos capaz de albergar las distintas vicisitudes de la vida. Nido y refugio. El amor sólido es hoy, en tiempos líquidos, un amor contracultural. Está en las antípodas del poliamor y de otras coartadas que se buscan para huir del encuentro verdadero, del compromiso, del trabajo afectivo, de la profundización emocional. El egoísmo narcisista elabora teorías “nuevas” (otra vez la palabrita) para justificar su propio deseo, convirtiendo a los otros en simples objetos satisfactores.

Pero aún en tiempos líquidos, los amores sólidos existen.

No son los que se exhiben, los que ocupan el centro del escenario, los que reclaman espacio en las redes sociales, en las pantallas, en el boca en boca, en radio pasillo. Son, en cambio, vínculos que perduran y dan nuevos frutos en las sucesivas etapas que van atravesando. Son amores que dan sentido a la vida al procurar “la dicha que acompaña a la idea de una causa exterior”, como definía el filósofo holandés Baruj Spinoza. La causa exterior es la presencia del otro, su real carnadura.

En el amor sólido no hay sumisión, ni fusión. Hay un “nosotros”, que resulta la amalgama de un “tú” y un “yo” que se respetan y se gozan en su diversidad. En este amor, tema que profundizo en mi libro El amor sólido en tiempos líquidos, el sentido de una vida, la de quien ama, se verifica en otra vida. Una vida a la que tocamos y por la cual somos tocados, la vida de quien amamos. Y el sentido de cada vida (cuya búsqueda es el propósito de nuestra existencia) se encuentra en el mundo sólido, no en el líquido. Solo en ese mundo es posible darse a la co-construcción amorosa, la más bella y fecunda de las tareas humanas. Decía Spinoza que no se puede vivir sin amor, porque es el amor el que nos hace vivir. Y necesita de tierra firme para germinar.

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