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Artes

17 Julio, 2017

Alas para bailar flamenco

La española Yolanda Heredia estuvo en Buenos Aires y compartió su arte. Una de sus alumnas la vio bailar y la oyó enhebrar palabras hasta entender cómo fue que pasó de aprendiz a maestra, y a viajar para enriquecer su mundo interior.


Por: Adriana Amado. Fotos: Gustavo Sancricca.

Los vestidos de cola son una fantasía de princesa y el sueño de muchas novias, pero hay mujeres que convierten el peso bobo del género en un elemento de expresión y libertad (cualquiera sea la acepción de género con que se piense la palabra). Así, esa falda larguísima deviene en un compañero grácil, silencioso, que vuelve etérea una danza como el flamenco, que demasiadas veces se queda en el zapateo duro tan propio de los bailaores.

Yolanda Heredia lleva casi treinta años reinventando la tradición de la bata de cola en un encuentro con lo femenino ancestral. Artista precoz, a los 8 años ya salía apurada del colegio para ir con su maestro Enrique, el Cojo, “experto en sacar el arte”, como le dicen en Andalucía al talento. Con 12 daba clases a los niños de San Gerónimo, su barrio al otro lado del puente de Triana. Poco después acompañaba a su padre, el cantaor Jesús Heredia, a Japón, para poner su rostro a los productos típicos de su tierra.

DEL MUNDO A SEVILLA Y, DE NUEVO, AL MUNDO

Yolanda pasa más de siete meses fuera de su casa en las afueras de Sevilla, cerca de un pueblito andaluz llamado Carmona. En Sevilla cambia el formato de master class que da en Japón, Finlandia o Brasil, para dedicarle tiempo a la técnica de bata de cola en la Plaza del Pelícano, en el estudio de la maestra canadiense Chloé Brûlé. Después de su taller anual en la Argentina, en el estudio Bailahora o calla para siempre, de su amiga y docente Mirta Alonso, volvió a su tierra a fines de 2016 para  dar sus cursos. A partir de mayo se dedicará a sus ceremonias y altares antes de volver a salir por el mundo otra vez.

Semejante experiencia convirtió su encuentro con la bata, a los 20 años, en una elección de madurez: “Encontré en la bata un espejo que me mostró qué falta de atención había con mi femineidad. Y si faltaba ahí, faltaba en mi vida”. Varias décadas después, volvió de Japón de dar cursos y cumplir el sueño de honrar a su pueblo bailando el himno romaní “Gelem Gelem”, con el cantaor Potito. En su paso por Buenos Aires –vino a dictar un taller anual de danza–, pudimos encontrarnos con ella y conversar en profundidad, aunque esta cronista ya la había conocido años atrás, intentando desafiar la rigidez de la vida en una hora de taller. En aquel momento fue escucharle decir “Vamoh, mushashas, que la alegría de una mujer es la alegría de las mujeres to’as” para comprender que el mayor regalo de sus talleres era esa comunidad que lograba convocar en cada reunión.

Este nuevo encuentro a solas le permitió saber qué le dejó su estadía en Buenos Aires y cómo es su relación con esta danza vibrante que la atraviesa y la inspira. “Buenos Aires es una ciudad fuerte, de mucha calle, donde no es fácil andar con la sensibilidad despierta. Cuando hay algo dormido, cerrado, hay que buscar qué parte de tu oficio te hace conectar con tu corporeidad de mujer, y mi intención ha sido acompañar a las argentinas en ese proceso. A mí la bata de cola me hizo preguntarme cuántas máscaras me había puesto para autoprotegerme y, sin darme cuenta, se quedó en mi vida como medicina: fue mi sombra y ahora son mis alas”, confiesa en la intimidad del estudio vacío ya del frufrú de las faldas y sus colores.

La milonga porteña también le hizo incorporar el tango a su repertorio, cuando descubrió que ella hacía con su bata lo mismo que hace el hombre cuando coordina el dos por cuatro con el firulete que va a hacer la compañera. Será por acompañar a la bailaora que la cola es tan larga como su altura, aunque algunas maestras de la técnica, como Carmen Amaya, las usaban de tres metros. Aun así, Yolanda consigue despegar el flamenco de la tierra para llevarlo al aire. Entonces, se ve a una mujer transformando el peso de la cola a sus espaldas en un pájaro que la lleva a volar a la vez que la conecta con ese centro en el que juega su equilibrio.

–¿Cómo es eso de encontrar la espiritualidad a través del cuerpo?

–En el movimiento, el cuerpo se activa. Más allá de la matemática de los tres pasos para aquí y tres para allá, en el baile nos vemos en el espejo de la pared, pero también en el espejo de otras mujeres. Ese encuentro es una oportunidad de empoderarte, de sentir tu sudor, el latir de tu corazón, y descubrir qué te impide conectarte con tu esencia.

–Durante años bailaste en tablaos y bienales. ¿Cuándo la maestra de flamenco quiso ser una maestra del alma?

–El maestro llega cuando la alumna está preparada. Había estado haciendo trabajos de contacto con la naturaleza muy potentes, como los de enterrarme cuatro días o perderme en los bosques buscando despertar el vientre. Pero encontré a mi maestra en un tablao. ¿Dónde iba a ser si no? Carmen Vicente es una indígena de una aldeíta de Ecuador que lidera la búsqueda de visión en muchos lugares del mundo.  Ella dice que somos espíritus materializados y, por tanto, somos materia espiritualizada. Con mucha humildad hace diez años le pedí ser su aprendiz.

–¿Y cómo se compagina esa búsqueda con tu vida de bailarina?

–La intuición y la atención me van guiando a dar en el escenario esto mismo que doy en las clases. Estuve en Lima y dejé la semilla para poder estar el año que viene en Cuzco en ceremonias. Vengo de estrenar Encuentros, un espectáculo donde unifiqué los caminos personales luego de once años de viajes a Chile. Las mujeres que organizan mis cursos allá ahora están subiendo a la montaña. Los cantaores también hicieron búsqueda de la visión.

–Al andar por tantos países, ¿percibís una mujeridad universal? ¿Cómo nos ves en estos momentos?

–Como los tiempos van tan rápido, la mujeridad se difumina, aparece y desaparece. Sí pasa que mujeres de distintas partes del mundo se están preguntando por su memoria universal. Las mujeres de hoy tenemos inteligencia e independencia económica, pero hasta en España se te quitan las ganas de comer con las noticias del telediario. En todos lados vemos una batalla, fraudes, reclamos de los estudiantes. Como nos olvidamos de ver los movimientos de la naturaleza, olvidamos que se da una pugna cósmica que vemos en la Tierra, y cuando se sacude una alfombra, el polvo queda mucho tiempo en el aire. Nos pasan muchas cosas que no sabemos de dónde vienen, y creemos que alcanza con darle al botoncito y buscarlo en Google. El Wikipedia de nuestro vientre está desamparado. Pero hay canales femeninos muy despiertos, hay secretos que se conservan de generación en generación. Compra un hilo de crochet y mira cómo una aguja y un hilo que suben y bajan tienen un simbolismo que va más allá, y que no es lo mismo estar rígida en una silla que estar relajada, abierta a generar cambios en los ambientes en los que estamos.

 

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