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Psicología

18 Abril, 2017 | Por

Adolescentes: un diálogo posible

En esta entrevista con la licenciada Adriana Canga, psicóloga especialista en adolescencia, una mirada amorosa sobre una etapa que se suele catalogar como "compleja" y hasta "la peor de todas". Reflexiones y herramientas para quienes dejaron de ser niños... y también para sus papás.


Momento de grandes cambios, lleno de risas pero también de miedos, angustia e inseguridad. La adolescencia abre la puerta de entrada a un mundo desconocido: el cuerpo ya no es el mismo, los grupos de amigos se expanden y decrecen por igual, el despertar sexual llama y los padres parecen comprender poquito, o más bien nada… ¿Etapa complicada o feliz? Las dos cosas, seguramente. Algunos dirán “los mejores años de mi vida”, otros se permitirán dudar. Cada adolescencia es, debe ser, un camino tan único y personal como lo es ese ser que comienza una travesía hacia su madurez. Durante la marcha, las percepciones irán de la alegría a la tristeza, y viceversa, dando lugar a un sinfín de matices. Y es que a andar también se aprende.

“Siempre me gustó trabajar con adolescentes. Creo que es un desafío enorme y una oportunidad única. En esta etapa los chicos necesitan mucho acompañamiento, contención, escucha activa y espacio para expresar su rico y caótico mundo interno. Se trata, también, de un momento de profundo desamparo, donde se sienten tironeados por exigencias que no terminan de comprender, libertades que no son capaces de manejar y una posición en el imaginario social cargada de prejuicios e idealizaciones cruzadas. Y están muy solos en esta travesía”, explica la licenciada Adriana Canga, psicóloga especialista en adolescencia, una de las etapas más complejas y desafiantes del crecimiento de todo ser humano.

Una tarea que puede parecer difícil para quienes se toman la cabeza con las manos para preguntarse qué hacer con los jóvenes, pero no para ella que lleva años trabajando en el tema con una mirada muy humana, convencida de que lo más importante es tomar conciencia de que no hay imposibles a la hora de acompañar a los hijos, aun a aquellos que transitan por su peor momento emocional. “Me impacta, una y otra vez, ver la transformación del hijo ‘imposible’ aquel con el que sus padres ‘no saben qué más hacer’, en alguien ávido de respuestas, lleno de preguntas, con ganas de saber, de estar mejor, con una flexibilidad y una permeabilidad enorme a las buenas cosas, cuando le son ofrecidas”.

Canga está sonriente, feliz de haber publicado su primer libro Animate a ser 100% vos mismo (AGC Consultora), una guía donde brinda herramientas para los adolescentes, pero también para sus padres, invitándolos a transitar esta etapa aprovechando al máximo los recursos que proporciona ese gran motor que es el amor. “Percibo el enorme potencial y las ganas iniciales, que terminan dormidas o asfixiadas por ese estilo de ‘no me importa nada’ que parece formar la caparazón de los adolescentes. Necesitan tiempo, espacio, una puesta en valor real, que no los eleve al cielo ni los hunda en el fondo del pozo. Que les permita crecer paulatinamente y a su propio ritmo, en lugar de hacerlo espasmódicamente al ritmo del mandato social o de las expectativas parentales”, sostiene la especialista y asegura que solo cuando se sienten aceptados y contenidos, es que van abriéndose lentamente. Y así, hasta que un día, florecen. “Entonces aparece su mejor versión. Y empiezan a brillar con una luminosidad que los ayuda a caminar más seguros, más tranquilos, más naturales”, describe durante la charla con Sophia.

Animate a ser 100% vos mismo, un libro para reflexionar y compartir.

−En primer lugar, ¿de qué hablamos hoy cuando hablamos de adolescentes?

−La adolescencia, totalmente atravesada por la cultura, va cambiando conforme pasan los años y las modas. Por definición, responde a cuestiones físicas, emocionales y sobre todo situacionales. El contexto determina muchas de las conductas y tendencias de los adolescentes. Actualmente, desde la sociedad se produce una paradoja fuerte e interesante de analizar: parecieran estar en el “centro de la escena”, donde se observan sus actitudes, sus elecciones, sus modas y todo el mundo opina al respecto. Y, por otro lado, percibimos una enorme orfandad en la que los adolescentes se mueven sin adultos que contengan, respalden o acompañen. El adolescente provoca, se rebela, se burla y desafía al universo de los adultos. Y un adulto que no está “trabajado”, que no comprende que esto es consecuencia de su necesidad de crecer y aprender, se enoja, rechaza, y sobre todo abandona.

−¿Cómo se traduce eso?

−“Ya no sé qué más hacer con él” es una frase típica en la consulta. Padres desesperados que buscan a alguien que se haga cargo de lo que ellos no saben, no pueden, no quieren encarar. En general, los que hoy son adolescentes fueron niños con pocos límites, demasiadas libertades y una hiper estimulación en todos los sentidos. Alta demanda y baja frustración. Y así aterrizan en la adolescencia. Llenos de todo y vacíos de sentido. Desorientados. Desbordados.

−Un desafío enorme por delante…

−Sí, pero el principal, a mi criterio, es no perderse en la marea de la sexualidad hipertrofiada, el consumismo excesivo y la ausencia de pautas y normas claras. Los cambios con respecto a generaciones anteriores, tienen que ver sobre todo con la velocidad con la que tienen que treparse a la adolescencia (la pubertad cada vez se da en una etapa más temprana y esto tiene una connotación biológica y otra cultural), la baja tolerancia a la frustración debido a la ausencia de normas y pautas claras, y con el exceso de estímulos y de accesibilidad casi inmediata que los lleva a aburrirse en cuestión de segundos. Por otra parte, tienen una enorme sensibilidad por cuestiones relacionadas con el planeta, la ecología, la alimentación consciente, el deseo de involucrarse y generar cambios. Son más atrevidos que los adolescentes de generaciones anteriores, más rápidos, más suspicaces… más realistas. Si logran estabilizarse un poco, emerge en ellos un deseo de dejar huella en el mundo que los lleva a ser audaces, a pasar por encima de sus miedos y a ir tras sus sueños.

−¿Cuáles son las preguntas que ellos deben hacerse a la hora de lograr una armonía con este mundo que le toca vivir?

−Siempre es bueno ayudarlos a que se hagan buenas preguntas, de modo que vayan armando su propia hoja de ruta sin sucumbir a las presiones del contexto. ¿Quién soy? Conocerse de veras. Descubrir su esencia, su modo único. ¿Qué quiero? Tomar contacto con sus propios deseos y expectativas, despegando del mundo externo y permitiendo que emerjan sus necesidades reales, sustituyendo a aquellas que se les inoculan desde el marco sociocultural. Y en cada etapa, las respuestas irán variando y abriendo nuevas puertas. ¿Cuáles son mis sueños? Aprender a despegarse de los sueños chiquitos y animarse a creer en los sueños grandes. ¿Qué puedo? Conocer las fortalezas, aquellas cosas que hacen bien, en lugar de vivir poniendo el acento en lo que no logran o les sale mal. ¿Qué tengo? Registrar los recursos disponibles, ya no desde la queja o desde la falta, sino desde la posibilidad de hacer el mejor uso posible de ellos. Cuestionarse a fondo, para ser capaces de desarrollar el autoconocimiento, la autoconfianza y la autoestima.

−¿De qué manera conviene trabajar para quebrar estereotipos y reafirmar el yo verdadero desde temprano?

−Creo que lo ideal es prevenir, interactuando con ellos cuando están bien, sin esperar a que aparezcan los síntomas o el bajón. A veces no se puede, entonces hay que trabajar duro para traerlos a sí mismos nuevamente. Antes de la instancia terapéutica, se pueden hacer muchas cosas. Por ejemplo, generar espacios de intercambio, lugares donde se encuentren con otros chicos y vean que no son raros por lo que sienten; ayudarlos a compartir y expresar sus emociones. También fomentar la circulación de contenidos que los ayuden a entenderse y comprender el contexto en el que se mueven, utilizando lenguajes cercanos para ellos, a través de las redes que eligen para conectarse. Darles información sobre los temas que les importan de forma clara, veraz, y sin sermones incluidos. Porque un chico que sabe, elige mejor y es más responsable.

−¿Cuál es el error más común que cometemos los padres?

−Los adultos tendemos a “darle la fruta masticada”, les contamos la versión amenazante y lapidaria y ahí se cierran, no quieren escuchar, nos rechazan. Nos acusan de querer asustarlos y creen que saben ¡todo! Hay mucha información en la web y ellos tienen acceso irrestricto a todo… Pero debemos “bajarnos de la tarima” y hablarles con claridad, con la verdad, ser científicos, de alguna manera, cuando les damos información. Otra cosa importante es trabajar sobre su autoestima, su inteligencia emocional, brindarles responsabilidades positivas, no quedarnos pegados a cuestiones escolares, proveerles situaciones en las que puedan vivenciar escenarios diferentes a los cotidianos, ayudarlos a animarse y a crecer. Fomentar escenarios que les permitan involucrarse, ser solidarios, hacer.

−¿Cuál es el mejor momento para hacerlo?

−Por supuesto, lo ideal es que sea desde el principio de su vida. Acompañar la formación y el desarrollo de una vida nueva, de un ser en crecimiento, es una maravillosa oportunidad. Debemos aprovechar cada etapa y comprender cuánto los marcamos con nuestras actitudes. Y, sobre todo, ser ejemplo. Porque nos miran, siempre. Y poco vamos a fortalecerlos si nosotros estamos debilitados, frustrados, con nuestra autoestima por el piso…

−¿Cuál es la materia emocional que la mayoría de los jóvenes se lleva a marzo?

−El manejo de la empatía, de los vínculos interpersonales, el amor por sí mismos, el autocuidado. Están muy enfrascados en su mundo, atrapados en la realidad virtual (porque la real les incomoda bastante), encerrados en sus miedos. Y eso pasa porque sus modelos están dañados: los adultos estamos desarmados, perdidos, poco conectados. Nos enfrascamos en nuestros propios problemas, los vemos poco. Y el colegio tampoco encuentra la manera de acompañarlos y guiarlos adecuadamente.

“Debemos aprovechar cada etapa y comprender cuánto los marcamos con nuestras actitudes. Y, sobre todo, ser ejemplo. Porque nos miran, siempre. Y poco vamos a fortalecerlos si nosotros estamos debilitados, frustrados, con nuestra autoestima por el piso…”.

−¿Dónde radica el mayor potencial de la nueva generación?

−La capacidad de pensar con una velocidad increíble. La conexión ecológica. La capacidad de soñar y desear un mundo mejor. La audacia de moverse por el mundo aprendiendo de otras culturas y países, ávidos de aprender y crecer como ciudadanos del mundo. La honestidad brutal. La creatividad. El animarse a todo. El ser arriesgados y jugarse cuando creen en algo. La mirada holística de la vida y el ser humano. Abrirse a la alimentación consciente. La energía enorme que pueden desplegar cuando definen un objetivo. La fuerza emprendedora. Como siempre sucede, mucho de lo que puede dañarlos, también puede fortalecer sus recursos potenciales.
El tema es encontrar el punto de equilibrio.

−¿Qué les conviene a los adolescentes descubrir y trabajar intensamente?

−Les conviene despertar, en primer lugar, a la consciencia de su propia responsabilidad sobre la persona que pretenden llegar a ser. Ser protagonistas y asumir un rol activo de su crecimiento. Conocerse mucho, en sus luces y sus sombras. Tratarse bien y respetarse, comprender que su cuerpo es el único vehículo que tienen para transitar la vida, que no puede cambiarse por otro: aunque lo tuneen o lo intervengan, sigue siendo uno y único, y si no lo cuidan no los va a llevar adonde quieren. Darse cuenta de que ellos son los que van a dar color y forma a sus relaciones, a su trabajo, a su forma de estar en el mundo, entonces no se puede dejar pasar esa maravillosa oportunidad, porque hay mucho por hacer y construir. Asumir un protagonismo responsable y positivo. Hacerse visibles.

−¿Qué tipo de recursos necesitan los chicos para crecer de una manera más íntegra y menos superficial?

−Padres más comprometidos. Escuelas más flexibles y creativas. Tiempo para sí mismos. Modelos sociales más sanos. Ámbitos desafiantes y productivos. Ideales. Respeto por sí mismos y por los demás (y ser respetados). Aprender a defenderse de la máquina consumista construida en torno a ellos, que busca atontarlos y adormecerlos, en lugar de darles lugar para usar todo su potencial. Les hace falta sentirse fuertes. Ser valientes. Saber decir sí y saber decir no. Creer en sí mismos. Asumir que son únicos e irrepetibles. Comprender la importancia de sus decisiones y actitudes.

−¿Por qué elegiste trabajar con adolescentes, Adriana?

−Porque quiero acompañarlos en sus diferentes etapas y procesos. Porque sé que son el futuro y en sus manos estará la posibilidad de construir un mundo mejor. Porque confío en que puedan vivir su adolescencia sin tanta herida y sin tanto vacío. Porque me gusta verlos crecer por dentro y por fuera. Porque creo en ellos. Y bueno, podría seguir por horas…

Escuela para padres

Claro que los papás tenemos mucho que aprender de esta etapa que, si bien también tuvimos que transitar a los tumbos y con nuestros propios bemoles, sucedió en otro contexto histórico y cultural que poco tiene que ver con el aquí y ahora de nuestros hijos. Por eso, Adriana Canga asegura que, a la hora de mirar a los adolescentes, debemos soltar los prejuicios, los “deberías” y la pretensión de querer que sean de una determinada manera. Por eso, nos comparte estas reflexiones, para que pensemos y ensayemos nuevas formas de encontrarnos con ellos.

→Aunque nuestro hijo no sea exactamente como hubiéramos querido que sea, debe ser querido, respetado y aceptado. “Aceptar” exige respeto y permiso para ser.

→Los límites y las pautas claras son fundamentales. Debemos ejercer el rol parental dando un marco y un modo a la convivencia, definiendo normas y buscando que se cumplan. Dejarlos ser quienes son realmente, que no es lo mismo que dejarlos hacer cualquier cosa por no tomarnos el trabajo de establecer límites.

→Es importante  escucharlos en el momento mismo en que ellos necesitan hacerlo y evitar decirles: “Ahora no puedo, estoy ocupado”. Ese “después” en un adolescente es mucho tiempo, a veces incluso es una puerta que se cierra definitivamente.

→Es fundamental entender la diferencia entre acompañarlos y conocerlos e interrogarlos o controlarlos. Límites claros, sí. Prohibiciones vacías no. No funcionan, alejan y rompen el vínculo.

→Los adolescentes necesitan crear lazos de confianza, de seguridad, de amor. Hay situaciones en las que el chico no es capaz de determinar el nivel de vulnerabilidad o de riesgo en el que se encuentra, y para eso estamos los adultos. Aunque se enojen, a veces hay que actuar.

→Los peligros más fuertes hoy se relacionan con los excesos, lo que demuestra una enorme falta de autoestima y de fortaleza personal. Pero si les prestamos atención, los podemos ayudar. Si nos involucramos, los ayudamos a no entrar si todavía no lo hicieron, o a salir si es que ya están ahí.

−Debemos buscar momentos con cada hijo a solas, relajados, sin interrupciones, sabiendo que no va a ser una conversación de dos horas, sino con suerte de quince minutos. No comenzar con el cuestionario. Dejarlos que hablen de lo que quieran, contarles algo, compartir alguna experiencia… Esperarlos y mostrar apertura. 

→No monopolizar la conversación ni hacer un discurso larguísimo sobre cada tema. Hablar concreto y al punto. Aceptar sus frases breves sin protestar. Ser los primeros en no estar pendientes del celular si queremos que ellos lo suelten por un ratito. Compartir una merienda, un helado, una breve caminata, una salida… y estar ahí, plenamente presentes.

→Construir el diálogo desde que son chicos, no esperar a que las situaciones sean peligrosas o inciertas para empezar a escucharlos. “Las relaciones con los hijos, como todas las relaciones afectivas, se construyen cada día, paso a paso”, concluye Canga.

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