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Inspiración

6 marzo, 2017

Actos azarosos de bondad: el enorme poder de lo pequeño

¿Y si cada mañana todos nos propusiéramos hacerle el día más feliz a alguien? A través de gestos minúsculos, apenas perceptibles y tan fugaces como placenteros, podemos crear una red de mecanismos para lograrlo y contagiar a otros a regalar sus propios actos de bondad.


Por Marina Do Pico

Cuando era adolescente, conocí el concepto de Random Acts of Kindness (Actos Azarosos de Bondad), que básicamente consiste en realizar actos solidarios en favor de desconocidos de manera espontánea y anónima. Supe inmediatamente que era algo que quería implementar: a esa edad lo único que me importaba (además de tener una banda) era “salvar al mundo”.

Como era tremendamente ambiciosa y soñadora, enseguida se me ocurrieron formas de llevar esto a gran escala. Tenía decenas de proyectos para mejorarles el día a muchas personas y no alcanzaban las horas para llevarlos a cabo. Cuando teníamos catorce, se nos ocurrió con mi mejor amiga dejar flores en las puertas de las casas de manera azarosa para que la gente se encontrara con algo lindo y misterioso al salir de su casa. Luego, en la clase de plástica del colegio, nos dieron la consigna de intervenir artísticamente la ciudad: mi proyecto consistía en dejar mensajes (fragmentos de poemas y citas) adentro de botellas desperdigadas por las calles, para que quienes las encontraran sintiesen que lo especial y significativo está en todos lados.

“La ternura y la bondad no son signos de debilidad y desesperación, sino manifestaciones de fuerza y ​​resolución”. Khalil Gibran 

Sin embargo, con el pasar del tiempo fui abandonando proyectos de esta escala. Había una contradicción entre mis ganas de ser buena con extraños y el hecho innegable de que podía ser desconsiderada (y hasta cruel) con las personas que tenía más cerca. Estaba constantemente enojada con las personas porque no entraban dentro de mi ideal. Nada ni nadie le escapaba a mi escrutinio moral y es probable que esos extraños que tanto quería ayudar tampoco lo estuvieran. A esa edad estaba en guerra con el mundo: odiaba a las personas y todo lo que hacían y cómo se trataban entre ellos y cómo trataban al mundo. No podía perdonarles sus falencias y tampoco me las podía perdonar a mí. Nada bueno podía venir de ese lugar.

Más tarde, cuando logré soltar esa utopía que sostenía con odio y enojo, empecé a entender el concepto de Random Acts of Kindness de otra forma, tal vez más genuina. Las personas no necesitaban mis papelitos con citas de Gandhi, pero sí necesitaban otras cosas que yo les podía dar. Y para cada persona es distinto y en cada momento es distinto. Tal vez es una sonrisa, un halago, un abrazo, un gesto, una mirada, interés, escucha. Tal vez era más simple de lo que pensaba: a veces me gustaría poder darle todo a una mujer que está con sus dos chicos pidiendo plata en la calle; me gustaría poder darle una casa, un trabajo y un jardín para sus hijos, pero un día, en vez de quedarme culposa pensando en todo lo que me gustaría poder darle, me senté a su lado y charlé con ella. Resulta que hacía días que no hablaba con nadie más que sus hijos y me dijo que se sentía sola y cansada. Charlamos por un buen rato. Me contó su historia, cómo había terminado en la calle.

Entonces me dijo que lo que más le dolía no era estar en la calle, sino la indiferencia de las personas. Eso me dejó pensando. Qué extrañas las prioridades del ser humano que, estando físicamente hambriento, se preocupa más por su hambre de contacto humano. Cuando mis amigas me empezaron a llamar porque tardaba mucho, le deseé suerte, le di algo de dinero y un abrazo. La mujer me saludó como a una amiga y ese día aprendí mucho sobre lo que realmente significa hacer un acto de bondad: es tan simple como conectar con las necesidades del otro. Por supuesto, esto es simple una vez que se hace, pero lograr el estado mental para prestar atención realmente a los demás no es fácil.

Hace poco presencié un momento muy conmovedor e inspirador en un vagón de subte: un músico, como tantos músicos que pasan por el subte, se paró en el medio con su guitarra en un día de muchísimo calor. Se veía transpirado y cansado, no particularmente de buen humor. Una niña muy inquieta que estaba con su mamá y su hermana le empezó a preguntar qué iba a tocar y cómo se llamaba. “Yo hago muchas preguntas”, le dijo, y el músico le respondió sonriente que estaba en la edad perfecta para hacer muchas preguntas. Inspirado por el intercambio, o eso me pareció, nos regaló una canción cantada con mucho sentimiento. Las niñas sonreían y bailaban, la mamá seguía la letra con los labios y muchos otros despertaron de su indiferencia y empezaron a mover la cabeza y los pies al ritmo de la música. Fue recibido por una tormenta de aplausos que uno rara vez escucha en el contexto de un vagón de subte. Las personas se acercaban de a tres a dejarle plata en la funda de la guitarra y el músico estaba maravillado por la respuesta. “Por dios, nunca estuve en un vagón tan buena onda”, confesó al aire.

El año pasado, una investigación de la Universidad de Oregon, Estados Unidos, publicada en la revista Biological Psychiatry, encontró que la bondad es, literalmente, contagiosa.  De acuerdo a este trabajo, frente a hechos de bondad visibles la gente decide comportarse de una manera más altruista hacia los demás. Para determinarlo, los investigadores midieron las tasas de actividad del corazón y del cerebro de 104 estudiantes universitarios mientras veían vídeos con actos heroicos de bondad. “La actividad del sistema nervioso simpático como del parasimpático alcanzó su punto máximo frente a escenas de este tipo, lo que se tradujo en una elevación moral a nivel del cuerpo y cerebro, sobre todo del área que se ocupa de la empatía. Se trata de un modelo muy raro, donde se ven ambos sistemas reclutados por una emoción”, explicó la doctora Sarina Saturno, psicóloga de dicha universidad y una de las autoras del estudio que, a modo de conclusión, dejó en claro el enorme valor que tiene un acto de virtud y de belleza moral para nuestro corazón.

Creo que nadie en ese subte se había despertado esa mañana con ganas de hacer sentir bien a un músico desconocido. Más bien, la inocencia de esa niña, que estaba tan interesada en alguien que la mayoría de las personas ignoran, tuvo un efecto contagioso. De repente, todos nos dimos cuenta de que era mucho más interesante prestar atención a lo que estaba pasando y compartir algo entre todos que permanecer cada uno con sus auriculares deseando que el momento pasara para llegar a casa. Yo misma estaba cansada y sin muchas ganas de salir de mi trance. Cuando lo vi entrar suspiré y me saqué los auriculares como quien no quiere la cosa. Pero una vez que me dispuse a estar presente y conectar con esas personas, la gratificación fue inmediata, no hice más que sonreír. La ciencia lo ha estudiado y comprobado: la bondad es contagiosa (ver recuadro).

Cuando presenciamos actos de bondad nos ponemos de buen humor y es más probable que queramos hacer actos de bondad nosotros mismos. Por eso las personas se paraban de a tres a dejarle dinero al músico y le decían “muy bueno”.

Los actos azarosos de bondad tienen una cualidad muy misteriosa y elusiva: son como estrellas fugaces, un brillo rápido que se esfuma en la inmensidad. Duran un corto tiempo y la manifestación física se extingue rápidamente, pero perdura una sensación extraña y hermosa: nos sentimos, de alguna forma, más llenos. Los actos azarosos de bondad no van a cambiar el mundo. Como su nombre indica, son azarosos, son demasiado pequeños e insignificantes, no están organizados y no van a lograr nada sustancial. Pero ahí está su belleza. Los hacemos igual. Los actos azarosos de bondad no son una ciencia, son un arte: si tienen una función, es dar belleza y significado a nuestras vidas.

“Compórtate de tal modo que tu propio estado de ánimo pueda resultar un modelo imprescindible para una vida compartida”. Peter Sloterdijk.

Para que te inspires…

−Si tenés algo lindo para decir (como por ejemplo “Qué bien que se porta ese niño”, “Qué lindo canta esa chica”, “Qué buena onda que es ese colectivero”), DECÍSELOS. Los cumplidos sinceros pueden alegrarle el día a alguien.
−Si ves que alguien llora en público, ofrecele un pañuelo de papel y escuchalo, si quiere contar.
−Si observás que a alguien le cuesta integrarse en una charla o está muy solo en una fiesta, acércate y ayudá a incluirlo.
−Si alguien que conocés está pasando por un mal momento –un divorcio, una pérdida, una pelea muy fuerte− regalale galletitas caseras o hacele una lista de música relacionada con el momento que está viviendo.
−Prestá atención cuando alguien está hablando de algo que le gustaría hacer o tener (“Me encantaría ir a ese evento, pero no tengo nadie que me acompañe”, “Quisiera conseguir una menta para mi balcón”) y sorprendelos regalándoles eso que tanto querían. La mayoría de las veces, no hace falta gastar mucho dinero para hacer un hermoso regalo. 
−Si conocés a una madre soltera podés ofrecerle cuidar de sus hijos una noche, por ejemplo, así puede descansar o salir un rato sola. Y lo mismo si se trata de alguien que está solo: tal vez puedas hacerle un rato de compañía cada vez que puedas. 

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