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Moda

6 octubre, 2008

A paso lento pero firme


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Lupe Villar, 33 años

Hoy es dueña de una casa de ropa en Palermo, pero empezó su carrera diseñando para otros y sólo cuando sintió que las bases estaban sólidas, abrió su propio local. Entre sus logros, el que más valora es el hogar que formó con su marido y su hijo. Por Agustina Rabaini. Fotos: Juan Hotters /supressagencia.com

A la hora de definirse, Lupe Villar –33 años, diseñadora de moda– dice que en la vida ha dado siempre pasos lentos pero firmes. No es que no sea arriesgada o audaz; todo lo contrario. Lupe vive la vida intensamente, pero sienta bases sólidas y arma proyectos que reflejan su manera de mirar el mundo. Eso vale para todos sus logros: en primer lugar, su familia; pero también, un local de indumentaria en el barrio de Palermo, donde su nombre se convirtió en marca, y una casa ecléctica, reflejo de su alma inquieta, en Barrio Norte. Durante el encuentro con Sophia, Lupe está sentada en un sillón del departamento donde vive con su marido, el diseñador Martín Egozcue, y Rufino, su hijo de cinco meses.

“El hogar tiene que ser un lugar de contención, un lugar donde llegar y estar cómodo. Mi casa es ecléctica. Me gusta la gente que vibra y goza con lo que hace; me gustan las casas donde todo está andando y cada objeto esconde una historia”, cuenta.

Lupe viene de una familia de diseñadoras. Su abuela tenía una casa de ropa para adolescentes y vendía vestidos de punto smock, y su madre, Marisa Marana, también es diseñadora. Esta herencia la hizo dudar a la hora de elegir su camino: “Cuando terminé la secundaria, me costó un tiempo darme cuenta de que el diseño no era un mandato, sino una elección propia. Me encantaba. Siempre tuve esta fascinación por ver cómo se viste la gente, qué eligen mostrar a través de la ropa y cómo son. Soy un poco voyeur (se ríe). Voy a los restaurantes y miro a la gente cuando habla; me interesa saber qué hacen de sus vidas, qué está pasando por ahí”.

Cuando terminó el colegio, se puso a cursar la carrera de periodismo y, al tiempo, comenzó a trabajar en una revista femenina como asistente de producción de moda. Ahí escribía los “Hot 100 de la moda”, hablaba con todos los diseñadores y caminaba la ciudad de punta a punta. Así, pudo entender algo que le sirvió después. “Aprendí que a la gente hay que darle una mano. No podés ponerte a volar con cosas rarísimas, por más lindas que sean. Hay que buscar opciones accesibles, apelar a la creatividad y no quedar fuera de la realidad”, explica.

Irse a vivir sola la obligó a tener una entrada asegurada; entonces, se puso trabajar diseñando productos para algunas marcas reconocidas del barrio de Palermo. Poco a poco fue madurando la idea de abrir su local y un día se animó: “Sabía que podía comunicar algo propio a través del diseño y tuve todo el apoyo de mi marido. Después de vender en locales de Palermo la línea de joggings con la que empecé, alquilé un garaje y desde allí fui haciendo una clientela. A los dos años, llegó la posibilidad de agrandar el local y acá estamos”, cuenta.

–¿Cómo es pasar ahora por una calle de Palermo y ver un negocio que tiene tu nombre?

–Es loco, porque es como un hijo que hay que cuidar y atender mucho. Siempre estoy atenta a los detalles: si hay que cambiar una bombita de luz o el agua de las flores. Y siempre me pareció fundamental que las vendedoras tuvieran buena onda. Ahora que tengo a Rufino, mi hijo, veo que ser madre es muy diferente, pero al local le pongo todo. Me gusta sentarme detrás del mostrador y quedarme ahí, estar atenta al armado de los percheros, compartir con las clientas”.

En su casa, en cambio, prefiere quedarse quieta. Si fuera por ella –nos cuenta riendo–, estaría todo el día en la cama, con todos los controles remoto, su agenda, el diario y su hijo, que la hace feliz. “Ahora el foco está puesto en Rufino, y la casa va a ir cambiando también con él. De pronto, veo algún juguete tirado y me alegra sentir que desde que nació tengo una energía extra. Su llegada me envalentonó; sigo trabajando pero también trato de compartir mucho tiempo con él, y cuento con la ayuda de una señora que lo tiene entre pompones. Con Martín logramos tener un hogar, que no es poco. Por eso, trato de no quejarme demasiado. Tengo más que lo que pude haber soñado”.

ETIQUETAS diseño indumentaria moda

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