Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

7 febrero, 2019

Abrirnos al misterio

Los vaivenes abruptos y las experiencias extremas de la vida nos ponen frente a aquello que no entendemos. En esos instantes, la experiencia de lo sagrado nos otorga orientación y sentido. Las cosas sencillas del día a día pueden, también, tenernos reservado algo que no podemos definir, pero que nos ilumina y nos abraza.


Por Carolina Cattaneo

Nos pasa a todos. En un mundo rico en singularidades y diferencias, lleno de matices, hay algo que nos iguala: casi ninguno de nosotros, si no todos, estamos exentos de sentir que, por momentos, rebosamos de alegría y, por otros, nos domina la angustia. Los seres humanos, casi sin excepción, experimentamos una alternancia entre la plenitud y la pregunta por el sentido de la existencia, el impulso y el abatimiento, la luz y la oscuridad.

La escritora, periodista y monja benedictina Joan Chittister dice que, en ese vaivén en el que nos hamacamos a lo largo de nuestro paso por la Tierra, “todos necesitamos ir más allá de la inmediatez de la situación y caer en la cuenta de los elementos sagrados que subyacen a todas las facetas de la vida”.

¿Qué es eso que llamamos “lo sagrado”? ¿Por dónde empezamos a buscarlo? ¿Está disponible para todos? ¿Existe? Si existe, ¿dónde habita?

Para estas preguntas, quizás, haya muchas respuestas, tantas como personas en el planeta. Por eso, buscar una respuesta unívoca y definitiva sería entrometerse en la intimidad profunda de la espiritualidad de cada quien: para algunos, lo sagrado puede significar nada. Para otros, el contacto con algo trascendente. También están quienes lo encuentran en el valor de la familia, los amigos,  los seres de la naturaleza, la inmensidad de los cielos oscuros y estrellados, o el intercambio humano genuino y amoroso.

Todos necesitamos ir más allá de la inmediatez de la situación y caer en la cuenta de los elementos sagrados que subyacen a todas las facetas de la vida”.

Joan Chittister

Las cosas simples de la vida –como tomar vino los días festivos, cantar canciones en comunidad, encender velas cada vez que una estación se va y una nueva llega, o inclinarse en oración– son, según Chittister, “las que hacen a la verdadera vida”.

No es necesario ser parte de una orden monacal ni abrazar una religión para sentir que ciertos momentos, lugares, situaciones o personas, silencios o compañías nos abren las puertas a un espacio sin tiempo, intangible, que nos contiene y a la vez nos sobrepasa, que nos abraza y nos toma por sorpresa. No lo entendemos ni lo podemos poner en palabras. Pero está ahí, ocurre.

¿Qué nombre tiene?

Las últimas cenizas de la Primera Guerra Mundial aún quemaban cuando, en 1917, el teólogo alemán Rudolf Otto escribió un libro que se iba a convertir en una forma novedosa de abordar la relación entre las personas y la divinidad. En sus páginas, Otto no hablaba de una idea o de una noción abstracta de la divinidad, como lo venían haciendo la filosofía y la teología, sino que describía las cualidades y atributos de una experiencia humana no racional a la que llamó con un nombre nuevo: “lo numinoso”. Y lo numinoso (del latín numen: ‘lo divino’) era para él la vivencia de lo sagrado. Y lo sagrado era sinónimo de “misterio fascinante y tremendo”.

En su estudio del edificio de la Fundación Vocación Humana, el columnista de Sophia y filósofo Bernardo Nante recorre las postulaciones de Rudolf Otto.

Entre libros, café y agua, y después de mostrar su estante con pequeños iconos budistas, hinduistas y cristianos, Nante explica por partes eso de “misterio fascinante y tremendo”: “Misterio viene de una palabra griega que, a su vez, viene del verbo myo. Myo es entrecerrar los ojos, entrever la sutileza, la profundidad. Por eso, decimos que el misterio no es para entender, sino que es para ahondar”.

La segunda parte de la definición, “fascinante y tremendo”, se refiere a que la experiencia de lo sagrado es ambivalente: fascina tanto como produce miedo. “Es una vivencia que me envuelve, que conmueve mi esencia y que me sacude internamente”. Nante da un ejemplo cotidiano: “Ante lo sagrado, ocurre lo que les ocurre a los chicos de 2 años cuando alguien de la familia se viste de Papá Noel y ellos lo ven llegar: se fascinan y a la vez lloran porque hay algo que no entienden y los asusta”.

Una vivencia

Templo de Doi Suthep, Chiang Mai, Tailandia. Marzo de 2018. Un puñado de personas, arrodilladas y con los pies desnudos, encienden en silencio velas amarillas frente a una imagen de Buda. Algunas también llevan flores; otras tienen sus manos en posición de rezo y la mirada suspendida en la figura de color verde y plata que descansa en posición de loto.

Parroquia de San Francisco Javier, Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Mayo de 2018. Es un día de semana y las puertas del templo católico, en el barrio de Palermo, están abiertas. Sus asientos están vacíos, excepto uno al final de la nave. Allí hay un hombre joven, sentado, con la mirada suspendida en la imagen del Sagrado Corazón de Jesús ubicada sobre el altar.

Misterio viene de una palabra griega que, a su vez, viene del verbo myo. Myo es entrecerrar los ojos, entrever la sutileza, la profundidad. Por eso, decimos que el misterio no es para entender, sino que es para ahondar”.

Bernardo Nante



La distancia geográfica entre una escena y la otra es inmensa. La diferencia de rasgos faciales de unos y el otro son evidentes, la arquitectura de los templos también. Sin embargo, algo en común tienen esas postales, cada una en ese preciso momento, en ese preciso lugar.

Hay un rayo de Dios para cada uno de los creyentes”, dice la sabiduría milenaria de la Kabbalah. “Hay tantos senderos como corazones”, dice un aforismo sufí. Nante comenta que la palabra sagrado viene del verbo en latín sancire, que quiere decir ‘poner algo en vigencia’. Por eso, dice: “Lo sagrado es el gesto del que está orando, es la imagen, es la música sagrada, es la meditación, es el templo en términos auténticos”.

No es la repetición vacía de un rito por el rito mismo, ni una oración mecánica, vacía. “La experiencia es de adentro hacia afuera, espontánea, en apariencia inmotivada. Pero hay que recogerla, incubarla, recordarla. Y por más que sea de adentro hacia afuera, tengo que hacer el lento camino de alojarla en mi vida”.

La experiencia de lo sagrado, agrega Nante, es singular y universal a la vez. “Singular, porque se manifiesta en lo concreto de cada uno (un contexto cultural, familiar o individual), y universal, porque hay algo en común que no llegamos a conceptualizar del todo, que intuimos y que apenas podemos describir en alguna de sus manifestaciones, pero desde donde podemos entendernos. Es como el amor: si digo que amo a mi hijo, no podré explicar lo que siento, pero otros sabrán de qué estoy hablando”.

Las situaciones límites de la vida, como el nacimiento o la muerte, nos ponen en contacto con lo que no entendemos, nos sitúan cara a cara con lo misterioso, con algo inexplicable. Muchas personas sienten ese momento como un momento sagrado. Pero lo sagrado no es necesariamente sinónimo de lo divino, sino la aceptación del misterio. Se trata de una experiencia extrema y transformadora: “Por eso, tiene que ver con la felicidad, pero también con el sufrimiento. Se trata de las cosas fundamentales”, resume Nante. La presencia íntima de esa espiritualidad se puede deformar si se empapa de ritualismo y de juicios morales, si se intenta intelectualizar o racionalizar.

¿Un mundo desacralizado?

En su casa de Almagro, entre bibliotecas, mate con yuyos y miel, y con la compañía de un gato que duerme sobre la mesa, el antropólogo y sociólogo Nicolás Viotti explica que el proceso de desacralización o secularización del mundo, su desencantamiento –que se expandió, sobre todo, en Occidente–, tiene su origen en la reforma protestante, en las guerras religiosas, en la llegada de la Modernidad, en el avance de la ciencias y en las nuevas teorías filosóficas, sociológicas, políticas, psicológicas y económicas del siglo XIX.

Hasta entonces, los pueblos paganos y el cristianismo primitivo se concebían en comunión con lo sagrado en distintas manifestaciones; consideraban al cosmos como un todo, una creación de origen divino, de la que ellos también participaban. En apariencia, la sociedad actual quedó lejos de aquello y transformó su universo en un universo desacralizado. “Para Rudolf Otto y estudiosos como el rumano Mircea Eliade, autor de Lo sagrado y lo profano, Oriente es el lugar de la espiritualidad y Occidente es el lugar de la decadencia”, explica Viotti.

Mircea Eliade (1907-1986) fue un estudioso de las religiones y, sobre todo, de las relaciones de distintos grupos humanos con lo sagrado. En su libro expone una abundante cantidad de ejemplos de cómo las distintas sociedades arcaicas, primitivas o tradicionales, se relacionaban con la divinidad. Para referirse a esos pueblos, él habló del “hombre religioso” no como alguien que pertenece a una religión determinada o sigue preceptos morales, sino como alguien que vive profundamente la experiencia de Dios o lo absoluto, que lo orienta y le da sentido a su existencia.

Para este hombre religioso u Homo religiosus, el espacio, la construcción de la casa, las funciones vitales –como comer, trabajar o mantener relaciones sexuales–, el nacimiento, la muerte y muchos otros aspectos de la vida tenían un sentido sagrado, porque consideraba que todo lo existente tenía origen divino. Para ellos, una piedra no era simplemente una piedra y un árbol no era simplemente un árbol: eran elementos que revelaban ese origen en todo lo creado.

Para este hombre religioso u Homo religiosus, el espacio, la construcción de la casa, las funciones vitales –como comer, trabajar o mantener relaciones sexuales–, el nacimiento, la muerte y muchos otros aspectos de la vida tenían un sentido sagrado, porque consideraba que todo lo existente tenía origen divino.

Pero esa mirada del mundo, dice Eliade, contrasta con la mirada del mundo moderno. “Bastará con recordar en qué se han convertido para el hombre moderno arreligioso la ciudad o la casa, la naturaleza, los utensilios o el trabajo, para captar lo que lo distingue de un hombre perteneciente a las sociedades arcaicas (…) Para la conciencia moderna, un acto fisiológico –la alimentación, la sexualidad, etc.– no es más que un proceso orgánico (…) Pero para el ‘primitivo’ un acto tal no es nunca simplemente fisiológico; es, o puede llegar a ser, un ‘sacramentoʼ, una comunión con lo sagrado”.

Para Eliade, “lo sagrado y lo profano constituyen dos modalidades de estar en el mundo”.

En cuanto a la relación entre lo sagrado y lo profano, según Nante, lo sagrado se separa de lo profano pero para abrirse “a lo otro”. “Lo profano contiene la idea de lo separado, aunque también se suele asociar este concepto a una cuestión moral, cuando en realidad lo sagrado y lo profano tienen una raíz mucho más profunda. Son dos conceptos que no se contradicen, sino que se complementan”.

¿Dónde habita?

Un viaje espontáneo e intuitivo llevó a Thomas Moore, su hija, su hijastro y su mujer hacia la costa oeste de Irlanda para visitar un pozo de agua considerado sagrado para los pueblos que habitaron el lugar en un tiempo remoto. El trayecto, entre ascensos y descensos, con su pequeña hija a upa, le resultó cansador, cuenta el psicólogo y bestseller estadounidense en uno de sus libros. La llegada a aquel pozo, protegido por un viejo espino sagrado, fue una vivencia especial: “Los chicos se bendijeron inconscientemente con su salto al agua. Mi mujer y yo humedecimos nuestros dedos y nos bendijimos uno al otro y a los chicos. Todos apreciamos esa mezcla de espíritus paganos y cristianos que habitaban ese pozo, y sabíamos, sin duda alguna, que el esfuerzo del viaje había valido la pena. Descubrimos un nuevo significado de encantamiento, porque supimos allí y entonces que esta visita quedaría en nuestras vidas para siempre”.

¿Dónde podemos encontrar nuestros propios espinos sagrados? ¿Dónde están nuestros pozos encantados?

Para Thomas Moore, en la actualidad creemos que podemos vivir sin nada de todo ello, en un mundo desacralizado, sin grutas ni lugares sagrados. “Sin embargo, la preservación del sentido de lo sagrado es fundamental en nuestras vidas (…) Su pérdida puede convertirse en una amenaza más seria que frenar el acelerado desarrollo de la tecnología o no construir autopistas en nuestras ciudades”. Moore afirma que los pozos de agua, las cascadas, las fuentes, las piscinas de agua naturales y las cataratas, como las de Niágara, trascienden la esfera humana y provienen del misterio de la Tierra. “Todos necesitamos estos regalos, pero hemos olvidado que están disponibles en simples espacios que nos ofrece la naturaleza (…) Sin la religión natural –dice–, el alma se encoge y se quiebra”.

“Todos necesitamos estos regalos, pero hemos olvidado que están disponibles en simples espacios que nos ofrece la naturaleza”.

Thomas Moore

Con cierta intermitencia. Con una claridad que es a la vez imposible de verbalizar. Como si lo viéramos en la naturaleza, o en nuestros vínculos, o en el intercambio solidario con los otros, o en la música, o en las historias que leemos; como algo que nos habita en el silencio: cada uno puede encontrar el sentido de lo sagrado donde más le resuene.

Bernardo Nante nos dice que, como los humanos somos seres fragmentados, finitos y muchas veces marcados por el sinsentido, por situaciones que nos producen miedo, angustia, desazón o, en su versión más extrema, la sensación de vacío, la experiencia de lo sagrado es una respuesta, una orientación, que nos lleva conectarnos con la totalidad. “Y aunque siga siendo fragmentado, una parte de mí atisba, vislumbra, algo de lo eterno, de lo que no muere. Y aunque siga siendo finito y contingente, hay algo que capta el sentido, aunque sea con parpadeos”.

Para leer más

El reencantamiento de la vida cotidiana, Thomas Moore (Editorial Sudamericana, 1996).

Lo sagrado y lo profano, Mircea Eliade (Paidós, 2016).

Escuchar con el corazón. Momentos sagrados en la vida cotidiana (Sal Terrae, 2005).

Lo Santo, Rudolf Otto (Alianza, 2016).

ETIQUETAS Dios espiritualidad filosofía sentido de la vida vida

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