Sophia - Despliega el Alma

16 diciembre, 2021

Amistad en la era de la madurez, un viaje a los afectos serenos

Cuando somos niños y hasta que llegamos a la juventud, hacernos de amigos es fácil y hasta espontáneo. Una vez que avanzamos hacia la adultez, cultivar nuevos vínculos significativos no es tan sencillo, pero es igual de importante.


Foto: Pexels.

Por Luciana Tixi

Me siento muy afortunada, tengo que agradecerle a Dios que me permitió hacerme de buenos amigos cuando ya era grande”. Ana es de Córdoba, tiene 68 años, está retirada hace cinco y separada hace muchos más. El desarraigo la impulsó a buscar nuevas amistades en el hospital donde trabajaba como médica cuando apenas llegó a Buenos Aires. “La gran mayoría de mis amigos de la facultad quedaron en Córdoba, así que cuando llegué acá tuve que hacer un nuevo grupo de pertenencia. El hospital fue un lugar donde conocí a mucha gente, que hoy son amigos cercanos. Algunos eran muy distintos a mí, pero compartíamos la vocación y también vivimos cosas intensas juntos. Creo que eso hizo que creáramos un vínculo fuerte, incluso más significativo que el de los amigos de la infancia”.

Cuando se separó, y a medida que sus hijos crecieron, Ana empezó a realizar otras actividades, como un curso de italiano o yoga, un poco con la intención de aprender esas disciplinas, otro poco con la de conocer gente. En el curso de italiano se hizo un amigo entrañable, con el que compartía salidas. El amigo murió, pero Ana siguió viéndose con Paula, su mujer. Hace unos diez años también se hizo muy amiga de una vecina de su edificio, igualmente llamada Ana y que, como ella, tiene hijos grandes y es viuda. Empezaron a ir al teatro, a cenar, hasta que se animaron a viajar juntas fuera del país. “Aunque somos muy distintas, buscamos divertimos y nos hacemos mucha compañía», cuenta.

Basta con mirar a los chicos en la plaza cómo se acercan y con sólo pronunciar la fórmula mágica. “¿Querés ser mi amigo?”, de inmediato se ponen a jugar y se abrazan como si se conocieran de toda la vida. Pero hacerse amigos no es lo mismo a medida que crecemos, y menos aún cuando dejamos de frecuentar lugares como la escuela o la universidad, donde tenemos a disposición un enorme grupo de personas a quienes elegir, a quienes acercarnos o de quienes alejarnos según nuestras afinidades. A medida que avanzamos en la adultez, incluso, cuando las prioridades pasan a ser otras —la pareja, los hijos y el trabajo cobran mayor protagonismo—, la amistad puede verse un poco relegada. Y tejer nuevos vínculos ya no es tan sencillo porque no frecuentamos nuevos entornos, o porque nos da pudor o inseguridad exponernos a nuevos contextos.  

Me conozco, te conozco

Las personas avanzamos en el camino de la vida y las tramas de vínculos que vamos enhebrando desde la infancia cambian a la par nuestra. En ese trayecto, también pueden cambiar las relaciones o los rostros de quienes nos acompañan a cada momento. “En mi experiencia he visto que, cuando nuestra vida está movilizada por la autoobservación y el trabajo interior, la transformación que ocurre en nosotros deja atrás muchas relaciones debido a que el vínculo emocional no alcanza para recorrer juntos cambios tan significativos”, dice la licenciada en Psicología Inés Olivero. Por su parte, Inés Castro Almeyra, especialista en longevidad y creadora de NAU Experiencias, un espacio que propone distintas actividades como punto de encuentro de intereses comunes para personas mayores, sostiene: «No sé si las amistades que uno se hace de grande son más fuertes, pero sí creo que son más genuinas porque son elegidas, nacen de conocerse uno a sí mismo y elegir al otro en base a intereses en común”.

Foto: Pexels.

Magdalena está cerca de los setenta, tiene una familia muy pequeña, está separada, pero tiene una vida social muy rica. «Los amigos son como mi familia ampliada. Tengo amigos de la infancia, y también tengo amigos que me hice de grande. Para mí, que soy de cuidar los vínculos, de preocuparme por la gente que quiero, no hay mucha diferencia entre unos y otros«. Cuenta que tiene una amiga bastante más grande que ella, a quien conoció cuando se mudó de una casa a un departamento. Un día, en una reunión de consorcio, vio a una señora que le hacía señas para que se sentara al lado de ella y le hizo un chiste que le causó mucha gracia. Así, las nuevas vecinas se fueron conociendo y, de a poco, entablaron un vínculo afectivo. «Ella era más retraída que yo, pero me pareció admirable que a sus más de 86 años siguiera trabajando. A ella le encanta tomar café. Así que yo, que callejeo bastante, le recopilo datos de lugares nuevos y le cuento, o vamos y lo tomamos juntas«. Magdalena también tiene otra amiga nueva más grande que ella, a la que conoció jugando al golf y de la que admira su serenidad y su aplomo: «Ella siempre dice lo indicado, es como mi gurú. Ayer la vi en la fiesta de fin de año del grupo y la hice bailar un poco, es como que nos compensamos. Siempre fui de interesarme mucho por mis amigos. Quizás no nos vemos con mucha frecuencia, pero hay una presencia y un pensar en el otro que es constante«. 

Acompañados es mejor

Está científicamente probado que la amistad tiene efectos positivos sobre la salud física y emocional. Pocas experiencias son tan reconfortantes como encontrarse, compartir y reírse con amigos. En su último libro, Ser Humanos, el neurólogo y neurocientífico argentino Facundo Manes dice que la amistad es un rasgo evolutivo que compartimos incluso con otras especies. Él cita varios estudios que demuestran que la amistad implica una serie de circuitos y vías neurales que traen beneficios en la salud y son beneficiosos para la reproducción, lo que la convierte en una ventaja adaptativa.

Lara se separó hace poco de su pareja de más de 15 años. A pesar de ser muy amiguera y de tener vínculos muy fuertes con amigas que traía desde el jardín de infantes, dejó de verlas porque se adaptó a la vida de Marcos y lo acompañó en sus viajes y estadías fuera del país. En una de sus vueltas a Buenos Aires, cuando ya las cosas no iban bien con él, se dio cuenta de toda la red que había perdido y se propuso recuperarla, porque gran parte de su sufrimiento tenía que ver con no poder compartir lo que le pasaba con nadie. Además de volver a cultivar los vínculos de su infancia, sintió que necesitaba conocer gente nueva. Sin quererlo, su hijo de cinco años fue una gran ayuda en esa búsqueda: de los paseos a la plaza y las actividades lúdicas en las que lo inscribió cosechó muchas nuevas relaciones que después se extendieron a otros ámbitos. Luchando contra el pudor que le provocaba exponerse a gente nueva, se anotó en un curso de degustación de vinos y comida, aceptó invitaciones a eventos y así fue construyendo nuevos amigos. “A veces, los nuevos amigos son como una relación de novios que se empiezan a conocer: hay que ponerle esfuerzo, generar salidas y así vas armando experiencias en común. Hay amigos para cosas puntuales, con algunos podes salir a la noche, con otros ir a la plaza”.

Virginia conoció a Margarita, a Enrique y a Cecilia en un taller de lectura hace unos diez años. “Había personas de todas las edades, más grandes y más chicas que yo, pero nos unía que éramos todas muy lectoras. Me impresionó poder compartir mi pasión con alguien, porque en mi grupo de toda la vida no aparecían estos intereses, incluso muchas veces surgían el chiste o la cargada«. Después de participar de un taller sobre James Joyce, decidieron viajar juntos a Irlanda tras los pasos de Ulises, el personaje de su famoso libro. Virginia se ríe y recuerda anécdotas de esa travesía y de otros tantos encuentros. A este vínculo, que se estableció más allá del grupo primario de pertenencia, Virginia lo describe como de mucha cercanía, muy amoroso, sin juicios. «La amistad nació de compartir la pasión por la lectura, pero hoy va mucho más allá, estamos presentes si alguno pasa un mal momento, una necesidad económica o si festeja algo«. 

Foto: Pexels.

Este es el tipo de vínculo al que hace referencia Inés Castro Almeyra: «Cuando hablamos de amistades de la adultez no hablamos de una amistad de vernos todos los días. Son amistades que funcionan bien también con otra periodicidad, que hacen que tengas ganas de levantarte a la mañana«. Inés Olivero sugiere que estas amistades que nacen del autoconocimiento, de haber identificado los intereses propios, enriquecen el viaje al encuentro con uno mismo, porque nos acompañan y nos muestran otras miradas, otros sentimientos despojados de las cargas que a veces tienen los lazos sanguíneos. Es lo que dice Magdalena: «Acompañarnos cuando somos grandes es lo más lindo que nos puede pasar, porque uno es más libre, tiene más tiempo y elige más genuinamente«. 

Un artículo de Robert G. Kent de Gray y Bert N. Uchino, de la Universidad de Utah, publicado en 2020, sostiene que la amistad podría ser un tipo de vínculo especialmente benéfico para la salud y hasta podría reducir el riesgo de muerte. Otro estudio, de 2015, sugiere que la ausencia de vínculos tiene un efecto tan dañino como fumar 15 cigarrillos por día. Un dato nada extraño, si tenemos en cuenta otro hecho probado: los sucesos que implican un riesgo resultan menos estresantes cuando los pasamos con alguien conocido y de confianza al lado. Como dice el psicólogo español Joan Garriga: “En momentos de pena y celebración, de adversidad y de gloria, de avance y retroceso, nada se necesita tanto como una comunidad significativa, hecha de familiares y amigos, capaz de acompañar, contener y dar forma ritual a los sucesos que nos toca vivir”.

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